Archivos para la categoría «Misantropías»

Tirarás con cuantos quieras, pero el amor no lo harás jamás. Canción suave (Despecho No. 2), Caramelos de Cianuro. 1 — Hubo un tiempo en que la mención de esta banda no causaba irritación: eran los tiempos de Harakiri City, el cual considero uno de los mejores discos de rock venezolano, con canciones tan emblemáticas como la anterior y que ha sido el soundtrack de muchos despechados (que nunca fue mi caso, pero me gusta igualmente). 2 — En esta época de sexo fácil y donde abunda por espacios como este la idealización del sexo per se, donde la sobreexposición del erotismo termina por trivializar el juego entre una pareja y, en fin, el sexo se convierte en un cascarón al que se patea sin remordimiento, me uno a la lista de los que consideran el sexo sin amor/cariño o casual como la peor muestra del vacío en que hemos caído. 3 — El sexo sin amor (o, medianamente, sin cariño) es una experiencia terrible y mecánica, la reducción a la simple bestialidad, la renuncia a lo que somos como seres humanos y la bala en la recámara de un revólver que tarde o temprano atravesará nuestras cabezas porque una vez que el hombre entra en el plano de una existencia sin sentido, donde algo tan maravilloso como el sexo se transforma en una rutina de fácil consumo, donde los polos de la vida (Kundera dixit) se tocan, la vida misma no tiene valor. (0)

Lecturas sugeridas » En unos años nos tocará escribir una antología de las declaraciones imbéciles de los funcionarios que hoy detentan el poder. No es que la oposición venezolana esté exenta de opiniones desafortunadas (que muy merecida tiene un volumen particular), sin embargo el asunto cobra relevancia y preocupa más cuando estas declaraciones provienen de quienes tienen la delicada tarea de dirigir el Estado. En este caso, la declaración digna de las primeras páginas trata sobre la viveza criolla, lo corruptible que somos como Nación y la falta de honradez del escritor (y en general del) venezolano: «Los escritores [venezolanos] son unos pillos», cortesía de los organizadores del Premio Municipal Stefania Mosca de la Alcaldía del Municipio Libertador. Si después de leer el artículo sugerido (con sus muy interesantes comentarios) no sabe si reír o vomitar, descuide, no será el único en ese trance. (0)

Escrito por Álvaro Rafael en Misantropías, Sudáfrica 2010

Aficionados

Se acerca el Mundial y con él empezarán a brotar los «aficionados» que creen que el fútbol es un deporte que se juega cada cuatro años o que Messi es jugador de la selección de España.

Los mismos aficionados que se pondrán una camiseta de España, Italia o  Brasil o de cualquier otro equipo de los populares para ir a celebrar los triunfos en Las Mercedes, cuando la mayoría de ellos perdió más antepasados luchando del lado de Guaicaipuro que de Juan Rodríguez Suárez, o que ni siquiera tiene idea de quién fue Garibaldi ni que Brasil tuvo una monarquía propia.

Somos un país de modas y el fútbol, como deporte comercializado, no escapa a ello. Es más: el fútbol-mercado necesita fanaticada que compre camisetas. Y si tomamos en cuenta que al Mundial sólo van 32 naciones de las 208 inscritas en la FIFA, el mercado es mucho mayor en los países cuyas selecciones no irán a la cita de Sudáfrica.

Soy amante confeso del fútbol. Es uno de los pocos deportes que me atrae (junto al rugby y en menor medida el fútbol americano y el tenis, todos deportes de gran esfuerzo mental, aunque a simple vista no lo parezcan). Disfruto como pocas cosas un buen partido de fútbol y me emociona ver a determinados equipos y jugadores y dejo a un lado mi parquedad habitual cuando de hablar de fútbol se refiere. Particularmente, me gustaría que el Mundial lo ganara Inglaterra o Países Bajos, pero de allí a usar una camiseta de estas naciones con las que no tengo vínculos sanguíneos o de generar una serie de discusiones y fanatismo que ni un hooligan seguro demuestra por la selección de la rosa, estoy muy lejos.

