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Finánciame mis gustos

 

Hace poco asistí como oyente a una tertulia organizada por un banco privado sobre el estado actual del rock venezolano. Entre los panelistas, un conocido promotor del rock venezolano (que él llama #VRock) opinó que lo que le faltaba a éste para llegarle a un público extranjero era «financiamiento del Estado». Entiéndase: dinero público para que las bandas se fueran de gira por Latinoamérica o participaran en ferias internacionales representando los colores patrios. Es decir, que el VRock debería ser financiado con los fondos públicos provenientes de una mayoría de gente que no le interesa el rock, lo cual demuestra lo arraigada que está la idea de que el Estado es una piñata casi inagotable de la que debemos sacarle el mayor provecho particular. El rock venezolano, en realidad cualquier manifestación artística, si es de calidad, se da a conocer por sí mismo y no precisa de promoción económica (dinero, subvenciones) del Estado, lo cual de paso contraría la esencia rebelde del rock.

Esta persona, cuya opinión y conocimientos sobre el rock venezolano son fundamentales para comprender este movimiento, no es uno de los muchos artistas/intelectuales/agitadores culturales que hoy están en la nómina del Estado y piden subvenciones para financiar sus gustos, sino que está identificado con la oposición. Oposición que, por otro lado, es hostigada por ese Estado que para él debería subvencionar una música que muy poca gente oye (incluso, si fuese la más oída, tampoco debería ser subvencionada). Quizá no se fija él que este Estado sí financia, pero a los que están rodilla en tierra con ellos: en el chavismo, se organiza en el anfiteatro de Altamira Sur un evento que curiosamente se llama «Viernes Rebelde»: financiados con recursos públicos, apoyados por el hiperestado que tenemos, un grupo de chicos de bandas emergentes se montan en tarima y baten las greñas gritando consignas antisistema, cuando es el propio sistema quien los apoya. El disparate llevado al clímax.

¿Saben qué es realmente antisistema, rebelde, contracultural y todo aquello que propugna el rock (al menos en apariencia)? No depender del Estado para hacer tu trabajo creativo, de hecho, ser enemigo del Estado, siendo éste visto como un ente opresor y controlador. Pero en la Venezuela en la que vivimos, la domesticación nos ha llevado a ver como natural que un rockero toque la puerta de la autoridad para pedirle plata.

 

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La normalidad del despilfarro

 

Recientemente, en España saltó el escándalo de Amy Martin.

─¿Quién coño es Amy Martin?

Pues es una chica bastante original, una autora progre estadounidense que publicaba sus artículos para la Fundación IDEAS, el think tank del Partido Socialista Obrero Español. Sin conocerle la cara, me imagino que los que leían sus artículos fantaseaban con ella y se la imaginaban como una morena bastante guapa, con gafas de pasta, neoyorkina, culta y soberbia que escribía sobre esa variedad de temas que excitan a las masas progres del mundo: desde feminismo, cambio climático, hasta el papel de la izquierda en el mundo actual.

El asunto es que Amy no existía.

Amy Martin era el invento literario de una talentosa Mr. Ripley española, esposa o exesposa (no está claro) del director general de esta fundación y que cobraba € 3.000 por cada artículo que escribía.

En la España hundida en la crisis, primero por la catástrofe del gobierno socialista-populista de Rodríguez Zapatero y ahora por la incompetencia del gobierno popular de Rajoy, que una escritora fantasma cobrara tales cifras que eran pagadas con recursos que provenían de subvenciones que daba el Estado a esta fundación cayó muy mal. En Venezuela, el uso de los recursos del Estado en esperpentos (como financiar a un piloto de Fórmula 1 en un país donde la mayoría de la población debe anotarse en listas de meses para comprar un carro a sobreprecio) no produce escándalo. Es la «normalidad» del despilfarro.

