Retorno

And what exactly is a dream?

And what exactly is a joke?

Jugband Blues

Pink Floyd

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El río Manzanares no me parece tan impresionante como lo describí en un relato. Es otoño y la brisa levanta las hojas al paso de un hombre de mediana edad que recorre la ribera. El hombre, que luce abatido, se sienta en una banca, enciende un cigarrillo y al cabo de unos minutos se fija en una pareja joven que ríe y se besa en otra banca.

Se les acerca y le pregunta al chico:

—¿Amas a tu chica?

El chico, a pesar de la sorpresa, sonríe ante el extraño y no responde de inmediato. Mira a su chica como buscando en ella una aprobación para responder o no. Cuando lo hace no titubea en afirmar:

—Claro. La amo mucho.

Me detengo en esa frase.

Tengo tiempo sin recordar este relato. En realidad, no lo había escrito hasta este momento. Era simplemente una idea que arrastraba con los años y que iba unida a Syd Barrett, autor de Jugband Blues, y cuyo desenlace me resulta ahora mismo incongruente.

El hombre sonríe. La dicha le resulta tan extraña que se le garabatean pliegues desconocidos en el rostro. Dice:

—Entonces cuida mucho lo que tienes. Eres afortunado.

Se aleja hasta llegar a la barandilla. Del otro lado, el río caudaloso.

Me cuesta ahora terminar este relato. Es mi penúltimo día en Madrid y he salido a caminar. Necesito aire fresco, me dije, y salí. Sin notarlo en los últimos días le he seguido los pasos a este personaje de ficción hasta llegar a la ribera del río Manzanares.

El personaje, al igual que yo, hacía un viaje a Madrid en solitario. La historia previa a su llegada al río Manzanares, donde está a punto de tomar una decisión irrevocable, no la cuento en el relato y no me importan esos detalles.

En mi caso los detalles son otros: hasta llegar aquí le di muchas vueltas a Madrid. Fui dos veces al Parque de El Buen Retiro, un lugar donde hubiera situado mejor a la pareja de mi relato porque allí dos personas la hubiesen pasado mejor que una. Y fui dos veces porque la segunda traté de llegar a un Mercadona que en el mapa aparecer junto al parque y terminé llegando sin querer a Atocha.

Posiblemente el personaje de mi relato hubiese ido a los museos a los que fui. Lo que no yo hubiera escrito en el relato fue la sorpresiva e inesperada admiración que presencié en el Museo de El Prado, donde Las Meninas hizo llorar a varios visitantes. No es para menos cuando te enfrentas a esa monumental referencia cultural pintada por Velázquez. Seguro también hubiera ido al Reina Sofía con la única intención de ver el Guernica de Picasso. En el relato hubiera expuesto mi admiración hacia ese cuadro que, en la realidad, me pareció un poco más pequeño pero igual de fascinante en un museo con obras de Liechtenstein y también una famosa lata de Mierda de artista de Manzoni.

No me equivocaba al afirmar el tiempo en Madrid me quedaría corto. Mis visitas eran guiadas por cronómetro. Un momento en el Museo del Palacio Real, otro en el estadio Santiago Bernabéu, una foto en Plaza de Castilla.

Porque Madrid es una ciudad de extensas avenidas que parecieran pensadas para el recorrido (tal como Valencia, pero a una escala mayor): desde el edificio donde me alojé me bastaba ir de la Calle Alcalá a la Plaza Cibeles, tomar hacia el paseo de Recoletos, cruzar la Plaza de Colón y de allí el paseo de La Castellana hasta llegar a sus famosas torres inclinadas Kio. Terminabas con el gusto de saberte a mitad de una gran ciudad. Pero también pensaba en muchas cosas. Por ejemplo, pensaba en el desenlace de mi relato.

Ese desenlace, les confieso, al principio de mi viaje a Madrid, seguía siendo el mismo que originalmente planteé. Pero no quería escribirlo aún, quería llegar hasta aquí para terminar de redactarlo. Mientras tanto me preocupaban los gastos que producen un viaje. Esta clase de ideas son las que arruinan un viaje. Aunque son inevitables cuando en los últimos días la tarjeta de crédito empieza a resentirse, además de que, como venezolanos, vamos ya cortos de euros.

La joven pareja mira con estupor al extraño subirse sobre la barandilla.

Anoche salí a caminar hasta la Plaza de Colón y la Calle Génova para conocer la sede del Partido Popular. Llegué muy tarde a mi casa, con la convicción de que hoy me levantaría temprano para conocer las últimas partes de Madrid que podía conocer. Pensé que no me daría tiempo llegar al río Manzanares. Pensé que dejaría inconcluso mi relato. Debía regresar temprano para preparar mi maleta, sin embargo quería ver cómo atardecía junto al Manzanares.

Llegué hace unos minutos. Caminé por el puente sobre el río y me acerqué a la barandilla. Hacía una buena brisa y el sol estaba escondiéndose en el horizonte. En ese instante tuve una asombrosa calma. Una calma como pocas veces he sentido. Estaba allí solo, de cara al sol y a la brisa, y entonces me di cuenta de la insignificancia de muchas de las preocupaciones que solemos tener. Estoy aquí ahora, al término de un viaje que en un principio temí si debía hacerlo o no, y me doy cuenta que ha valido la pena. Ha valido la pena cada día que he pasado, y sobre todo ha valido la pena viajar con ella. Me siento afortunado, tontamente afortunado de tener los pies aquí ahora, de ver cómo avanza un río que es muchas veces más pequeño de cómo lo describía, afortunado de poder sentir cada instante y de que ella forme parte de mi vida a su manera y de cada día que llevo conociéndola.

Para poder culminar el relato era necesario que yo llegara hasta aquí, porque entonces ese personaje, al principio abatido, de seguro se hubiera sentido como yo en este momento y en lugar de subirse a la barandilla le hubiera dicho al chico que tuviera el valor de decirle a su novia que cada día la ama más, que le pida perdón por las veces que ha sido desconsiderado con ella y que le haga saber lo importante que es ella en su vida. Todo esto quizá parezca tonto, pero termina cambiando el desenlace original de mi relato.

Por fin lo termino de escribir. Ese giro del relato me ha sorprendido, tal vez lo publique en mi blog cuando regrese a Venezuela. Regresar. Mañana regreso a Venezuela, aunque la verdad es que quisiera quedarme aquí. Al menos me voy como me siento ahora, y eso aplaca cualquier angustia que pudiera aparecer.