Archivos para la categoría «Relatos»

Escrito por Álvaro Rafael en Misantropías, Relatos

Last Days

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Durante los próximos días un evento deportivo en Venezuela hará que muchas personas hablen sólo de eso. Iré a cenar como cada viernes fettuccini a la carbonara en el mismo restaurante de siempre, aunque esta vez el cambio serán las enormes pantallas dispuestas en cada esquina que me reventarán los tímpanos mientras quisiera clavar el tenedor al ebrio de la mesa de al lado que ante cada jugada de eso escupe su carpaccio que come como plato principal. Las expectativas vitales de sujetos así han involucionado al swing del bateador de turno: que la pelota traspase la barrera del homerun y golpee entre ceja y ceja a un espectador infortunado constituye su mayor felicidad esa noche y de toda la semana.

Saldré con mala digestión y el taxi que tomaré en la puerta lo conducirá un hombre obeso que lleva sobre el tablero de su viejo carro un pequeño televisor que consume tanta batería que, a la vuelta de la esquina, el taxi se detendrá a mitad de la avenida. El taxista obeso, en lugar del peligro de que un camión pierda los frenos y nos mate, se preocuparía porque dejó el inning con bases llenas y en la caja de bateo estaba un bateador tan gordo como él, ya que en ese deporte la condición física no importa ni los controles son habituales: ello explica la cantidad de récords rotos a punta de pinchazos de esteroides.

2

Llegaré a casa sin ánimos de salir porque así serán estos días mientras dure eso. Veré personas que se cuentan chistes malos de eso, que se dan palmaditas en el hombro por eso, que generan falsas pero amigables disputas por eso. Encenderé el televisor y veré a periodistas que simulan romper un protocolo de seriedad que nunca han tenido cuando vomitan sus noticias amarillistas mientras hacen chistes fáciles que preceden a que saquen [oh, sorpresa] de debajo de la mesa una gorra de su equipo o un barco de juguete o un peluche de león y se enfrenten (claro, amistosamente) entre ellos, entre ellos y los camarógrafos —a quienes se empeñan con un tufillo de conmiseración en hacerlos «parte del equipo» que hace posible el noticiario (como si esos periodistas tuviesen los mismos intereses y preocupaciones de unos camarógrafos que se mueven por la ciudad peligrosa en autobuses destartalados y terminan acalambrados de tantas horas parados y moviendo la cámara)—, entre ellos y la audiencia anónima que mira del otro lado de la pantalla, juegos de naturalidad que cada año esos mismos periodistas repiten la misma farsa ordenada por el productor cínico interesado solamente en atraer a más incautos espectadores que caen en la trampa de tanta «familiaridad» de unos periodistas que son como tú.

La prensa seria se degenerará en titulares a página entera dedicada a ese evento; los cohetes y las caravanas nos aturdirán y por un buen rato olvidaremos que la realidad nos lleva al naufragio o a ser devorados por bestias reales. El deporte tiene el lujo de comprar a precio barato nuestros infortunios: nos seduce, nos hace olvidar que tenemos cuentas por pagar con un sueldo que cada vez vale menos, que la renta o la hipoteca del apartamento se vence mañana, que las tarjetas de crédito están infladas de deudas, que los niños están enfermos, que el carro seguirá muchos días más en taller porque no hay cómo pagar la reparación, que el presidente cada día ordena fabricar leyes a un parlamento que ha perdido su esencia civil envilecido por la PESTE MILITAR, y actúan como eso: como serviles soldados.

Internet no escapará de eso: nuevos blogs y páginas que estimaba serias engrosarán la lista de las que les perdí el respeto el año pasado.

3

A los que no nos guste eso, nos queda hacer como el atribulado Blake de Last Days: retirarse lejos del bullicio durante estos días consagrados a eso y, finalmente, renacer de la conflagración bestial que estos días arrasará con todo y con todos. Cuando todo termine tendremos un año de tranquilidad: el próximo año las mismas llamas de la brutalidad regresarán. Me retiraré al mismo lugar de siempre. Nunca dejo de hacerlo.

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Crónica final Caracas-Magallanes 2010, final de la liga de béisbol venezolana, opinión final Caracas-Magallanes 2010, reseña antideportiva, deporte embrutecedor, deporte excusa, pan y circo, béisbol en Venezuela

Casi me ataca una rata. Después de dos días sin salir del apartamento se había acumulado una bolsa gigante de desperdicios que fui a botar por el bajante. En cuanto abro la puerta del cuarto de la basura oigo unos ruidos extraños, dejo caer la bolsa y sobre el cajetín de electricidad veo arrinconada, temblorosa y con sus ojitos brillantes, a una pequeña rata. Supongo que ciertos animales nos temen más de lo que nosotros les tememos a ellos. Quizá la rata en realidad nunca pensó en atacarme pero yo ya me veía tirado en el piso, lleno de mordiscos y convulsionando preso de la rabia o la peste bubónica. Pero no quería averiguar y dejé la bolsa en la puerta del cuarto de basura y me largué. La primera vez que vi una rata yo tendría como cinco años y fue en el estacionamiento de este mismo edificio al que me trasladaría muchos años después. Salía del ascensor junto con mi papá cuando frente a nosotros pasó una mancha negra bajo los pies de un hombre que dio un brinco olímpico. Mi papá me dijo que eso era una rata. Y desde entonces no me gustan las ratas. (0)

