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Epidemia de gripe » En este pueblo ha brotado una epidemia de gripe. Pero no es una gripe normal, supongo que es una gripe nerviosa (si acaso existe la condición), consecuencia de esperar decisiones estos días en que los teléfonos suenan a cada momento sin dar respuestas o sólo para alimentar dudas. Hoy he caído enfermo, estoy solo en mi casa y sueño con llamadas. ¿Para qué sirve entonces que te llamen? Cada vez que toso siento la aspereza de mi garganta; al menos sé que esa aspereza es producto de esta enfermedad (real o imaginaria). Pero tu aspereza (y tu falta de apoyo) es muy real y más dolorosa. (0)

Escrito por Álvaro Rafael en Relatos

Idilio

Hace tiempo en este pueblo las cosas iban bien. Pero, quizá por culpa de nuestra propia pasividad, no tomamos previsiones en contener el lago y las lluvias desbordaron los diques y gran parte del pueblo quedó bajo las aguas. Muchas cosechas se perdieron y empezamos a vivir en la penuria. Todo era cada vez más difícil y nuestro comercio se vio afectado.

Entonces tuvimos que mudarnos a las colinas y empezar a vivir en una situación desconocida. De la bonanza pasamos a la carencia. Yo, que no tenía familia y era anciano, construí una cabaña con escasos recursos. Frente a mí se instalaron dos parejas jóvenes sin hijos.

Ambas parejas eran muy activas y se dedicaron a construir sus casas. El trabajo en equipo les ayudó a levantar rápido sus casas. Faltaban algunos retoques, faltaba pintar las fachadas. Pero una vez que ya tenían techo, aunque aún con carencias, se dedicaron a buscar trabajo.

La primera pareja llegó a un acuerdo: ambos buscarían trabajo en el pueblo, ambos contribuirían en aportes comunes que sirvieran para mejorar la casa.

La segunda pareja llegó a otro acuerdo: sólo uno de ellos buscaría trabajo en el pueblo, el hombre, mientras ella se encargaría de mantener la casa, de adornarla y embellecerla.

El tiempo de un anciano se va mirando con nostalgia otros tiempos y otras personas. Sentado a la ventana de mi precaria casa, me dedicaba a ver cómo la chica de la segunda pareja pintaba con gusto la fachada de su casa. Tenía talento artístico que plasmó en una bella decoración floral. Se notaba que le gustaba embellecer la casa. Cada noche recibía con un beso a su marido cuando regresaba del trabajo. Él, cansado, le correspondía con mucho amor y le decía: «No hace falta que trabajes en el pueblo, mientras yo me encargue de traer el sustento a casa; no quiero que salgas a agotarte». Ella se sentía feliz.

La primera pareja, en cambio, regresaba muy tarde. Ambos se veían cansados, se quejaban de sus trabajos y percibí cómo el agotamiento empezaba a mellar la relación.

El tiempo pasó en este pueblo y la chica de la segunda pareja, un día, dejó de pintar la fachada de su casa. No es que hubiera terminado de pintar, simplemente, se había vuelto perezosa. Se la pasaba todo el día sentada en el jardín de su enorme casa, conversando con amigas. Su talento artístico se había apagado al tiempo que su marido le traía más, y más. Se sentía dichosa de tener un marido como él, que hacía todo por ella mientras ella se dedicada a mirar la vida como yo lo hago, como lo hace un anciano.

Algo inesperado pasó: una mañana su marido, cansado, se retiró de casa y no volvió más. Ella quedó aturdida y preguntaba a los vecinos si sabían algo de él. La comida empezó a escasear en su casa y desesperada trató de pintar las fachadas de las casas vecinas para ganarse la vida. Los vecinos accedieron, pero al ver los resultados penosos de su pintura, desistieron de sus servicios. La chica, antes feliz con un marido que hacía todo por ella, había perdido su talento y ya no sabía nada más. Se sentó llorosa a mirar a sus vecinos, la primera pareja.

La primera pareja, en todo ese tiempo, había sufrido un notable cambio. Del cansancio por las largas horas de trabajo habían pasado a llevar una vida más holgada y cómoda. El trabajo en común de ambos había contribuido en levantar otro piso en la casa y a sembrar el mejor jardín del pueblo. Vivían felices porque el trabajo de ambos retribuyó en una vida en común valiosa.

