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Escrito por Álvaro Rafael en Estado de política, Estado social

Otro de los argumentos utilizados por el Gobierno para justificar la reelección continua-indefinida-perpetua es «la democracia es respetar el derecho que tiene el pueblo de elegir a una persona todas las veces que quiera» o el más sintético «el pueblo es quien decide».

Nada más dañino para una democracia que el pueblo genere relaciones de dependencia hacia un solo hombre-gobernante. En una democracia real, el Estado es el encargado de construir ciudadanía y los gobernados (nosotros) los encargados de ejercerla. Cuando el Estado acostumbra a su pueblo a necesitar de un solo hombre genera algo totalmente nocivo para la propia vida: una relación de dependencia.

En la naturaleza, los padres lanzan a sus crías fuera del seno materno para que éstas puedan desarrollar sus capacidades por sí solas. En sentido metafórico, en la relación de dependencia que ha creado nuestro Gobierno, el Gobierno le ha cortado las alas a sus crías para que éstas dependan siempre de él.

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1. El argumento «toda persona debe elegir a quien quiera las veces que quiera» encierra una relación de absoluta y peligrosa dependencia y sumisión.

2. Elimina la capacidad crítica de los ciudadanos.

3. Por último, destruye la ciudadanía, convirtiendo a los gobernados de un país en simples súbditos de la voluntad de un solo hombre.

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Allí se encuentra el peligro del que hablaba Simón Bolívar en la muy conocida frase: el peligro de que un pueblo se acostumbre a un solo hombre-gobernante está en que el pueblo pierde la libertad de ejercer por sí mismo los derechos políticos, hipotecados a los caprichos personales del líder en esa relación de dependencia.

El Estado debe formar ciudadanos, no súbditos entregados al señor feudal. El Estado debe acostumbrar a los ciudadanos a valerse por sí mismos, y no a castrarlos en sus derechos y aspiraciones políticas. Porque lo que busca esta reelección continua-indefinida-perpetua es hacer de Venezuela un país de eunucos.

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Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo a un mismo ciudadano en el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía. Un justo celo es la garantía de la libertad republicana, y nuestros ciudadanos deben temer con sobrada justicia que el mismo magistrado que los ha mandado mucho tiempo, los mande perpetuamente.

Simón Bolívar (Discurso de Angostura)

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el pueblo es quien decide, en Venezuela el pueblo lo elige todo, el pueblo elige quien ganará

Escrito por Álvaro Rafael en Estado de política, Estado social

Asamblea Nacional de Venezuela

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Uno de los argumentos más empleados por el Gobierno para justificar la reelección indefinida-continua-perpetua es decir que en Europa también hay reelección indefinida.

Dentro de esta argumentación hay varias manipulaciones y verdades a medias dirigidas a engañar al ciudadano promedio que sabe muy poco o nada sobre la política europea o internacional.

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1. En efecto, la mayoría de los sistemas políticos europeos no limita la cantidad de veces que un funcionario puede aspirar al mismo cargo (reelegirse). Sin embargo, el Gobierno nacional omite deliberadamente el hecho que en Europa hay sistemas parlamentarios y no sistemas presidencialistas como el nuestro.

2. Los sistemas parlamentarios son flexibles y están ampliamente regulados, controlados y limitados en sus funciones, a diferencia de los sistemas presidencialistas que son rígidos y en los que el Poder se concentra casi absolutamente en un solo hombre.

3. Los sistemas parlamentarios pueden llegar a su fin antes de las fechas pautadas para las siguientes elecciones, según las circunstancias sociales y políticas del momento. Es por ese dinamismo que se permite la reelección continua, como manera de estabilizar gobiernos, ya que son sistemas cuyos parlamentos están en constante renovación (a diferencia de nuestro estático sistema que no permite adelanto de elecciones).

4. Los períodos de gobierno en Europa suelen ser cortos y ningún político de la Europa occidental (que se coloca de modelo para justificar acá la reelección indefinida) aspira permanecer más de 20 años en el Gobierno (como lo ha declarado con desparpajo nuestro Presidente).

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Cuando el Gobierno saca a relucir este argumento falaz de la «reelección en Europa» lo que busca es desvirtuar las críticas provenientes de países europeos para una enmienda que lo que busca claramente es entronar a un hombre en el Poder político venezolano hasta el fin de sus días. Y para ello, el Estado no se ruboriza en manipular a sus ciudadanos con historias a medio contar ni siente culpa de engañar a los que no conocen la realidad europea y la conveniencia de los sistemas parlamentarios.

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Escrito por Álvaro Rafael en Estado de política, Estado social

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La culpa es de la vaca

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Oyendo las recientes declaraciones del tren ministerial, una persona desprevenida llegaría a la conclusión de que la perversa constructora Sambil-Cohen ha levantado de la noche a la mañana un monumental centro comercial en todo el centro de la capital revolucionaria sin permiso municipal y sin que ninguna autoridad lo notara… hasta que tenía más del 90% de la construcción lista.

