lamarcha

 

And yet I fight

this battle all alone

no one to cry to

no place to call home

Nutshell

Alice In Chains

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Un tema recurrente

Los últimos ocho años he mantenido en línea este blog. He sacado dinero de mi bolsillo para hacerlo, le he dedicado horas de trabajo obsesivo a la corrección de códigos y he releído decenas de veces los escritos para pulirlos, y siempre salen con algún error. Todo un tiempo satisfactorio, vale decir.

Planeta en fuego ha tenido momentos en que los números de visitantes diarios rondaron los 300 (cifra modesta, de paso). Pero ahora no es uno de esos «momentos buenos». He dejado de publicar con regularidad para ocuparme de cosas más obligatorias: sobrevivir en Caracas. Este bajón ha llevado a que el curioso algoritmo de Google bajara posiciones a este blog en la lista de búsquedas. Pero Google no borra nada de internet. Todo lo que uno publica, desde lo más glorioso hasta lo más vergonzoso, queda registrado en algún rincón de este universo virtual. Y allí sigue este blog, flotando entre los escombros de cientos de blogs que se han quedado en el olvido.

He tenido toda clase de lectores, desde los habituales hasta los que han llegado con ánimos de troll y se han ido trolleados. Todos ellos, sin embargo, o quiero creer que es así, han tomado lo que aquí publico como reflexiones políticas o como relatos literarios que, como tal, no son una copia fiel de la realidad. Por algo escribo: para crear otra realidad, para caricaturizar los hechos que veo y en los que yo soy tan protagonista como la gente que relato. Por eso mismo ¿quién rayos puede tomarse totalmente en serio lo aquí escribo?

Los lectores habituales sabrán que un tema recurrente de este blog, y que he tratado con rigor pero sin perder el toque de ficción y ni siquiera el humor, es el de la dificultad para acceder a una vivienda en Venezuela.

Está bastante relatado aquí que desde los 19 o 21 años vivo por mi cuenta. Crecí en El Paraíso con mis padres, y luego de que ellos se divorciaran de manera poco amistosa comenzó mi transitar por diversas viviendas. Hubo un tiempo en el que en Caracas se conseguían opciones de alquiler de sobra y de ese modo viví bien y a mis anchas. Luego el Gobierno central aprobó las leyes de inquilinato y nadie más quiso alquilar sus propiedades. Nos jodimos los arrendatarios: desaparecieron del mercado los apartamentos y solo quedaron pequeños anexos y habitaciones arrendadas en condiciones injustas para nosotros, los interesados en alquilar.

El plan de todo joven con el uso pleno de sus facultades, aquí y en cualquier parte, es salir de su hogar, hacerse una vida y adquirir una vivienda propia (en los países donde esto es costumbre) o alquilar una con las condiciones adecuadas (en los países donde se puede). En Venezuela ambas opciones están poco menos que proscritas para un joven que se valga por sí mismo. La inflación y los precios desmesurados lo impiden. El que ahorra siempre va quedándose atrás antes los precios que corren a otro ritmo. No por ello dejo de trabajar para lograr la primera de las opciones (comprar), por más obstáculos que aparezcan en el camino, como lo es pagar altas cifras por viviendas que nunca serán mías y que impiden el ahorro efectivo. Mi más reciente arrendador me dijo, de manera desconsiderada: «Tú no me puedes juzgar porque yo sí tengo las cosas que tú no has logrado tener», refiriéndose a su casa. Aunque la frase por sí sola pareciera mostrarme como un envidioso de su propiedad, salió en el contexto de una discusión ajena a la casa, y que mencionaré más adelante. Lo cierto es que vivimos en otros tiempos: él tuvo unas oportunidades que ahora alguien de mi edad no las tiene. Hace veinte años la relación «esfuerzo-conseguir algo» era más estrecha, en la actualidad puedes pasar el mismo tiempo que dedicaban tus padres al trabajo y no conseguirás lo mismo que ellos consiguieron a tu edad.

 

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Recoge tus cosas y te vas

Todo estas palabras sobre mi blog y sobre el problema de la vivienda viene al caso porque la noche de ayer fui desalojado intempestivamente del «anexo» donde estaba viviendo desde hace un año (y no, esto no es ficción). La relación con el dueño estaba rota desde unos dos meses. Desde antes de mi llegada toda la casa estaba llena de cámaras de vigilancia y estaba instalando aun más, esto me generaba preocupación e inquietudes más que razonables, un día se lo cuestioné, le pregunté cuál era su preocupación o si desconfiaba de mí y de los otros inquilinos (que tiene otros), no respondió y a partir de allí empezaron los recelos mutuos, aumentó mi incomodidad de vivir allí y empecé a buscar para irme a otro lugar, luego investigando me enteré de otras cosas relacionadas a él, él lo supo y así yo me volví un residente incómodo. Era momento de echarme.

