Misterio de una noche de verano (1892),

Edvard Munch.

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Conservo entre los pocos objetos de mi pasada vida esta fotografía de nuestra primera comunión. Ayer limpiaba mi estantería donde apilo junto con libros que todavía me acompañan cuadernos que, sin quererlo, fueron convirtiéndose en fastidiosos y melifluos diarios —que ahora me avergüenzan y no releo— y de uno de ellos se deslizó esta vieja fotografía.

Tenía varios años sin verla. Esto es lo único material que me queda de ti.

Del otro lado estaba yo, una figura que corté porque desencajaba con esa graciosa y virginal postura de palmas abiertas mientras esperabas la consagración del cuerpo de Jesús, cuando, al igual que yo, hablabas mal del cura. Pensé con inquietud si tú también habrías conservado algo que te recordara de mí alguna vez. En realidad ya no guardo muchas esperanzas e imagino que, en algún momento, utilizaste las mismas tijeras para desaparecer de tu vida nuestro precario vínculo. Yo, en cambio, tengo la desdicha de conservar una fotografía que sólo me despierta una ligera alegría por algo que nunca más volverá.

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