Ricardo Sánchez se separa MUD

 

El comeback del rebelde de una boy band estudiantil

 

Nunca le tuve fe al movimiento estudiantil venezolano de 2007. Eran tiempos de desorientación tras muchas derrotas electorales y de carestía de cabezas pensantes que asumieran con seriedad la vocería de la oposición política venezolana. En este desierto aparecía de cuando en cuando algún político insensato que pegaba un one-hit wonder y despertaba la «esperanza de liderazgo» que muchos ansiaban que llegara; pero como todo one-hit wonder, el éxito de estos personajes era insustancial, no decía nada, se apostaba a él con más fe que con convicción de que fuese algo bueno, algo que valiera la pena. Y de esa manera la esperanza se diluía al cabo de unos pocos meses, cuando no semanas. Por ese podio de barro pasaron desde militares sudados de ultraderecha hasta el Conde del Guácharo, y si el tiempo lo hubiera permitido, no dudo que incluso Diosa Canales hubiese despertado en más de uno la fervorosa ilusión del que dice «ésta es la que era».

En medio de ese panorama desolador, y como si hicieran faltan más chapuzas, surgieron unas nuevas voces feroces. Una voces juveniles, unos «líderes estudiantiles». Una vez más sonaron las trompetas apocalípticas de la antipolítica, esa misma que sedujo a muchos de los que pusieron en Miraflores a quien hoy no sabemos cómo sacarlo de allí, y el encargado de tocarlas esta vez fue Alberto Federico Ravell, quien desde Globovisión exaltó a estos cuatros niñetes al estrellato de la política nacional, más por esperanza que por bagaje político.

Estos cuatro estudiantes tenían todo para ser un fenómeno mediático, porque lo tenían todo también para formar una boy band: uno era un gordito simpático, que destacaba como la voz principal del grupo; otro tenía el cabello largo, pinta de rockero; otro tenía aspecto modesto y nombre de dictador; y el último era el que alzaba la voz más estridente, algo así como el rebelde sin causa del grupo, pero sin tener tampoco razones vagamente coherentes para su rebeldía.

En fin, eran cuatro personalidades distintas, cuatro formas de ver y de hacer la política, cuatro chicos de mi edad. A todos ellos les brillaba en los ojos la inexperiencia en la política real, la inocencia, la virginidad en estos menesteres porno de la política venezolana. Y así, como pasa con las boy bands, recibieron toda la cobertura de los medios, despegaron con rapidez y ganaron su audiencia entre un público de diversas edades y que los miraban a ellos como unos chamos rousseaunianos que no estaban corrompidos por la política de «los grandes», como los chamos que vinieron para cambiar el panorama del espectáculo venezolano ─porque es así como vemos y asumimos que debe ser nuestra política: un espectáculo.

Desde Globovisión salían semblanzas de los integrantes de este grupo. Recuerdo un reportaje que produjo Johnny Ficarella, que se centraba en la vida del rebelde sin causa y sin ideas claras: para hablarnos de él hicieron uso de música tipo comercial de superación personal y tomas lentas, lentísimas, para afincar el carácter de Pobre-Chico-de-Provincia que llegó a la Gran Ciudad para estudiar en la UCV, que vivía en Catia, en el ranchito de unos familiares, que iba a clases en Metro, que era un chamo echao pa’lante. Meses después, a ese mismo estudiante-peatón le quemaban su camioneta particular; otros meses después, ese mismo estudiante-viviendo-en-sector-clase-baja se lanzaba para diputado en el circuito de Chacao-Baruta-El Hatillo, el de la clase media alta-alta caraqueña. Perdió.

La historia siguió y con ella surgieron nuevas figuras que le quitaron protagonismo a nuestra boy band. Entre sus integrantes, vale decir, había dos que no me despertaban tantos recelos; uno se convirtió en diputado, el otro en concejal y se exhibe como un interesante dirigente político. Los otros dos, malogrados por la fama, decayeron junto con sus carreras solistas/políticas: el gordito cuchi ahora pontifica desde los artículos que publica en una columna un ideario político que lo que hace es espantar más que atraer, amén de llamar idiotas a diestra y siniestra; el otro, el de la voz incoherente y las «ideas desestructuradas», ha renegado de la industria que le dio el espaldarazo y ahora es el rebelde entre los rebeldes, el hijo perdido… y sin posibles padres que le adopten. Responde al nombre de Ricardo Sánchez.