Ahora resulta que nadie sabe sobre la construcción del Centro Comercial Sambil-La Candelaria. Ningún ministerio sabe nada. El Gobierno municipal tampoco sabe nada, cuando es el encargado de dar los permisos. ¡El Presidente tampoco sabe y vive a unas cuadras de allí! Bueno…, se entiende, las cuestiones pequeñas que ocurren en este país le importan muy poco a un líder mundial que nunca está en casa.

La política venezolana es surrealista. El Gobierno primero lo expropia y luego le consultará a los vecinos sobre el destino de la construcción Centro Comercial Sambil-La Candelaria. Pero ¿a quién le preguntó si querían o no un centro comercial? Las opciones de qué hacer con la construcción ahora son claras: el Gobierno está claro en que hará lo que le dé la gana y muy poco le importará la opinión de los vecinos. Algo que recuerda mucho la frase tantas veces manipulada por ellos mismos que algún día soltara el ex presidente Rómulo Betancourt: «Disparen primero y averigüen después», en versión: expropien primero y pregunten después.

¿El problema es el tráfico que generaría? ¿Acaso no lo generará también la universidad, colegio, mercado popular, puticlub, nuevo Helicoide, sede del PSUV que pondrán allí? Si fuese así, habría que empezar por expropiar a media Caracas o andar a caballo.

De todo este enredo de mentiras, manipulaciones y evasión de responsabilidades están claras dos cosas: 1) el Presidente tomó a todo su Gobierno por sorpresa con sus declaraciones en Aló… y dio la orden vertical que obligó a todos a amoldarse a su capricho (¿vieron la cara del flamante alcalde de Libertador, Jorge Rodríguez? Habrá tragado grueso pensando: «Presidente, pero el anterior Gobierno municipal era de los nuestros»); 2) los mayores perjudicados son los vecinos de la zona, a quienes se les niega tener un centro comercial que hubiera revitalizado una zona económicamente estancada y cuyo centro comercial más importante (Galerías Ávila) ha quedado pequeño (sin contar que cierra temprano).

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Los centros comerciales

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Ahora también resulta que se han dado cuenta que Caracas está llena de esa lacra capitalista de los centros comerciales.

Es evidente que este Gobierno de lo que NO se ha dado cuenta (o peor aun, que es lo más probable, lo saben y no les interesa el tema) es que Caracas-la capital del país que (mal)gobiernan es una de las ciudades más violentas de Latinoamérica. Pongan a un lado las estadísticas (manipuladas o no): la sensación de inseguridad está en cada venezolano cuando sale a la calle y muchos de nosotros hemos sido, de manera directa o indirecta, víctimas del crimen.

Si al tema de la inseguridad se le suma el hecho que en Caracas escasean los espacios públicos donde caminar o reunirse, el resultado es lógico: los centros comerciales ofrecen el espacio de ocio perfecto para el caraqueño. Los centros comerciales han sustituido la función que deberían tener las plazas (pero nosotros ni las tenemos).

En lugar de andar pensando en expropiar centros comerciales (lo cual le costará al Estado miles de millones de los nuevos y ya devaluados bolívares), en lugar de toda esa palabrería socialista (e hipócrita*, porque quitando la ironía del artículo FUERON ellos mismos quienes dieron los permisos), deberían ocuparse de invertir en seguridad e infraestructura decente que permita a los habitantes de Caracas disfrutar de sus espacios públicos, y no estar evadiendo sus responsabilidades y otorgárselas a otros, tal como ocurre en el popular (y no por ello, bueno) libro de autoayuda La culpa es de la vaca. Deberían ocuparse de dar calidad de vida a los ciudadanos, en lugar de quitársela.

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Nota al margen*: ¿Cómo será la reacción del Presidente cuando un día, regresando a La Casona, pase por el Millennium Mall en Los Dos Caminos? La Revolución son obras, y este mastodóntico centro comercial del Municipio Sucre se construyó bajo otro gobierno revolucionario, el del hijo del ex vicepresidente de la República.

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Escrito por Álvaro Rafael en Estado social, Misantropías

Advertencia sobre tema polémico: esta es una entrada que constituye una opinión del autor, y como tal puede prestarse a controversia u ofender a toda persona que discrepe de las posiciones y visiones del autor.

Parte II

Buenos seres humanos

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Parte I – El precio de la solidaridad

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El deseo de aquel futuro colega de renunciar a todo para ayudar a los más necesitados podría parecer loable, de no ser porque su gestualidad encajaba en el patrón de quien intenta parecer buen ser humano. Muchas veces —sino todas—, bajo el altruismo y las buenas acciones de algunas personas se esconde la vanidad y la egolatría ante la ilimitada posibilidad que tienen de demostrar generosidad y compasión ante un niño desnutrido, una mujer golpeada, un monje budista apaleado, una foca atravesada por un pico.

