9 pm, ambiente turbio por los humos de cigarrillos irrespetando la prohibición de fumar en espacios cerrados, unos cuantos parroquianos desperdigados entre mesas con manteles de plástico.

Mesa 1

Profesor universitario alto y macilento, de mediana edad y chaqueta roída por los codos, camiseta de Black Sabbath de origen chino, un gran bulto lleno de exámenes que no leerá sobre la mesa junto a Todos los fuegos de Cortázar con un agrietado boleto multiabono como marcalibro, le habla a una alumna de grandes gafas y falda corta de flores sobre Kusturica y Kubrick:

—Porque yo creo que La naranja mecánica es una gran metáfora sobre el Vacío de la sociedad capitalista que nos llena de la Nada.

Silencio.

La chica se lleva la mano a la boca, lo mira asombrada. Piden la cuenta.

Minutos después terminarán en la cama empolvada de un motelucho de El Rosal.

Mesa 2

Adulto, blazer azul marca Zara, franelilla de rayas y espesa barba salpicada de cerveza Zulia —que minutos antes los chinos reciclaron de otras botellas no terminadas de consumir—, gestos inconexos con lengua trabada, departe con su joven amante, chico delgadísimo y pelo corto y amarillo pollito, el hijo de un brutal militar chavista de alto rango, asistente de un viceministro de dudoso ministerio que amenaza con caerle a coñazos si hace publica sus mariconerías.

—Escúchame, chamito, necesito que te vengas conmigo. Yo te daré un papel en mi película. Sí, lo sé, sé que no me crees. Pero este año sí, chamito, mi proyecto ya está aprobado en el CNAC, de fuente fi-de-dig-na sé que ya espera la firma del Ministro, está en su escritorio, será un É-XI-TO, ya están haciendo el casting de los actores, Roque Valero será el protagonista, en la Villa del Cine ya están los españoles y argentinos que serán el cuerpo técnico; solo necesito que te vengas, chamito, necesito que seas mi inspiración, este proyecto luego de 20 años verá luz, una película sobre un profesor caraqueño que escapa de la Urbe para irse a vivir una temporada en Mérida y se hace amigo de una niñita del páramo para descubrir el sentido de la vida, chamito, una joya, una joya. ¡Seré un gran ci-ne-as-ta y tú, mi actor favorito!

El cineasta escurre la mano bajo la mesa, la tosca mano de su trabajo como taxista las 24 horas llega hasta la entrepierna de su joven amante, que tiembla, y finalmente hace contacto con el pene: erección incipiente producto del tratamiento hormonal que el joven ha iniciado con pastillas traídas de contrabando por un cadete de la Guardia Nacional a quien a cambio le ofrece sexo oral en los baños de la comandancia bajo la atenta mirada de un gran cuadro del comandante Chávez.

Mesa 3

Dos chicos muy parecidos entre sí: uno es moreno y con escasa barba, el otro es moreno y con escasa barba. Uno viste una camiseta de Eddie The Head con la bandera británica en el puño y el otro viste una camiseta de Eddie The Head con la bandera británica en el puño. Uno bebe Solera verde y el otro, Solera azul. De resto, no hay grandes diferencias.

—¡Hay que tumbarlo!

—Sí, sí, hay que tumbarlo a ese maldito escuálido.

—¿Cómo se atreve a rechazar mi manuscrito?

—Sí, sí, ¿cómo se atreve?

—Acá el arte debe ser revolucionario y obrerista, y por ende, las empresas de producción artística deben pasar a manos de la juventud revolucionaria y obrera.

—Sí, sí, arte revolucionario y obrero, para construir la Patria bonita, la América unida, sin distinción ni fronteras entre todos los hermanos latinoamericanos y una sola nacionalidad: indoamericana.

—En efecto, camarada, arte revolucionario y obrero, para luchar contra el capitalismo depredador.

—Sí, sí, capitalismo depredador. Pero dígame, camarada, qué le dijo ese apátrida editor de acento extranjero, ja, ¡se vienen a nuestra Patria bonita a explotar a los venezolanos! ¡Cárcel y deportación le debería salir! Deberían cerrarles las fronteras a esos bichos.

—Pues nada, me dijo que termine la obra y que así la analizará…

—…¿qué la termine?

—Sí, camarada; pues claro, como él tiene su empresa y debe ser millonario, cree que nosotros la juventud revolucionaria y obrera tenemos tiempo de sobra para terminar una novela, como decía Gorki: «El arte completo es una aspiración burguesa».

—Caramba, ¿y dónde leíste eso?

—No sé, creo que fue él. Pero no hablemos de Gorki, que aún no me lo leo completo, camarada. Imagínese eso: terminar algo cuando acá uno debe trabajar muchísimo para poder comprar algunas pocas cosas.

—¿Ya tienes chamba?

—No. Mi mamá sigue buscando. Mi pensión en la universidad ya no alcanza.

—Pensé que habías terminado la carrera…

—Para nada, camarada, imagínese que me quiten la pensión.

—Sí, sí, no me lo imagino. ¿Y quién paga la cuenta de esta noche?

—No lo sé, no deberían cobrarnos nada.

—¿Cómo?

—Son chinos, amigos chinos, y deberían ser solidarios con la juventud revolucionaria y obrera y no cobrarnos nada.

—Sí, sí, no cobrarnos nada, y entender que la América unida necesita de buenos trabajadores extranjeros.

—Pero no editores.

—Sí, sí. Para nada editores extranjeros.

—¡Brindemos, camarada, por la revolución proletaria, por la revolución china, por la juventud revolucionaria y obrera!

Minutos después terminan coñaceados por dos chinos en la parte de atrás del bar.