Un día, la joven abandonada se acercó a mí preguntándome si quería que arreglara mi casa. La miré con compasión y accedí. Mientras pintaba, ella me preguntó, como anciano, que qué había pasado para que ella cayera en semejante desgracia. Le dije:

—Al principio puede parecer afortunada quien recibe de otro y hace poco por sí misma. Esto siempre lleva al aletargamiento y siempre prospera aquel que se preocupa de sí. Pero en ocasiones esto es insuficiente, sobre todo cuando se vive en un pueblo con tantas dificultades como el nuestro; en ocasiones, sólo el trabajo en equipo es lo que lleva a prosperar. No hay mayor gusto que aquel obtenido desde cero con el esfuerzo propio o el esfuerzo compartido.

La chica me miró, con algo de pena. No la estoy ayudando: simplemente, estamos trabajando en beneficio compartido.

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Escrito por Álvaro Rafael en Personales, Relatos

Frances Farmer

Mi hermana es una mujer sensata. Por algo lleva veinte años de casada, tiene tres hijos que van a buenos colegios y universidades, vive en una casa grande y cuando cruza la ciudad para visitarme lo hace en un auto de lujo propio. Me ve y suele darme consejos. En definitiva, sigo siendo el hermano menor al que debe cuidar. Y yo, obviamente, sigo siendo el hermano menor que nunca hace caso. El insensato, el inmaduro, el impulsivo, el que todas se las sabe.

Últimamente me ha dado recomendaciones personales. Me ve todo el tiempo sumido pintando cuadros y con una botella de coñac siempre sobre la mesa. Cuando viene me oye atendiendo llamadas o me encuentra con visitas. Cuando se marchan me recomienda que debería relacionarme con gente normal. Claro, lo dice de buena fe, lo dice como la hermana que me cuidó mucho tiempo cuando éramos niños y en quien desarrolló el instinto maternal que luego pergeñaría en sus tres hijos. La normalidad, para ella, viene siendo todo lo opuesto a lo que soy: un bicho raro. Un bicho raro con la pared llena de reconocimientos profesionales, pero bicho raro al fin. Un gran bicho raro al borde de los treinta años que, a pesar de ello, quiere un poco de estabilidad. Y ella lo sabe. Ella sabe que la estabilidad no la puedo conseguir con la larga lista de amistades y relaciones a lo largo de la vida que le he enumerado. Obviamente, es el mejor de los consejos que no tomaré en cuenta.

Porque la normalidad para ella es que me reúna con gente convencional. Y los convencionalismos me dan grima. Me dan sueño. Me aturden. Me provocan náuseas que amenazan con sacar por la boca mi estómago volteado. ¿Qué puede hacer con gente convencional alguien con mentalidad tan perversa como la mía? ¿Asumir como normalidad el hecho de salir con alguien al cine para ver la comedia de turno, aceptar invitaciones a comer fritangas en la calle porque quien me invita no tiene dinero para algo mejor, ir a un parque de diversiones o a una playa repleta de matones y putas, regalar ramos de flores y peluches en fechas previamente marcadas como aniversarios (yo que tengo pésima memoria), callarme la boca cuando lance gustosamente blasfemias y escupa sobre el nombre de Dios? ¿Hacerme amigo de alguien con amigos que le gustan la música del momento, que no haya leído un libro en su vida, que baile pegado y que piense que una Polar un viernes por la noche mientras se ven películas de acción quemadas en un DVD es el mayor de los placeres? ¿Gente que vive con sus padres, que tiene que verse en hoteles o peor aun en plazas para estar con su pareja, y no espera nada de la vida porque vea con horror la trascendencia o que asuma la posteridad sólo como cosas de muertos?

Y no es que mi hermana haga todo eso, de hecho, ella es muy tranquila y quizá hasta esté al margen de la normalidad que me pide. Pero bueno, ella ya está establecida y quiere que yo me establezca.

Pero ¿establecerme en esa normalidad? Asco. No comulgo con el matrimonio, ni con los hijos. Me gusta la idea de la compañía, pero la compañía que no implique sumisión ni renuncia a la individualidad. Y ello se opone radicalmente a la normalidad. La normalidad está intrínsecamente relacionada a la conformidad. Y la conformidad va de la mano en el tedioso recorrido de la vida con el convencionalismo. No. Mil veces no. Yo voy por todo lo contrario: me gusta la intensidad, mi espíritu busca la emocionalidad al máximo, el placer infinito, el susto en cada acción inesperada. Por eso evado ese consejo de buscar gente normal. Porque yo no lo soy. Porque no tengo nada que buscar en esa gente. Porque las personas que han entrado en mi vida no han sido normales, y no lo digo peyorativamente. Todo lo contrario: he tenido el gusto de conocer y seguir conociendo personas felizmente extrañas. Juzgarlos a ellos sería condenarme a mí mismo. A este sujeto extraño que también soy. A este sujeto extraño que seré. Quiero una estabilidad similar a la que comenté al principio que tiene mi hermana, ¿quién no? Pero una estabilidad a mi manera. Una estabilidad sin convencionalismos. Una estabilidad emocionante.