Imágenes que ciertamente impactan a esas personas, pero por hacerles sentir como seres bondadosos, y que suelen olvidar cuando el interés particular se distrae en otras cuestiones. Imágenes que componen el mosaico de lo que Kundera llama «la historia universal del kitsch» y que llevan a tales personas a conformar un cada vez más numeroso grupo social: los «esnobistas de conciencia».

Lo que mueve realmente al esnobista de conciencia no es la presión moral de ayudar al prójimo (si es que la hay), sino su propia vanidad. Su deseo de verse glorificado. De sentirse el Mesías. Para figurar dentro de la comedia de la solidaridad busca estar rodeado de aquel cuya debilidad sirva para resaltar su «bondad» y sus «buenas acciones», convirtiendo al necesitado en alimento de su vanidad y egolatría. Como el esnobista de conciencia comprende que la vanidad es criticable, la difumina en organizaciones sociales aceptadas; es por ello que el esnobista de conciencia ha encontrado su punto de reunión natural en ONG o fundaciones que, ya sean de derechas o de izquierdas, representan (para el mundo ante quien personifica su papel de «buen ser humano») una causa justa. El esnobista de conciencia publicita ampliamente su colaboración en dichas causas, ya que así es como se integra en la sociedad del espectáculo que es, en definitiva, la que le consagra definitivamente como buen ser humano.

En ese paroxismo de vanidad, muchas ONG y fundaciones fichan a personajes públicos en un afán publicitario para atraer más espectadores a su buena causa, el tipo de persona cuya implicación es más simbólica que real. El hombre afortunado de un país del primer mundo que dedica parte de su vida a las penurias del mundo subdesarrollado es el icono de esta cultura del buen ser humano. Basta con ir unas veces a África y comprar niños en una aldea para llevárselos a una «vida mejor», basta con fotografiarse con la familia multirracial en una revista rosa de ventas millonarias, basta con desnudarse o teñir de rojo la ropa de otros, basta con representar falsos espectáculos en grandes plazas para simpatizar con la causa justa, para ser un buen ser humano.

En la era en la que el espectáculo mueve a las masas, no es difícil imaginar que se haya impuesto la moda por ser mejores seres humanos y la crítica a tales conductas sean tomadas como falta de sensibilidad y ética. En la liturgia que predican muchas ONG, fundaciones o personajes públicos, lo que importa es el ánimo de figurar más por lo que podemos aparentar que por lo que realmente somos. Entonces, la vanidad deja de brillar, barnizada con esta moral del nuevo ser humano.

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Escrito por Álvaro Rafael en Asides, Estado social, Misantropías

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Christopher Titus es un maestro del tuning y comediante californiano protagonista del vitriólico y autobiográfico sitcom homónimo Titus (cancelado en 2002). Hijo de divorciados, Titus mostraba en la serie a su padre como un alcohólico e incorregible mujeriego y a su madre como una esquizofrénica e irresponsable ama de casa que dio a parar en un asilo mental.

En uno de sus monólogos más ingeniosos, Titus comentaba que más del 60% de la población estadounidense actual ha crecido en un hogar disfuncional, por lo cual la imagen de la familia feliz y sonrosada que se reúne entorno a una mesa con un enorme pavo para la cena de Navidad es… ¡anormal! (expandir para ver nueva familia disfuncional).

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Hace poco recibí la llamada de M.

Así como yo, M. pertenece a esa primera camada de los divorcios/separaciones masivos de finales de los ochenta y principios de los noventa. Así como yo, tiene unas creencias anticonvencionales con las que analiza el mundo de manera distinta (o perversa, diría la gente) a cómo lo hacen quienes aún giran entorno a una mesa y se divierten con la rutina. Dentro de nuestra «normalidad», hay determinadas fechas que no van con nosotros. Dentro de nuestro modo de analizar la vida, la Navidad constituye la mejor muestra de anormalidad.

La felicidad preempaquetada, las sonrisas forzadas y las felicitaciones por un año entrante que juramos sin argumentos que «nos irá mejor» son etiquetas que en nuestro empaque vital no se adhieren. «Es más de lo mismo: tan sólo cambiamos un mes por otro y todo sigue igual», agregó M. Consumismo desbordado en tintes rojos con figuras adiposas de un invierno nevado y distante. Renos made in China. Pinos de plástico. Odiosas hallacas, odiosas gaitas. Necesidad de aparentar felicidad ante cualquiera así el mundo se esté desmoronando bajo nuestros pies y la inflación venga a reclamar el próximo año lo que gastamos hoy. Ingredientes de un convencionalismo más añejo que una botella del terriblemente malo Ponche Crema.

