Archivos para la categoría «Estado de política»

Hay un diario gratuito llamado Ciudad CCS que es repartido en los alrededores de las estaciones del Metro de Caracas. Nunca lo recibo porque no estoy de acuerdo con su línea editorial ciegamente chavista y que denigra a la oposición. Pero generalmente, como siempre pasa, alguien a tu lado se sienta a leerlo y tus ojos se rinden ante la curiosidad. Y hoy vi unas caricaturas que hablan por sí mismas de la hipocresía de un Gobierno que se tacha de progresista y al lado de los pueblos oprimidos del mundo: en la caricatura, el Dalai Lama con un gorro de Mickey Mouse con los colores de la bandera estadounidense; en el mensaje, que no se podía leer por completo, lo pintaban como una marioneta de Washington, cuando el Dalai Lama es la máxima representación de un pueblo desgraciado y sometido al genocidio como el tibetano. La caricatura, seguramente, la hizo un pobre muchacho con la cabeza llena de un mierdero y-qué-ideológico y que en su ignorancia asocia a China con el otro mundo anticapitalista y como tal hay que apoyar todo lo que haga la dictadura comunista. Luego se quejan de lo que ocurre en Palestina. (1)

Escrito por fabiancoelho en Estado de política

Rómuli Gallegos - Los poderes

Por Rómulo Gallegos

Para determinar de un solo rasgo el carácter de nuestros gobiernos bastaría apenas indicar, en el desequilibrio de los tres poderes que lo forman, cuál de sus funciones respectivas tiene preeminencia en la función total.

Nuestros gobiernos han sido esencialmente ejecutivistas. Al poder Ejecutivo han estado siempre subordinados los otros dos, Legislativo y Judicial, debido a una inversión de los términos cuyo origen pareciera estar en la misma Constitución, aunque su verdadera causa está en la propia alma nacional.

El expediente de la refrendación que incumbe al Ejecutivo, de las leyes promulgadas por el Poder Legislativo, ha sido la brecha abierta a la irrupción del personalismo.

Este ha dado todo lo que de por sí podía dar, favorecido por el amplio espíritu liberal de las instituciones —cuya bondad se ha convertido en próvida fuente de males—, y por el otro expediente familiar de las revoluciones armadas como único camino abierto a todos hacia el poder. Aquel espíritu de republicanismo puro, declara a todo ciudadano capaz de ejercer el poder supremo; esta forma de lograrlo, favorece en más la audacia del aventurero, que los méritos y aptitudes de quien acrisoló su destreza en el estudio y su conciencia en el deber.

De aquí la paradoja política de nuestra República; liberalismo en la ley, autocracia en su aplicación, y de aquí que haya sido siempre cuestión de azar, obtener un gobierno capaz de orientar por rumbos de patriotismo una labor cuya iniciativa ha estado reservada a un hombre solo.

Y será cuestión de azar mientras un hombre sea la solución y una voluntad la única capaz de realizar el prodigio. Entre tanto, nada valen las fórmulas, constitucionalidad o dictadura significan lo mismo; siempre habrá que esperarlo todo de quien las ejerza, siempre tendrá quien las ejerza todos los caminos abiertos, y el calificativo será siempre del hombre y no del sistema.

Extraviados van también los que pretenden llevar a cabo reformas, dando a este rasgo personal de nuestra nacionalidad que parece definirla, entidad de carácter irreductible, sin tener en cuenta que este nuestro ejecutivismo, no es más que un producto del momento histórico, un estado de transición hacia ulteriores formas definitivas y luego que nada habremos ganado elevando a la categoría de derecho el abuso, sancionado este funesto predominio del Ejecutivo porque el mal no proviene de que las funciones de éste se hallen coartadas por las del otro Poder Legislativo, sino de lo contrario precisamente y en este sentido es que deben orientarse las aspiraciones de los reformadores.

Nuestro ejecutivismo no es un producto de una causación social, sino la forma más fácil de preponderancia de un individuo y si algo hay que destruir es esta funesta privanza, elevando los otros poderes a la categoría de entidades reales.

La experiencia nos acaba de enseñar otra vez, cómo fue de fatales consecuencias para el país, aquella atribución omnímoda que se arrogó el ex-presidente [Cipriano] Castro, de legislador y juez supremo, creando leyes que a él sólo le favorecieran, administrando justicia según su propia conveniencia.

