Si como lector me pidieran que extrajera una frase que defina la autobiografía Cosas que los nietos deberían saber de Mark Oliver Everett elegiría una que no es precisamente «suya», sino de su introvertido padre, Hugh Everett III, quien pocos días antes de morir a los 51 años de edad le comentó a un colega que «había vivido bien y que estaba satisfecho». Una frase que marca la paradójica presencia de la muerte que recorre un libro que en ocasiones pareciera la sección de obituarios de un periódico: desde la muerte inesperada de su padre, la agonía de su madre y el suicidio de su hermana, la muerte de una prima en los atentados del 11 de septiembre de 2001, la de varios colegas de la industria musical, la lista de decesos es larga pero, a pesar de todo ello, el libro es todo lo contrario que sombrío: como lo diría en más de una ocasión Mr. E, la muerte que le ha dejado solo en este mundo le ha servido para comprender las oportunidades de no solo vivir, sino de disfrutar la vida como lo que es en toda su simpleza: un riesgo constante. Y es ese desconocimiento absoluto de lo que nos espera el mañana lo emocionante de estar aquí, de saber que la continua impertinencia nos coloca frente a celebraciones insospechadas donde otras personas solo podrían ver tragedias. Un libro de gran valor por su sencillez y una buena lectura en tiempos en los que en muchas ocasiones nos acecha la incógnita que nos paraliza.