Idilio

Hace tiempo en este pueblo las cosas iban bien. Pero, quizá por culpa de nuestra propia pasividad, no tomamos previsiones en contener el lago y las lluvias desbordaron los diques y gran parte del pueblo quedó bajo las aguas. Muchas cosechas se perdieron y empezamos a vivir en la penuria. Todo era cada vez más difícil y nuestro comercio se vio afectado.

Entonces tuvimos que mudarnos a las colinas y empezar a vivir en una situación desconocida. De la bonanza pasamos a la carencia. Yo, que no tenía familia y era anciano, construí una cabaña con escasos recursos. Frente a mí se instalaron dos parejas jóvenes sin hijos.

Ambas parejas eran muy activas y se dedicaron a construir sus casas. El trabajo en equipo les ayudó a levantar rápido sus casas. Faltaban algunos retoques, faltaba pintar las fachadas. Pero una vez que ya tenían techo, aunque aún con carencias, se dedicaron a buscar trabajo.

La primera pareja llegó a un acuerdo: ambos buscarían trabajo en el pueblo, ambos contribuirían en aportes comunes que sirvieran para mejorar la casa.

La segunda pareja llegó a otro acuerdo: sólo uno de ellos buscaría trabajo en el pueblo, el hombre, mientras ella se encargaría de mantener la casa, de adornarla y embellecerla.

El tiempo de un anciano se va mirando con nostalgia otros tiempos y otras personas. Sentado a la ventana de mi precaria casa, me dedicaba a ver cómo la chica de la segunda pareja pintaba con gusto la fachada de su casa. Tenía talento artístico que plasmó en una bella decoración floral. Se notaba que le gustaba embellecer la casa. Cada noche recibía con un beso a su marido cuando regresaba del trabajo. Él, cansado, le correspondía con mucho amor y le decía: «No hace falta que trabajes en el pueblo, mientras yo me encargue de traer el sustento a casa; no quiero que salgas a agotarte». Ella se sentía feliz.

La primera pareja, en cambio, regresaba muy tarde. Ambos se veían cansados, se quejaban de sus trabajos y percibí cómo el agotamiento empezaba a mellar la relación.

El tiempo pasó en este pueblo y la chica de la segunda pareja, un día, dejó de pintar la fachada de su casa. No es que hubiera terminado de pintar, simplemente, se había vuelto perezosa. Se la pasaba todo el día sentada en el jardín de su enorme casa, conversando con amigas. Su talento artístico se había apagado al tiempo que su marido le traía más, y más. Se sentía dichosa de tener un marido como él, que hacía todo por ella mientras ella se dedicada a mirar la vida como yo lo hago, como lo hace un anciano.

Algo inesperado pasó: una mañana su marido, cansado, se retiró de casa y no volvió más. Ella quedó aturdida y preguntaba a los vecinos si sabían algo de él. La comida empezó a escasear en su casa y desesperada trató de pintar las fachadas de las casas vecinas para ganarse la vida. Los vecinos accedieron, pero al ver los resultados penosos de su pintura, desistieron de sus servicios. La chica, antes feliz con un marido que hacía todo por ella, había perdido su talento y ya no sabía nada más. Se sentó llorosa a mirar a sus vecinos, la primera pareja.

La primera pareja, en todo ese tiempo, había sufrido un notable cambio. Del cansancio por las largas horas de trabajo habían pasado a llevar una vida más holgada y cómoda. El trabajo en común de ambos había contribuido en levantar otro piso en la casa y a sembrar el mejor jardín del pueblo. Vivían felices porque el trabajo de ambos retribuyó en una vida en común valiosa.

Un día, la joven abandonada se acercó a mí preguntándome si quería que arreglara mi casa. La miré con compasión y accedí. Mientras pintaba, ella me preguntó, como anciano, que qué había pasado para que ella cayera en semejante desgracia. Le dije:

—Al principio puede parecer afortunada quien recibe de otro y hace poco por sí misma. Esto siempre lleva al aletargamiento y siempre prospera aquel que se preocupa de sí. Pero en ocasiones esto es insuficiente, sobre todo cuando se vive en un pueblo con tantas dificultades como el nuestro; en ocasiones, sólo el trabajo en equipo es lo que lleva a prosperar. No hay mayor gusto que aquel obtenido desde cero con el esfuerzo propio o el esfuerzo compartido.

La chica me miró, con algo de pena. No la estoy ayudando: simplemente, estamos trabajando en beneficio compartido.

_____________________