nauru

Nauru puede que sea uno de esos países que liarían a más de uno que sea interrogado con su ubicación en un mapa. Es una pequeña isla situada en el Pacífico, cerca de la línea del ecuador.

Con una población generalmente pequeña y una geografía muy limitada, Nauru contaba con una riqueza en sus suelos que para muchas personas constituiría una bendición divina: tenía enormes reservas de fosfato, material utilizado como fertilizante.

Sin otra opción inmediata que dedicarse a la explotación de este recurso, el país vivió años de prosperidad económica que los llevó a acumular más 2.000 millones de dólares en reservas, lo cual le permitió a las autoridades de este Estado insular dar a sus habitantes niveles de vida propios de naciones industrialmente más desarrolladas: sanidad y educación públicas. El desempleo era cero.

Toda esta bonanza se agotó cuando ocurrió lo inevitable: los niveles de fosfato bajaron a niveles ínfimos, cundió la desesperación ante un futuro donde se dificultaba cubrir las más básicas necesidades para sostener un Estado y su población. Lo que parecía una bendición divina, un recurso que se pensó ilimitado y una riqueza basada en la explotación, se convirtió en la desgracia para esta pequeña isla.

El Estado, despertándose de un sueño en plena transformación a pesadilla, se aventuró a una serie de medidas urgentes para diversificar la economía, entre ellas, mandó a construir un enorme rascacielos en Melbourne, Australia, para obtener recursos de la renta. Como suele pasar en países donde el descontrol y la falta de visión a largo plazo es la norma, la corrupción y la pésima administración condujo al Estado de Nauru a vender este rascacielos para poder afrontar otras deudas que había contraído.

El presente del país sigue siendo ominoso: otros intentos desesperados por obtener recursos han traído nuevos perjuicios. A eso, se le suma una nueva perla a su collar de infortunios: el país corre el riesgo de quedar bajo las aguas en caso de ascender el nivel del mar unos pocos metros.

El caso de Nauru vale la pena tenerlo en cuenta cuando uno escucha frases como «Venezuela es un país rico». En esta frase se incluye la creencia errónea de asociar recursos naturales con riqueza. Los recursos naturales, sin cabezas inteligentes y honestas que administren esos recursos pensando en el desarrollo a largo plazo, no valen para nada. Solo crean una ilusión pasajera de riqueza, que embriaga a la gente en la idea de lo afortunado que es por explotar la gallina de los huevos de oro. Pero la gallina llegará a vieja algún día y no pondrá más huevos, querida gente embriagada.

Pienso inevitablemente en la PDVSA actual, una empresa desviada de su objetivo primordial con el fin de atender necesidades inmediatas, creando otras necesidades a futuro, porque así como el fosfato, el petróleo es un recurso que algún día se agotará. Esto poca la gente lo quiere ver, quizá porque no estemos vivos para cuando llegue ese momento, y ahora debemos vivir de la fantasía. Vaya manejo del país y sus recursos.

El caso de Nauru, asimismo, también aplica en la vida personal. La gente muchas veces gasta grandes cantidades de dinero en cosas innecesarias, que ni siquiera sirven como excusa para sortear la inflación en un país donde ahorrar es cuesta arriba. Se satisfacen caprichos inmediatos poniendo en riesgo el futuro. En cualquier momento, la fuente de ingresos de hoy pueda verse cortada y así quedar en la misma situación precaria de los nauruanos.