Los árboles

Recordando, recordándome

distraído, disfrazándome

El payaso

Sentimiento Muerto

Nota: este es un ejercicio literario sobre una experiencia real; sin embargo, los demás personajes no son necesariamente reales.

·

Observo la fila de árboles adornados con lucecitas que bordea la oscura avenida. Cierro mi chaqueta, es la semana más fría que recuerde y estoy aquí, de pie a la puerta de su edificio, esperando que sean las 10.00 pm. Es muy temprano para llegar, trato de esperar con tranquilidad; aunque, sospecho, también estaría esperándome con ansiedad desde que nos conseguimos, de manera casual, la semana pasada. Los detalles del encuentro no los recuerdo, la sorpresa tiene la capacidad de difuminar los momentos que tantas veces soñamos y que, cuando ocurren, deseamos cumplir con oficinesca frialdad. Sé que le pregunté si seguía viviendo en Montecristo; , me respondió. No sé cómo fue la invitación, pero ahora voy a su apartamento y le llevo el disco de Sentimiento Muerto que me prestó años atrás, justo el día anterior a que discutiéramos y se esfumara sin que yo imaginara que los días se convertirían en años.

La vida suele encerrarnos en un círculo de pocos escenarios: a los cinco años viajaba arrastrado por mis padres para pasar la Navidad en el apartamento de unos amigos en Montecristo, y en ese momento mis hermanos oían en sus walkmans canciones de Sentimiento Muerto. A los veinticinco años leía en el taller de narrativa un cuento improvisado sobre mi [falso] primer recuerdo titulado Los árboles, y que trataba de cuando viajaba arrastrado por mis padres para pasar la Navidad en el apartamento de unos amigos en Montecristo. Diez años después de la lectura atroz de ese cuento que deseché, la temperatura tan baja de ahora sirve para evocar mi auténtico primer recuerdo: una enfermedad sin diagnosticar y en la que padecí alucinaciones, y mientras tanto en mis audífonos revienta Sin sombra no hay luz, el disco que devolveré en unos minutos tras un largo tiempo empolvándose en la estantería de sus memorias.

Recuerdo que el cuento Los árboles comenzaba:

Observo la fila de árboles adornados con lucecitas que bordea la oscura avenida. El auto se detiene, mis hermanos apagan sus walkmans y las caras sonrientes de una pareja, amigos de mis padres, se asoman por la ventana. Varios regalos nos reciben en lo que sería la velada más aburrida de cada diciembre.

En aquel diciembre del cuento, sin embargo, omití contar que estaba convaleciente de la enfermedad. Tal vez por ello la pareja fue generosa con mis regalos y la atención que me dieron fue, a mi pesar, muy efusiva. En realidad ni tuve oportunidad de resistirme a tanto cuidado: estaba agotado y tenía tanto frío que regresé a la habitación de la clínica. Los médicos, para bajar la fiebre alta de la enfermedad, me sumergían cada día en aguas heladas. De esos baños emergía como en un pozo, frío y profundo, y pronto caía al final otra vez. En la parte superior una enfermera me observaba, y entonces dejaba caer un cubo que contenía el frasco de compota con el que me alimentó durante la estancia en la clínica. Una semana después salía sano y sin secuelas, y los médicos despacharon el diagnóstico como una virosis. Pero el recuerdo de esa experiencia nunca curada regresa vivamente en cada momento de frío intenso, que me deja paralizado y me lleva a perder incluso la noción del tiempo y el espacio. Ya entiendo por qué en Los árboles preferí centrarme, en cambio, en esta anécdota:

Entonces el padre de familia, disfrazado ridículamente de San Nicolás, culminaba la velada sacando de su bolsa enorme y flácida caramelos que lanzaba al aire para que sus hijos y mis hermanos se mataran por recogerlos del piso. Yo, al contrario, los miraba desde un lado.

El disco llega a su final. Consulto la hora en mi reloj y veo que es muy tarde: han pasado varias horas sin que yo lo notara, es casi medianoche. Mi pulso es caótico por el frío y, titilando, camino a trompicones hacia su apartamento. Pienso si aquel recuerdo falsamente primigenio que escribí en Los árboles realmente ocurrió o si fue producto de la fiebre. Quizás cuando llame a la puerta, y ella aparezca, yo despierte en mi casa temblando en una noche muy fría y descubra que este momento es, como me ocurre en muchos momentos de frío desde aquella enfermedad, una simple alucinación.