Este no es el árbol que sembré

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Todos necesitamos una motivación para sonreír.

Todos necesitamos sentirnos queridos o al menos importantes en la vida de alguien o algo.

Y ya que periódicamente me dicen adiós.

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Decidí plantar un árbol.

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Tiene todas las señas para crecer varios metros. Claro, no veré nunca su máximo desarrollo. Con verlo llegar algún día a la altura de mis hombros sabré que habrá valido la pena.

Tendré esa silenciosa motivación.

Será mi secreto particular.

Sabré que colaboré en continuar una vida.

Cada vez que pase por ese lugar escondido sonreiré, así no haya quien mire esa sonrisa. Pero, al menos, ya tendré una propia y secreta motivación para sonreír.

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Nota del autor: esta entrada es irónica y ficticia. En realidad, parcialmente ficticia: de las doce oraciones de las que está compuesta, sólo tres pueden considerarse autobiográficas (y ni siquiera del todo). Tal vez un lector astuto descubra cuáles son. En realidad, no guardo tampoco muchas esperanzas.

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