Advertencia sobre tema polémico: esta es una entrada que constituye una opinión del autor, y como tal puede prestarse a controversia u ofender a toda persona que discrepe de las posiciones y visiones del autor.

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Palafitos

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Desde hace días pienso en la etimología de Venezuela y en la implicación que pudiera tener el sufijo –zuela en nosotros. Ese sufijo despectivo dio la casualidad de formar parte de nosotros, ese sufijo de desprecio, ofensa y denigración que, sin quererlo y acaso sin notarlo, nos ha conducido a ser un país de seres sufridos, las pobres víctimas del Destino y sus circunstancias, los maltratados que buscamos en el placer inmediato el alivio a nuestra mala suerte. Basta con examinar a los extremos sociales para comprobarlo: miremos a las clases menos privilegiadas, que transforman mágicamente su mísero sueldo en artefactos o prendas costosas, y mientras exhiben este lujo extravagante sostienen con la otra mano el techo que se les hunde, y al menor cuestionamiento sobre su prodigalidad levantan el quejido de «merecemos algo mejor». Por otra parte, miremos a las clases más privilegiadas, que se empeñan fervorosamente en aparentar un exquisito nacionalismo y que al primer momento que tienen la oportunidad se largan del país para vivir en Miami, Nueva York o Madrid la buena vida que aquí les impide unas circunstancias que los encapsula en su pequeño y lujoso mundo aparte (donde viven, de hecho, su fantasía de creerse en Miami, Nueva York o Madrid), pero eso sí…, nunca dejarán atrás el corazón vinotinto y la gastronomía y las buenas mujeres y los peloteros que tenemos y que son, en el extranjero, nuestra mejor carta de presentación como venezolanos.*

Este es un país donde el dinero quema las manos, el pretexto de la insaciable devaluación que convierte nuestro fajuelos de billetes en billetezuelos pudiera resultar apetecible, pero a mí no me convence. Llevamos en el alma ese desgraciado sufijo contra el que luchamos para tratar de «aparentar» lo mejor. Pero es una lucha mal llevada, encaminada por la frivolidad.

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El nombre de Venezuela cuenta con teorías que riñen a los opuestos políticos tradicionales, pero es una riña entre dos púgiles impulsados por la misma bandera: por un lado, la izquierda desmiente la teoría tradicional según la cual etimológicamente Venezuela deriva del avistamiento de los palafitos por parte de Américo Vespuccio y que le recordó a Venecia, y por ello dio el nombre a estas tierras como «Venezuela», es decir, Venecia pequeña, algo como Venecia pero que jamás alcanzaría su nivel, una poca cosa, una cosa casi caricaturesca (es así como nacemos como nación, según esta teoría, con la marca de la insignificancia).

Esta teoría tradicional, según la izquierda, es consecuencia de la perversa dominación de la oligarquía criolla y su consecuente repetición goebbeliana. De allí parte la otra teoría sobre el origen de nuestro nombre, también proveniente de la izquierda (oh pobre derecha, siempre muda, nunca se defiende): Venezuela se dio a conocer como Venezuela gracias a la boca del despreciable y genocida hombre blanco conquistador que oyó del salvaje llamar a estas tierras con el nombre de Veneçiuela. Es así que esta teoría busca librarnos de la pequeñez del sufijo –zuela, aunque tuviera que recurrir —con sarcasmo intrínseco— a la percepción que diera el hombre blanco conquistador al indígena, el mismo que busca redimir esta teoría etnonacionalista.

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Reivindicación histórica-nacionalista o no, nuestro sello de identidad tiene por un lado la pequeñez y por el otro la percepción del odiado enemigo sobre el derrotado, por más que intentemos zafarnos llevamos a cuestas la tormentosa carga del –zuela. Somos mujer, pero mujer herida, asimismo somos hombre agresor. No es gratuita nuestra afición por las telenovelas: son clásicos audiovisuales los personajes de la mujer sufrida (digamos, en este caso, Venezuela, en su teoría de pequeña Venecia) que se revela contra su Destino opresor gracias al galán que la dignifica (digamos, Veneçiuela). De hecho, nuestra obra cumbre literaria, Doña Bárbara, representa sintéticamente esta divergencia existencial entre la humillación y la dignificación. Tampoco es gratuito de que siendo unos de los países más violentos del mundo (no esperará el amigo lector que una sociedad marcada por el sufijo –zuela albergue los más saludables sentimientos), los certámenes de belleza, con todo su esplendor y glamour artificial, sean motivos de embelesamiento porque nos alegan de nuestra mustia realidad.

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* Si detenemos a cinco venezolanos comunes en la calle y le preguntamos quién le causa más orgullo como venezolano, si un Andrés Galárraga o un Humberto Fernández-Morán, ¿cuál cree que será la respuesta?

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