Y Castros habrá mientras el presidente de la República no vea en torno suyo más que hombres dispuestos a todas las transacciones y nombres sin valor de poderes irrisorios, y —es necesario decirlo— bondad será de quien ejerza el Ejecutivo reconocer en los otros la soberanía que hasta ahora no han tenido.

Para dársela sería necesario que el pueblo escogiera los hombres que han de representarlo en el Legislativo, libremente y entre los que no tomen parte en la política militante del momento y sean capaces de triunfar de todas las insinuaciones para el cumplimiento del deber; y será necesario escoger los jueces entre los íntegros… Para que estos poderes, el Legislativo y el Judicial, conserven su soberanía y sean autoridad sobre el Ejecutivo, será necesario que el pueblo no delegue la suya incondicionalmente en las manos de un solo hombre.

Y será necesario que la prensa se apreste a llenar el vacío que ha dejado su misión, capacitada de su deber ilustrando las multitudes en la noción de sus deberes y derechos, encaminando los pasos del tropel ignaro por senda de convicciones, cultivando el antiguo heroísmo en nuevas cepas de civismo.

En la revista La Alborada, número 4, marzo, 1909.

Nota: se ha mantenido total fidelidad al original. Los subrayados son nuestros.

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Rómulo Gallegos, ensayos, opiniones políticas

Escrito por Álvaro Rafael en Estado de política

Tanqueta el 4 de febrero de 1992

Cuando despertaron años después algunos de ellos no recordaban lo que había pasado. Otros despertaron cuando ya era tarde. Por nuestra indiferencia o, peor aún, por nuestra complicidad, dejamos que esa tanqueta, torpemente manejada, le pasara por encima al país.

1

Esa mañana iría al colegio. Tenía ocho años, me gustaba la política y sabía que las cosas estaban mal cuando mi mamá entró a la habitación para decirme con voz incrédula y pausada que ese día no iría a clases: había habido un golpe de Estado.

A pesar de mi corta edad, quedé más horrorizado que ella: en mi conciencia el término golpe de Estado estaba muy asociado con dictadura. La muy temida dictadura de la que me hablaron mis padres, la dictadura que imponía toques de queda y enviaba a los opositores a centros de tortura como nos enseñaron los profesores (en primer grado una profesora nos leyó un cómic sobre la dictadura de Juan Vicente Gómez, y es de la poca instrucción valiosa que recibí en el colegio). Dictadura, de ahora en adelante tendremos que acostumbrarnos a vivir en dictadura, fue palabra a palabra lo que pensé de inmediato.

2

Encendí el televisor para seguir las incidencias de un golpe de Estado que aún seguía en desarrollo y vi las primeras imágenes del día: escaramuzas en las calles de Caracas entre militares que no pasarían de los veinte años, visiblemente nerviosos o acobardados (porque, en definitiva, no tenemos una guerra desde hace más de cien años), apuntando sus fusiles hacia blancos que la cámara no enfocaba.

Varias tanquetas aparecieron por las avenidas principales de la ciudad. Pero una de ellas quedó grabada como símbolo de la chapuza golpista: una tanqueta tratando de derribar la puerta de Miraflores y que, a pesar de su peso, sólo conseguía astillarla (ya entonces daban muestras de la eficacia que demostrarían años después cuando se convirtieron en Gobierno).

3

Estaba aterrado, francamente aterrado en mi niñez. Por aquel entonces vivía en El Paraíso, junto a unos almacenes militares y no muy lejos de la sede de la Guardia Nacional. Temí que en algunos minutos empezarían a llover las bombas encima como en el Palacio de La Moneda (u otras imágenes de golpes que, entrados ya en los noventa, parecían cosa de un pasado difícil de imitar).

Los muy tranquilos vecinos de mi edificio exhibieron ese día todo tipo de armas y se alternaban en patrullas informales con el propósito no de defender a alguno de los bandos en disputa, sino para calmar la paranoia de que «bajaran los cerros» de La Vega como ocurrió en 1989. Temores de la clase media que sólo miraba su propio ombligo (indiferencia que sería el germen de males mayores años después).

Con las horas la información fue confusa, alarmista, trágica cuando comenzaron a darse las primeras cifras mortales de lo que empezaba a revelarse tan sólo como una sangrienta intentona golpista. En unas horas un hombre enclenque y tosco apareció en pantallas para decirle a sus compinches militares que el golpe de Estado había fracasado. Pensé qué locura darle cabida a un hombre que por planificación intelectual tenía las manos aún manchadas de sangre, un hombre que incluso era un cobarde y mal estratega militar: mientras sus compinches militares habían logrado el poder en el interior, él había fracasado en Caracas y terminó escondido en el Museo Militar sin disparar un solo tiro.