Escrito por Álvaro Rafael en Anticuarios, Estado de política, Estado social, Relatos

Tratado Bright de Medicina Alternativa

…encontré en el closet una caja de libros donde estaba el Tratado Bright de Medicina Alternativa (…) una sección dedicada al estudio de las características humanas según la fisonomía del rostro. Y es aterrorizante descubrir la similitud de uno de los modelos de estudio con el presidente de la República Bolivariana [y que sus características son]: «Si la frente es muy camuda, anunciará un carácter grosero, díscolo, lascivo. (Fig. 22)» […y saber…] que esta edición fue traducida al español y publicada por primera vez en el año 1992, siete años antes de que el teniente coronel asumiera la presidencia

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Hay libros que dan miedo.

En la vieja biblioteca de la casa de mis padres abundaban libros inusuales y extraños. Mi papá trabajaba en la venta de libros y como tal tenía facilidades para adquirir colecciones enteras de enciclopedias, especialmente de historia universal y geografía, las cuales yo devoraba. Colecciones memorables era una de varios tomos en español sobre historia universal respaldada por la Encyclopædia Britannica, otra era una de El Quijote en cómic, muchas sobre ciencias naturales, un atlas sobre la vida de Rómulo Betancourt con dedicatoria de la propia mano del caudillo adeco y varias ediciones antiguas del Pequeño Larousse Ilustrado que reseñaban países que ya no existen o que hablaban con desinterés de figuras políticas que años después trastocarían el mundo. Los nombres de otras colecciones no los recuerdo ahora: con las muchas mudanzas familiares esa biblioteca fue menguando en su conjunto y sus libros empezaron a esparcirse en las nuevas pero más modestas bibliotecas de mis hermanos y mía, y uno que otro conocido de la familia que se llevó algunos libros —recuerdo una mujer que dijo, y no es broma de mal gusto, que los libros que se llevaba serían útiles para el nuevo mueble de su sala.

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Pero de cuando en cuando aparecía en la biblioteca algún libro extraño. Algún libro desechado de cierta librería o que algún invitado traía a la casa como regalo o porque ya no tenía espacio en su casa. Uno de esos libros fue un manual de magia negra. Un libro auténticamente asqueroso y morboso que contenía las más diversas fórmulas para arruinar y hasta acabar con tu enemigo. En cuanto lo vi quedé fascinado. Como nunca se supo cómo llegó a parar a la vieja biblioteca, para mí fue como una revelación. Una revelación negra y perturbadora. Como si una mano mágica hubiese dejado caer ese libro que de inmediato tomé y le eché el ojo.

Pero era un libro que, pese a sus imágenes diabólicas y la presentación de todos los miembros de la Corte Satánica (cuyos nombres traté de memorizar en arameo), causaba una risotada seguramente más diabólica aun: para cumplir el más elemental de los conjuros se requerían los ingredientes más escasos e inverosímiles del mercado (y la lista que sigue es la que recuerdo y es real): pata congelada de rinoceronte, ojos sangrantes de gallinazo, pelo de anciana en coma, uñas de cadáver, entre muchas cosas nauseabundas y grotescas. Recuerdo que el libro lo conseguí una mañana, me aterrorizó, me encantó, lo leí con avidez, se lo enseñé a mi madre y ella, en mi primer descuido, lo miró, la aterrorizó y lo lanzó por el bajante de basura para estropear lo que pudo ser mi prometedora carrera en las artes ocultas de la magia negra.

No fue el único libro que apareció —y utilizo intencionalmente el verbo aparecer— en la vieja biblioteca. El otro fue el Tratado Bright de Medicina Alternativa.

3

A simple vista es un libro más de homeopatía. Un libro que pretende reunir en sus poco más de mil páginas lo básico en el manejo de la medicina alternativa y que supongo que para los cultores de este sistema de salud es el equivalente a la Biblia para los cristianos. De allí no pasa nada, si no fuese porque en una aburrida tarde remota de finales de los noventa abrí al azar el libraco y encontré una figura que puso en duda mi escepticismo natural.

Al poco tiempo me mudé, la vieja biblioteca fue desmantelada y este libro lo estimé perdido para siempre. Hace poco tiempo me mudé al que fue el nuevo apartamento de mi padre —quien, para no perder su nomadismo, se volvió a mudar— y encontré en el closet una caja de libros donde estaba el Tratado Bright de Medicina Alternativa.