Este paroxismo de alegría impuesta no va con quienes razonablemente no compartimos (ni queremos compartir) tales convencionalismos. Quizá sea un poco de escepticismo que llega después de los veinte, pero mirando en retrospectiva notamos que en aquellos años en los que «disfrutábamos» la venida del falso niño Jesús éramos parte de una muy elaborada representación en la que incluso nuestros padres venían con felicidad preempaquetada (lo que llamo emoción plug-in). Con los años, hemos aprendido a reconocer las obras simuladas y el encanto navideño ya se agotó.

No es necesario que llegue el mes de diciembre para sentirse satisfecho ni como excusa para saludar a alguien que realmente se aprecie (particularmente, todo el año una llamada, un mensaje de texto que envíe o reciba, una invitación a salir es bien valorado). No vengan con que en diciembre uno es (o debe ser) más feliz… Quizá el frío tense la boca y eso parezca una sonrisa, pero no lo es. Seguramente esa noche, como M., salga como todos las noches a caminar un rato y mire patinatas y encuentre reuniones.

Así como Christopher Titus, estaré viendo la mejor representación de lo no-normal.

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Escrito por Álvaro Rafael en Estado social, Misantropías

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Historia real sobre los esbonistas de conciencia y falsedad e hipocresía de las ONG en la sociedad del espectáculo

Parte I

El precio de la solidaridad

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Hace no mucho caminaba por las calles de Chacao junto con un futuro colega cuando observamos pegado en una pared el anuncio de una ONG internacional para hacer voluntariado en África.

En una extraña iluminación altruista mi futuro colega se vio a sí mismo en la sabana africana o en el desierto del Sahara, postergando su graduación o cualquier interés particular para darle valor a su pequeña vida en la ayuda a los más necesitados. Bajo el irritante sol caraqueño me sentí momentáneamente acompañado por un Bob Geldof criollo, del que le irradiaban rayitos de amor y bondad de su cabeza coronada por un aura mágica.

Durante varios días más pasé por la misma calle y durante todos esos días pensé que muchos más de los que vieron ese anuncio sonrieron con la misma aura angelical y mesiánica: la vanidad es uno de los motores del Progreso Humano, como diría Sabato transfigurado en el perverso y misántropo Juan Pablo Castel de El túnel, y «se encuentra en los lugares más inesperados: al lado de la bondad, de la abnegación, de la generosidad». Es la vanidad de la modestia en acción.

—Tengo que llamar, ¡necesitamos ayudar! ¿No entiendes que el Mundo te llama a veces? —diría mi futuro colega; pero como no sé qué diablos pasó por su cabeza, imaginemos que algo así habría pensado porque en efecto anotó el número, lo guardó y al cabo de unas horas llamó a la ONG de ayuda africana.

Imaginemos también cómo fue el cortocircuito que apagó los rayitos de su aura en cuanto comprobó cómo era el asunto.

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El asunto es que tenías que pagar 4 mil dólares para recibir un curso de voluntariado en una paradisíaca isla caribeña, rodeado seguramente de negritas en minifalda y con sostenes de coco sirviéndote un mamajuana. Un momento…, lo olvidaba: el pasaje y la estadía por tres meses los pagabas tú aparte, es decir, para realizar tu voluntariado debías desembolsar voluntariamente un promedio cercano a los 6 mil dólares.

Todo sea por amor al prójimo. Pero… y ¿cuándo nos vamos a África?

Espera: una vez concluido el curso, tendrías que regresar a tu casa y esperar (sentado mirando la CNN) que la ONG probablemente te llamara para solicitar la aplicación de tus conocimientos en caso de un probable conflicto bélico.

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Es decir, que luego de hacer un curso de 6 mil dólares para aprender a amar al prójimo, debías cruzar los dedos y rezar para que estallara una brutal y sangrienta guerra en algún país africano para ir a amar más aun y en persona al prójimo.

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Entonces regresarías de nuevo a la paradisíaca isla caribeña y de allí volarías a África eso sí… ¡esta vez gratis!, lo cual debería compensar el hecho de que abandonas a las negritas caribeñas en cocos para ver a otras negritas menos saludables.

Considerando que nuestro país toma un rumbo de necesitar pronto, no que enviemos venezolanos a hacer voluntariado en otros países, sino que vengan de otros países a hacer voluntariado en Venezuela, y tomando en cuenta que si no eres una señorona que viaja en un Audi con un perrito en su cartera para hacer Tai-Chi en algún club de Valle Arriba (o tal vez en el Petare Country Club), muy pocos en este país (incluido mi futuro colega, como finalmente ocurrió) se pueden dar el lujo de ser buenos seres humanos.

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Parte II - Buenos seres humanos

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