Cuando tengan el deseo de querer gritar apasionadamente por los colores de una nación que no es la suya ni la de sus padres o abuelos, pregúntense si en España, Italia o Brasil se ponen una camiseta de nuestra Vinotinto. Si lo hacen es porque se la compraron cuando vinieron a hacer turismo en Venezuela o porque sienten compasión por la única selección sudamericana que nunca ha ido a un mundial, desgraciadamente (y uso deliberadamente esa palabra dramática cargada con cada dolorosa derrota desde que sigo a la Vinotinto antes de que Caramelos de Cianuro le compusiera una canción). Díganme entonces si vale la pena ponerse la camiseta de otro equipo.

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Escrito por Álvaro Rafael en Misantropías, Relatos

Last Days

1

Durante los próximos días un evento deportivo en Venezuela hará que muchas personas hablen sólo de eso. Iré a cenar como cada viernes fettuccini a la carbonara en el mismo restaurante de siempre, aunque esta vez el cambio serán las enormes pantallas dispuestas en cada esquina que me reventarán los tímpanos mientras quisiera clavar el tenedor al ebrio de la mesa de al lado que ante cada jugada de eso escupe su carpaccio que come como plato principal. Las expectativas vitales de sujetos así han involucionado al swing del bateador de turno: que la pelota traspase la barrera del homerun y golpee entre ceja y ceja a un espectador infortunado constituye su mayor felicidad esa noche y de toda la semana.

Saldré con mala digestión y el taxi que tomaré en la puerta lo conducirá un hombre obeso que lleva sobre el tablero de su viejo carro un pequeño televisor que consume tanta batería que, a la vuelta de la esquina, el taxi se detendrá a mitad de la avenida. El taxista obeso, en lugar del peligro de que un camión pierda los frenos y nos mate, se preocuparía porque dejó el inning con bases llenas y en la caja de bateo estaba un bateador tan gordo como él, ya que en ese deporte la condición física no importa ni los controles son habituales: ello explica la cantidad de récords rotos a punta de pinchazos de esteroides.

2

Llegaré a casa sin ánimos de salir porque así serán estos días mientras dure eso. Veré personas que se cuentan chistes malos de eso, que se dan palmaditas en el hombro por eso, que generan falsas pero amigables disputas por eso. Encenderé el televisor y veré a periodistas que simulan romper un protocolo de seriedad que nunca han tenido cuando vomitan sus noticias amarillistas mientras hacen chistes fáciles que preceden a que saquen [oh, sorpresa] de debajo de la mesa una gorra de su equipo o un barco de juguete o un peluche de león y se enfrenten (claro, amistosamente) entre ellos, entre ellos y los camarógrafos —a quienes se empeñan con un tufillo de conmiseración en hacerlos «parte del equipo» que hace posible el noticiario (como si esos periodistas tuviesen los mismos intereses y preocupaciones de unos camarógrafos que se mueven por la ciudad peligrosa en autobuses destartalados y terminan acalambrados de tantas horas parados y moviendo la cámara)—, entre ellos y la audiencia anónima que mira del otro lado de la pantalla, juegos de naturalidad que cada año esos mismos periodistas repiten la misma farsa ordenada por el productor cínico interesado solamente en atraer a más incautos espectadores que caen en la trampa de tanta «familiaridad» de unos periodistas que son como tú.

La prensa seria se degenerará en titulares a página entera dedicada a ese evento; los cohetes y las caravanas nos aturdirán y por un buen rato olvidaremos que la realidad nos lleva al naufragio o a ser devorados por bestias reales. El deporte tiene el lujo de comprar a precio barato nuestros infortunios: nos seduce, nos hace olvidar que tenemos cuentas por pagar con un sueldo que cada vez vale menos, que la renta o la hipoteca del apartamento se vence mañana, que las tarjetas de crédito están infladas de deudas, que los niños están enfermos, que el carro seguirá muchos días más en taller porque no hay cómo pagar la reparación, que el presidente cada día ordena fabricar leyes a un parlamento que ha perdido su esencia civil envilecido por la PESTE MILITAR, y actúan como eso: como serviles soldados.

Internet no escapará de eso: nuevos blogs y páginas que estimaba serias engrosarán la lista de las que les perdí el respeto el año pasado.

3

A los que no nos guste eso, nos queda hacer como el atribulado Blake de Last Days: retirarse lejos del bullicio durante estos días consagrados a eso y, finalmente, renacer de la conflagración bestial que estos días arrasará con todo y con todos. Cuando todo termine tendremos un año de tranquilidad: el próximo año las mismas llamas de la brutalidad regresarán. Me retiraré al mismo lugar de siempre. Nunca dejo de hacerlo.

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