Lo abrí, busqué la página y encontré una sección dedicada al estudio de las características humanas según la fisonomía del rostro (Págs. 30-31). Y es aterrorizante descubrir la similitud de uno de los modelos de estudio con el presidente de la República Bolivariana. Y más aterrorizante es ver que las características que le endilgan a su rostro encajan con la personalidad del presidente; el libro dice: «Si la frente es muy camuda, anunciará un carácter grosero, díscolo, lascivo. (Fig. 22)». Y terriblemente aterrorizante es descubrir que esta edición fue traducida al español y publicada por primera vez en el año 1992, siete años antes de que el teniente coronel asumiera la presidencia.

Hay libros que cuestionan tu escepticismo. Que te obligan a dudar de la racionalidad de la que presumes, a pensar que hay fuerzas que no podemos comprender. Y este es uno de esos libros que dan miedo.

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Richard Bright, Tratado Bright de Medicina Alternativa. Royal Editorial. 1992. Primera edición en español a partir de Bright’s Alternative Medicine Manual.

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Escrito por Álvaro Rafael en Misantropías, Relatos

Malabaritas malaspecto UCV

Digamos que la chica se llama Jadna. Sufre el complejo UCV: salió del colegio creyéndose una chica bohemia, aunque ni ella misma sabía definir lo que era esa palabra, simplemente soltaba niñerías como que ser bohemio era ser hippie y perder el tiempo entre Bellas Artes y Plaza de los Museos. Por eso mismo debía estudiar en la UCV, la universidad donde está Tierra de Nadie y estudian todos los bohemios como ella. Por eso mismo concursó en todas las pruebas internas: desde comunicación social hasta antropología. No quedó en ninguna carrera.

Se sentía más bruta de lo que realmente era, o podía ser. Juró que se tomaría un año sabático, debía intentar el año siguiente volver a ingresar a la UCV, la universidad a la que quieren entrar todos los chicos (y ya no sólo los bohemios). Así que se inscribió en un propedéutico en Las Mercedes; era el más caro de todos, pero sus padres apoyaban el deseo de su hija de ser ucevista: no sólo es una universidad gratuita, sino que su hija tenía que tener título universitario.

Jadna fue a todas las clases, hizo amigos y el día del examen final del propedéutico sacó la mejor nota. No quedó seleccionada en la UCV. Lloró, y con unos cuantos correazos encima, Jadna finalmente optó por una universidad privada y sin mucho esfuerzo quedó en la USM. Estudiaría comunicación social. El sueño de ser estudiante bohemia nunca se fue. Sólo que ahora, en una universidad de modelos y misses cabezas huecas, la cosa era más heavy. Ser bicho raro en la UCV es bastante sencillo. Ser bicho raro, tener la cabeza hueca como Jadna y estudiar en la USM ya eran atributos humanamente irrepetibles. Los semestres fueron pasando y ella prefirió no acompañarlos: repitió hasta el hartazgo y hasta el límite del crédito de las tarjetas de sus padres. Sus padres, cansados, le dieron un ultimátum: o trabajaba o terminaba en un TSU de la avenida Baralt.

Así fue como Jadna consiguió el empleo en McDonald’s de Santa Mónica. Cada tarde al llegar a su trabajo el Metrobús pasaba frente a la UCV. Los ojos se le aguaban cuando miraba a los malaspecto jugar fuchi o hacer malabares en la entrada de la universidad. Mientras preparaba las papas fritas y la cara se le llenaba de grasa pensaba en su vida ucevista: caña, rock y sexo, más nada. En cambio, estaba pudriéndose en la monotonía casi burocrática de una universidad de hijitos de papá donde ella era la más fea y la más rara y la más Jadna. Al menos quedaba el consuelo de Facebook: despotricar cada día en contra de su universidad y afiliarse a todos los grupos de estudiantes de la UCV, aunque ella fuese en cambio usemista.

Muchos años después, cuando por fin Jadna llegó al último semestre de su carrera, se enteró de que el Gobierno intervino la UCV y había eliminado las siniestras pruebas de ingreso. Los ojos de Jadna, secos de tanto llorar, dieron por primera vez en años señales de brillo. ¡Qué carajo la maldita tesis sobre el efecto de la televisión sobre la pantalla de las televisores de plasma! (total, cualquier bodrio de tesis en la USM es aprobada). Jadna, al borde de los treinta años, pateó la carrera que había sacado adelante tras años escupiendo McPollos y envidiar a los malaspecto (que seguían siendo los mismos en el mismo lugar de siempre) y se fue directo a la UCV a inscribirse en educación. Orgullosa, con una sonrisa que abarcaba todo el rostro, entró a la sala de inscripciones y con la misma mueca, pero al revés, salió cuando descubrió que ya se habían agotado los cupos. ¡Malditos! ¡Otra vez le habían robado el sueño de ser ucevista! Una niñita que había llegado de Delta Amacuro fue la que le había arrebatado el último cupo. Era la primera vez que estaba en una ciudad como Caracas. La acompañaba su mamá, quien le prometió que la llevaría a celebrar su ingreso a los estudios superiores paseándola por la bella ciudad de Caracas. Jadna escuchó esa promesa y sonrió otra vez de alegría: quizá la llevaría a comer McPollo en McDonald’s.

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