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Mi respuesta a tan común pregunta sobre el origen de las crisis de nuestras democracias latinoamericanas está orientada a la manida tesis del desgaste del sistema —o establishment, como exuberantemente llama esa importada izquierda made in Argentina que pulula los estudios de Telesur—. Esta tesis dice genéricamente: «Si nuestros pueblos eligen o están dispuestos a elegir a demagogos populistas y aspirantes a dictadores es porque están cansados del menú político tradicional, y por ello optan por el plato exótico que rompe con la cotidianidad, aun cuando dentro de sus promesas presidenciales no esté el simple apego por el ordenamiento jurídico sino el mismo Cielo en la tierra…».

Mariano Rajoy (PP), en sesión de la Cámara de los Diputados (España)Los puntos suspensivos no son casuales: porque aquella respuesta generalmente queda muerta, rara vez tiene un complemento; pocos aportan soluciones concretas para evitar el advenimiento de tales Mesías que son, en fin, la consecuencia de tales crisis. El cambio necesario no requiere fórmulas autoritarias ni demagógicas. El cambio es remozar el sistema democrático. Una vez más, considero el parlamentarismo como la mejor opción para sepultar eternamente la historia caudillesca latinoamericana. Un régimen parlamentario cuenta con los mecanismos necesarios para evitar la concentración del Poder total en un solo hombre y en su camarilla, origen de la corrupción y la ineficacia administrativa que se traducen en el mal fundamental de nuestras democracias: la pobreza, pobreza que empuja al desamparado a la fe por el Mesías, convirtiéndolo en un ser dependiente de su favor, en un ser idiotizado incapaz de valerse por sí mismo. Un régimen parlamentario no sólo vitaliza periódicamente el escenario político nacional, sino también a las instituciones democráticas.

El parlamentarismo es la módica prenda que agrego a una respuesta tan conocida.

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PD: Una democracia requiere la buena oxigenación de sus partidos políticos. Algunos de los motivos de la evidente debilidad de nuestros partidos son 1. la falta de definición ideológica —o la poca claridad (o la hipocresía) con que plantean sus programas (que suelen ser genéricos, vagos, frívolos, cuando no viscerales)— y 2. el desperdigamiento que vemos cuando se forman partiditos de electorados similares entorno a alguna figura pública (que, por lo general, se esconden bajo la figura de movimientos, asociaciones civiles o ONG). Todo ello hace que los partidos políticos se han vistos, en el primer caso, como simples aparatos electorales conformados por sujetos «ávidos de poder» o, en el segundo, como peñas políticas sin mayor trascendencia que la cobertura que genera alguna declaración o manifestación destempladas que, generalmente, se olvida rápidamente.

POST-PD: ¿Cuándo será el día en que se unan en un solo partido todos aquellos que, aun en cierta medida, abrazan los ideales del llamado «humanismo cristiano», del progresismo y del libre mercado como fórmulas que tiene el individuo para desarrollar una sociedad próspera y más realista que la pregonada por el socialismo?

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