Marginado de los grandes espectáculos de la política nacional y enfadado por su escaso protagonismo actual, no ha visto mejor manera de recobrar su fama que dándole una patada a la mesa… a la Mesa de la Unidad Democrática. En las últimas semanas convoca ruedas de prensa, habla de que «renuncia» a conglomerados políticos formados por partidos políticos y no por personalidades, se presenta como el enfant gâté de la oposición venezolana, cuando en cambio solo queda como un tonto útil del Gobierno. Tonto útil para desprestigiar y desmoralizar a quienes se oponen como él al único objetivo al que hay que oponerse: a un Gobierno todopoderoso y peligroso.

Todo aquello que tanto le costó a la oposición política venezolana, que no es más que bajar los ímpetus de los radicales que creían que Plaza Altamira era la salida o que la abstención haría caer el gobierno, todo aquello que tanto se anheló construir en aquellos años cuando Ricardo Sánchez apenas empezaba la universidad (que seguro todavía no termina), en fin, todo aquel monumento de ingeniería política que se levantó sobre este lodazal que es la totalidad de la política venezolana desde hace décadas, ahora pretende ser desconocida por Ricardo Sánchez.

En otras palabras, frente a la racionalidad de la MUD (que no es otra cosa que la unidad opositora que tanto ha costado construir, con sus fallas, pero con su magnífico logro de encauzar a muchos venezolanos hacia la política de Primera División), se alza la irracionalidad de un joven molesto por no verse allí, molesto por perder sus quince minutos de fama, molesto por no ver los flashes en su cara.

En ese afán de autodestrucción propia de las estrellas juveniles cuando pierden su época de gloria, Ricardo Sánchez se presentó en VTV como «líder» de oposición, para, desde su punto de vista «opositor», atacar más a la oposición y menos al Gobierno.

Cree el bachiller Sánchez ─o creemos que cree─ que se convierte en la voz de la «otra oposición», la «oposición posible», la «oposición mejor porque-todos-los-demás-no-sirven-para-nada-pero-él-tiene-la-razón», cuando consigue lo contrario: desacreditar a toda la oposición en su conjunto, incluido a él, que pasa ante los ojos de los chavistas y los ni-ni (si es que estos existen) como ejemplo del «canibalismo opositor». ¿Miró el diputado suplente los tweets que salieron desde las cuentas oficiales de los aparatos del Estado? Seguro no lo hizo, obnubilado como está viéndose a sí mismo que se perdió esta perla:

 

Tweet chavista - Ricardo Sanchéz

Ricardo Sánchez se convierte así en el borrachito de la fiesta chavista al que azuzan los más vivos para que haga el ridículo, hablando mal de los demás y creyéndose que se la está comiendo, que es el alma de la fiesta, sin estar consciente de que las risas que se levantan a su lado son por él.

Anteriormente dije «creemos que cree» que así él hace otra oposición, que se convierte en la voz autocrítica de una generación. No hay razones que demuestren que ha sido comprado, como ya ni se molestan en ocultar otras antiguas figuras de la oposición que «volvieron a aceptar al único mesías que es Chávez por los siglos de los siglos» y que no vale la pena mencionar. Creo que el diputado suplente es honesto. Es honesto con su enorme ego que le pide a gritos recuperar la gloria perdida.

Lo triste es que estos comebacks suelen ser pasajeros, el preámbulo del ocaso definitivo. Y el diputado suplente ahora actúa en su último show. Cuando pasen las elecciones regionales, cualquiera que sea el resultado de éstas, las cámaras que ahora le enfocan, y que son en especial las del Gobierno, apuntarán hacia otros lados y Ricardo Sánchez, para su sorpresa, se encontrará solo en el escenario, sin nadie que atienda a su llanto.