4

En la tarde, recuerdo, la situación seguía tensa. No había una sola persona en la calle. Recuerdo que empezaron a transmitir la programación regular. Era como si de pronto no hubiera ocurrido nada, o como si mis padres evitaron que siguiera viendo lo que había pasado. No lo sé. Muchos ese día apagaron sus televisores, sus radios, se negaron a conocer lo que había pasado y se acostaron a dormir para disfrutar de un día sin trabajo.

Cuando despertaron años después algunos de ellos no recordaban lo que había pasado. Otros despertaron cuando ya era tarde. Por nuestra indiferencia o, peor aún, por nuestra complicidad, dejamos que esa tanqueta, torpemente manejada, le pasara por encima al país.

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Lista de víctimas mortales del golpe de Estado del 4 de febrero de 1992: ¿”Dignidad”? ¿Qué tal “infamia”?

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Escrito por Álvaro Rafael en Estado de política, Estado social

Metrocable Caracas

1

Cuando tenemos Gobiernos paternalistas que anulan la conciencia de ciudadanía y convierten a los gobernados en súbditos agradecidos por la buena voluntad de sus políticos, nos damos cuenta de cuán domesticada políticamente está la sociedad de un país. Y lo digo por la reciente apertura (con varios años de retraso) del Metrocable de Caracas: una obra que cuenta con pantallas gigantes en las que muestran todo el día entrevistas a usuarios que agradecen al señor Presidente por «cambiarles la vida» con la construcción de una obra prometida durante la pasada campaña electoral e inaugurada recién ahora, en medio de otra campaña electoral (¿motivaciones electoralistas?).

Se llega así a aceptar que es normal agradecer al Gobierno por la construcción de obras públicas, cuando en realidad es para eso que lo elegimos: para que trabaje y gobierne, para que administre el Estado, para que haga uso adecuado de nuestros impuestos —que ya bastante pagamos.

El Gobierno no es un benefactor que llegó de manera casual al Poder, su función está en hacer estas cosas para lo que lo hemos «contratado» mediante el voto, y lo debería hacer sin buscar reconocimiento (lo contario sería buscar réditos políticos de la manera más baja) y cuando no hace las cosas bien un pueblo conciente de su ciudadanía tiene todo el derecho de reclamarle, sin sentir que actúa como un hijo malagradecido. Pero estamos en Venezuela, estamos en un país acostumbrado a tener y estamos acostumbrados a confundir lo que es el Estado (un ente permanente) con el Gobierno (una realidad temporal), y este Gobierno está en el cénit del paternalismo y la manipulación de las masas.

2

Recientemente un amigo me comentó cómo en el interior del país la falta de agua y electricidad es tan normal que la gente se extrañó del «escándalo» que se armó cuando en Caracas apenas se sugirió el racionamiento eléctrico. Otra de las consecuencias del sistema paternalista es el centralismo. El centralismo que resigna a los habitantes de la provincia a recibir las migajas lanzadas desde la gran ciudad.

Si en cambio tuviésemos un sistema descentralizado en su totalidad los habitantes de esas ciudades canalizarían de manera más directa y cercana sus reclamos. Pero no es así. Aceptan el sacrificio en beneficio de mantener de pie la capital con sus políticos que dirigen (mal) los destinos de todo el país. Y que dirigen sin mucha preocupación ni interés de hacerlo bien porque saben que tienen a una sociedad domesticada y que la mayor función que tienen como Gobierno es la propaganda política para seguir manteniendo a un «pueblo agradecido». Y un pueblo así nunca reclama; no porque no tenga motivos, sino porque no es malagradecido.

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PS: Algo que me resulta intolerable es la utilización de recursos del Estado para hacer proselitismo político. Me refiero al uso para la imagen corporativa del Gobierno (en cualquier de sus tres divisiones: Nacional, Estadal y Municipal) de simbología similar a la del partido político del gobernante. Abuso cometido tanto por políticos oficialistas como opositores, que convierten un Gobierno (Nacional, Estadal o Municipal) en botín de guerra de su partido político. En un país serio eso sería malversación. En un país serio.

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Metrocable Caracas, desventajas del Metrocable Caracas, obras del Gobierno de Chávez, gobierno paternalista, ciudadanía, uso de recursos del Estado para fines proselitistas, malversación en Venezuela