El Gobierno actual no se ruboriza en exhibir el uso a discreción de los fondos públicos y no hay contraloría que haga el menor análisis de esto. De hecho, a cada denuncia de corrupción de algún funcionario del Gobierno, todo el aparato del Estado controlado por el PSUV hace lo posible e imposible por bloquear y silenciar estas acusaciones. En cambio, apunta la mirada de la lucha contra la corrupción hacia diputados opositores que recibieron dinero de empresas privadas para financiar sus campañas. Es decir, para nuestro Gobierno es más escandaloso que un particular ponga dinero de su bolsillo para apoyar a un candidato a que el Estado financie tanto disparate con dinero que es de todos los venezolanos que pagamos el ISLR o el IVA en cualquier cosa que compramos. ¿Yo quiero poner mi dinero para financiar los choques de este piloto de Fórmula 1? No.

 

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El Estado piñata

El país no se escandaliza porque ha crecido mirando el Estado como una piñata. Acá, tanto este Gobierno como todos los anteriores se mantuvieron/mantienen en el poder metiéndole a la gente la enorme mentira de que por ser un estado petrolero el dinero generado por esta industria le pertenecía/pertenece a cada venezolano. Esto generó dos ideas: una, la del país con recursos inagotables, una enorme piñata a la que le podemos pegar y sabemos que nos arrojara regalos, y la otra, que basta con arrimarse a un cargo público para hacer dinero. Eso ha sido así en la llamada Cuarta República y en la Quinta. En un Estado así, el sector privado se atrofia, no hay producción de nada, la población resiente la escasez y el Estado, para evitar el estallido social, importa todo, genera dependencia, destruye la consciencia ciudadana y crea esclavos dependientes del Estado. A este Gobierno, y a los anteriores, le conviene esta forma de Estado.

Tenemos un hiperestado lleno de funcionarios públicos y sin industria ni servicios eficientes, que idiotiza a la población haciéndole creer que somos ricos y que debemos vivir de esta riqueza. La realidad es que tenemos una población que si se le cae la casa, siente que no es su deber trabajar para repararla, sino que debe ir a Miraflores y pedirle entre llantos al Presidente que «le dé una casa», que le «dé lo que le corresponde por vivir en un país rico». La persona agarra un palo y va para darle a la piñata y recoger del piso los juguetes.

Este es el grave daño ocasionado por los gobiernos socialdemócratas y socialcristianos de la cuarta, y los socialistas de la quinta. Ese arraigar la idea de que el Estado está para resolverlo todo. De que no somos unos ciudadanos con deberes y obligaciones, sino unos niños que dependemos del papá Estado para toda la vida, y que éste nos debe consentir nuestras malcriadeces (como pedir que la gasolina cueste menos que una botella de agua o que el Estado nos dé una casa sin el mayor esfuerzo). Si el papá Estado no nos da todo, nos da una pataleta. Lamentablemente, ésta no da risa como la de los niños, sino que genera miles de muertos.

 

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El Estado mínimo

 

El Estado no está para solucionarle la vida a nadie. Nosotros lo hemos alimentado hasta convertirlo en un hiperestado que nos controla y dirige la vida. La verdadera independencia está en eliminar el hiperestado en el que vive Venezuela, reducir al Estado a su mínima expresión y hacer que el venezolano viva de algo más que el excremento del Diablo, como dijo Juan Pablo Pérez Alfonzo, quien por cierto sembró las bases de una PDVSA paternalista. El Estado está para evitar que nos matemos los unos a los otros, y ya, no para meternos las manos en nuestros bolsillos para subvencionar los gustos de alguna gente o controlar lo más básico como el uso de nuestro dinero (Cadivi).

Curiosamente, nuestro actual hiperestado que tanto gasta y despilfarra a diestra y siniestra, inyecta poco dinero público en donde sí debería llevarlo: a financiar un buen sistema educativo y de salud. En especial de salud, porque años de malos gobiernos de izquierda en la Cuarta y en la Quinta han empobrecido a una población incapaz de financiarse un seguro propio, y a pesar de que esta población es la que de manera consistente ha votado por esos malos gobiernos, no puede ser abandonada de la noche a la mañana. Así como el adicto a las drogas debe ser alejado poco a poco de la adicción, el venezolano que cree que el Estado está para financiarlo todo debe ir alejándose poco a poco de él y comprender que es uno mismo y nadie más quien tiene el control de su propia vida y destino.