Anoche cuando llegaba a «casa» me encontré la llave cambiada. Mal augurio para lo que venía cuando el dueño me abrió la puerta. Me dijo que quería hablar conmigo, pero la sentencia ya estaba echada. Era un proceso kafkiano donde no había posibilidad de defensa, donde ya había sido juzgado no solo por el dueño, sino, en sus palabras, por «toda la urbanización». El dueño alegó que nadie me quería en la urbanización, que me había realizado un trabajo de inteligencia (maldito Snowden, por tu culpa ahora la gente se cree en una peli de espías). Supuse que en ese trabajo de investigación externo se habría enterado de que llegaba del trabajo al anexo y del anexo bajaba oculta en mi bolsillo comida para darle a los gatos de la calle, vaya peligrosidad la mía.

Cuando le pregunté cuál era el motivo de esa condena pública me dijo que he escrito cosas en contra de la urbanización. Yo sabía que llevaba días revisando este blog y mi Twitter: el analizador de visitas revelaba su patrón de búsquedas: California Sur, arrendador, puerta al vacío. Primera vez que alguien, en persona, usaba mi blog para atacarme. No tuve modo de levantar sus acusaciones: sí, he escrito este texto satírico para criticar el inútil despliegue de medidas de seguridad típico en cualquier urbanización de clase media de Caracas, y que rayan en la paranoia y la ridiculez. Fue esta urbanización que tomé como referencia, como pudo haber sido cualquier otra que, como habitante de esta ciudad que soy, tengo total libertad para hablar de ella.

Revisen el artículo previo y verán que no difamo a nadie, que no divulgo información confidencial. Los personajes ni siquiera están basados en personas reales, son simples arquetipos de un determinado habitante caraqueño. Mal pretexto el de ese post para pedir mi desocupación.

El verdadero motivo de que me dijera que recogiera mis cosas y me marchara esa misma noche, en menos una hora, no era ese. O quizá, no fue ese el principal (de seguro habrá tomado ese post para presentarme ante los vecinos como un terrorista de Al-Qaeda dentro de un suburbio idílico estadounidense). Ambos sabemos cuál fue el motivo, que no revelaré porque no viene al caso atizar el fuego y porque tampoco me importa hacerlo.

Mi intención es cerrarle la puerta al tema. No hablar ni escribir más sobre esto ni sobre nadie, ocuparme de seguir el camino e irme con la dignidad de la que me trató de despojar el dueño con una desocupación deshonrosa e inmerecida para alguien que respetó normas inverosímiles, pagó siempre su renta antes de tiempo y soportó la vigilancia constante, incluso el espionaje, de un gran hermano. No quiero lástima tampoco. Al dueño, que sé que me leerá, no le guardo rencor ni reprocho su modo de vida. Espero que él tampoco me guarde rencor. No sé cuál será su actitud luego de las maneras que usó anoche, yo de todos modos y sin dramatizar he tomado las medidas pertinentes en un caso como este para resguardarme, informando de las circunstancias que han rodeado esta desocupación forzosa a mis allegados por si me llegara a pasar algo extraño en los próximos meses. Tengo la fortuna de contar con buenos amigos que están allí para apoyarme en todo momento. Pero insisto en mi interés por dejar las cosas en la discusión final de anoche, no tengo tiempo que perder iniciando guerras punitivas ni busco hacérselo perder a otros. Si veo al dueño en la calle le daría la mano y le preguntaría cómo le van las cosas, con la misma cordialidad que alguna vez caracterizó la siempre desigual relación propietario-inquilino. No hay rencores ni me ocuparé en hablar mal de nadie.

Yo seguiré escribiendo lo que suelo escribir por aquí para los lectores a los que pueda interesar lo que escribo. Mi blog ya ha recibido amenazas serias de censura. Me pondré necesariamente cursi: uno tiene integridad, o testarudez, o ambas cosas, y es algo con lo que nunca se transa. No borro nada que me pidan que borre si estoy convencido de que lo que escribí fue lo correcto. Escribir es mi mayor constante, y nada de lo que ocurra a consecuencia de ello lo tomo como amenaza para dejar de hacerlo. El día que lo haga estaría renunciando a mi libertad creativa y no merecería ser leído por nadie.

 

PS: El mes pasado este blog cumplió los ocho años en línea; rompí con la tradición y no escribí nada para «celebrar». Creo que la ocasión lo amerita: mantener Planeta en fuego es lo más arrecho que hago y seguiré haciendo, así tenga ahora pocos lectores y así tenga, entre ellos, lectores que no quisiera tener.