Escrito por Álvaro Rafael en Relatos

El apostador

1

Todo en la vida es una apuesta de alto riesgo, me comentó mientras mirábamos la tarima. La emoción que los días previos demostraba por el concierto de The Misfits se había ido. No me quiso contar lo que había sucedido esa tarde, pero igual pensé de qué se trataba todo. Las cosas pueden salir bien, mal o simplemente no darse como uno quisiera, agregó, pero es de cobardes no intentar hacer algo. Entonces me invitó a jugar a las cartas mientras esperábamos que iniciara el concierto.

Nos sentamos en un espacio al final de la sala del CECIM de City Market habilitada para una noche de horror punk. Repartió las cartas y me comentó, como para sacarme de mis dudas, de que su vida había entrado esa misma tarde en un «punto y aparte». La explicación que vino después no fue clara, pareció querer justificar la actitud de su chica que yo nunca entendí. Habló de etapas de cuestionamientos, de que ella buscaba reconsiderar las cosas y que ahora necesitaba soledad, perderse un tiempo fuera del país y luego regresar para replantearse sus necesidades. Así que él no insistió más.

2

Jugábamos al póquer y sus manos habían sido buenas hasta entonces, cuando dijo que había apostado a replantear las cosas y seguir. Me comentó que eran más las cosas que los unían que las que los separaban. Entonces pensé ¿para qué perder una relación así?, pero no se lo dije. Dejé que hablara, necesitaba hablar más que nunca.

Dijo que había aprendido mucho con ella, y creía que el aprendizaje había sido mutuo y que sentía que quedaban muchas cosas más por descubrir juntos. Los conozco a los dos y sé que son personas maduras y tienen trabajos que les sirven para vivir con independencia. A veces él se quedaba en su casa o ella en la casa de él. Quise seguir, me dijo, aposté, siempre he sido un apostador, pero no gané en esta ocasión. Ahora hay que seguir, dijo, y lanzó una buena mano con la que ganó la ronda.

Mientras miraba mis cartas malas y a la gente que empezaba a llenar la sala, me comentó que las cosas duelen. Evidentemente, duelen, insistió. Aunque sabía que era una reacción natural y temporal ante la ausencia de un ser querido. Pensé que quizá demoraría más en equilibrarse por esa facilidad que tiene para apegarse a determinadas personas. Pero sé que seguirá, pensé, cuando las luces se apagaron y empezó a sonar el intro macabro del concierto. Recogimos las cartas, nos pusimos de pie y corrimos para mezclarnos entre el público.

3

El peor sonido que hemos escuchado. Salimos con una mezcla de rabia y tristeza, con la certera indignación de que podemos decir que estuvimos y no estuvimos a la vez en The Misfits en Caracas. Las canciones pasaban una tras otra con mucho ruido y nuestro máximo logro era adivinar cuál era.

Mientras desalojamos el centro comercial, nos topamos con una pareja que salía también del concierto y discutía airadamente. Un vigilante miraba de lejos, dudando entre seguir sentado o intervenir entre un chico con cabeza llena de pinchos y una chica con la cara pintada de calavera. Finalmente esperó que la pareja saliera entre gritos del centro comercial. Mi amigo me comentó que ellos nunca habían peleado por cosas serias, que incluso la conversación en que pusieron las cosas en claro fue amistosa y por instantes llena de risas por el recuerdo de los momentos vividos.

Mientras recorríamos el bulevar de Sabana Grande hacia la avenida principal lo noté con un toque de melancolía y calma. Supongo que estaba claro de que debía adaptarse a la situación en la que estaba. Sabía que todo sería aburrido ahora que debía replantear las cosas: el viaje a Europa con ella quedaba suspendido, así como vivir juntos, así como tener una mascota juntos. Al menos, me dijo, tenía el consuelo de que no hay alguien por allí que le odia ni que el quedó tan herido como para odiar a alguien (aptitud inmadura que vemos en otras personas cuando suspenden o terminan sus relaciones). Por eso mismo, me dijo, hablaba al comienzo de que esto había sido «un punto y aparte». El futuro seguro les tenía reservado una tarde con un café de por medio y de recordar los buenos momentos.

Por ahora, a él sólo le quedaba seguir apostando. Las partidas no debían parar, había que seguir apostando, por ella, por quien sea o por lo que sea. Aún nos faltaba para llegar a la gran avenida. El peligro del bulevar a esas horas se mantenía. Pero había que seguir. Siempre hay que seguir apostando.

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