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Christopher Titus es un maestro del tuning y comediante californiano protagonista del vitriólico y autobiográfico sitcom homónimo Titus (cancelado en 2002). Hijo de divorciados, Titus mostraba en la serie a su padre como un alcohólico e incorregible mujeriego y a su madre como una esquizofrénica e irresponsable ama de casa que dio a parar en un asilo mental.

En uno de los monólogos más ingeniosos que vi en su programa, Titus comentaba que más del 60% de la población estadounidense actual ha crecido en un hogar disfuncional, por lo cual la imagen de la familia feliz y sonrosada que se reúne entorno a una mesa con un enorme pavo para la cena de Navidad es… ¡anormal! (expandir para ver nueva familia disfuncional).

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Hace poco recibí la llamada de M.

Así como yo, M. pertenece a esa primera camada de los divorcios/separaciones masivos de finales de los ochenta y principios de los noventa. Así como yo, tiene unas creencias anticonvencionales con las que analiza el mundo de manera distinta (o perversa, diría la gente) a cómo lo hacen quienes aún giran entorno a una mesa y se divierten con la rutina. Dentro de nuestra «normalidad», hay determinadas fechas que no van con nosotros. Dentro de nuestro modo de analizar la vida, la Navidad constituye la mejor muestra de anormalidad.

La felicidad preempaquetada, las sonrisas forzadas y las felicitaciones por un año entrante que juramos sin argumentos que «nos irá mejor» son etiquetas que en nuestro empaque vital no se adhieren. «Es más de lo mismo: tan sólo cambiamos un mes por otro y todo sigue igual», agregó M. Consumismo desbordado en tintes rojos con figuras adiposas de un San Nicolás propio de un invierno nevado y distante. Renos made in China. Pinos de plástico. Odiosos platos típicos de Navidad, odiosos villancicos. Necesidad de aparentar felicidad ante cualquiera así el mundo se esté desmoronando bajo nuestros pies y la inflación venga a reclamar el próximo año lo que gastamos hoy. Ingredientes de un convencionalismo más añejo que una botella del terriblemente malo Ponche Crema.

Este paroxismo de alegría impuesta no va con quienes razonablemente no compartimos (ni queremos compartir) tales convencionalismos. Quizá sea un poco de escepticismo que llega después de los veinte, pero mirando en retrospectiva notamos que en aquellos años en los que «disfrutábamos» la venida del falso niño Jesús éramos parte de una muy elaborada representación en la que incluso nuestros padres venían con felicidad preempaquetada (lo que llamo emoción plug-in). Con los años, hemos aprendido a reconocer las obras simuladas y el encanto navideño ya se agotó.

No es necesario que llegue el mes de diciembre para sentirse satisfecho ni como excusa para saludar a alguien que realmente se aprecie (particularmente, todo el año una llamada, un mensaje de texto que envíe o reciba, una invitación a salir es bien valorado). No vengan con que en diciembre uno es (o debe ser) más feliz… Quizá el frío tense la boca y eso parezca una sonrisa, pero no lo es. Seguramente esa noche, como M., salga como todos las noches a caminar un rato y mire patinatas y encuentre reuniones.

Así como Christopher Titus, estaré viendo la mejor representación de lo no-normal.