¿De qué hablamos cuando hablamos de intervención militar extranjera?

Dado que el chavismo cerró las vías legales para generar un cambio ordenado y desarticuló a los grupos internos de oposición, la intervención militar extranjera ha dejado de ser una opción descabellada (sostenida inicialmente por el propio chavismo, como forma de generar cohesión interna ante el enemigo externo) para plantarse en la mente de muchos como la única opción para concluir la tragedia que atraviesa Venezuela. Se habla de que la intervención no solo es inevitable, sino inminente.

Pero más que preguntar si la habrá o no, habría que responder primero una cuestión fundamental: ¿De qué hablamos cuando hablamos de intervención militar extranjera?

¿Sería solo una a) intervención armada puntual (con bombardeos a infraestructuras militares del chavismo; posterior apoyo material a una insurrección armada nacional que ocupe el poder; captura de la cúpula chavista y salida del país sin mayor implicación en el terreno como con Noriega) o sería una operación de más largo aliento como una b) ocupación militar (despliegue de tropas, captura de los líderes chavistas y posterior toma del poder por un mando militar extranjero que administre el país por varios años, de manera directa o indirecta)?

De la respuesta a esta pregunta surge otra: ¿Qué países u organismos tendrían la capacidad e interés de participar en una inminente intervención armada sobre Venezuela?

Muchos partidarios de la intervención militar inminente alegan —sin dar detalles— que la intervención sería rápida, precisa y quirúrgica, con bombas inteligentes que lloverán sobre Miraflores con fuego y furia, y será encabezada por una «coalición de países». Dicen que lógicamente se prepara de manera secreta para aprovechar el factor sorpresa, y por eso no responden a cuestiones como cuándo, quién y cómo. Pero esta argumentación favorable al sigilo luce más a especulación y, sobre todo, a fe, mucha fe, si se considera que implicaría la intervención militar más grande, costosa e importante en el hemisferio occidental en décadas (incursionar en un país de 30 millones de habitantes para desalojar un régimen totalitario) y que produciría cambios tan radicales en la región con efectos a muy largo plazo.

Entonces, ¿hablamos de intervención puntual o una más compleja?

Los ataques puntuales han demostrado ser inútiles si no van acompañados de otras acciones y terminan siendo contraproducentes. Clinton bombardeó Sudán en 1998 y esto terminó en un soporte ideológico del terrorismo a mediano plazo; un caso reciente lo tenemos con los bombardeos de Estados Unidos sobre Siria en abril de 2018. Trump alardeaba de haber cumplido la misión, pero más de un año después el régimen sanguinario de Bashar al-Ásad no solo sigue en el poder, sino que técnicamente ha ganado la guerra.

Un ataque puntual que acabe con la actual cúpula chavista no implicaría el final del chavismo. Todo lo contrario, abriría la puerta a la disputa por el control del poder entre otros grupos chavistas menores conscientes de que perderlo conllevaría a que terminen en la cárcel si un grupo externo al chavismo toma el poder. El escenario sería el de sumergir en más caos a un país ya caótico.

De allí que cuando la gente habla de intervención militar extranjera lo que realmente está pidiendo es una ocupación militar extranjera sobre Venezuela. Muchos lo piden pensando que es un escenario fácil, rápido, preciso, quirúrgico, cuando es todo lo contrario: un proceso lento, costoso, impreciso y sobre todo a largo plazo.


¿Es factible una ocupación militar?

Se subestima el poder real de las fuerzas armadas chavistas y la disposición de los paramilitares de entregarse a la guerra de guerrillas. Una ocupación no solo es costosa en términos económicos, sino sobre todo en vidas humanas tanto para el ocupante como para el ocupado. ¿Hay países dispuestos a invertir cifras millonarias para rescatar la democracia de un país que no es una amenaza directa para ellos o estar dispuestos a enviar tropas a morir en otro país?

La última gran intervención armada ocurrió en Iraq y duró de 2003 a 2011. Durante ese tiempo lo que parecía en principio una operación rápida terminó convertida a largo plazo en un desastre militar y político para Estados Unidos (casi 5 mil soldados muertos), país que terminó retirándose apresuradamente de un Iraq todavía no pacificado y cuya inestabilidad dio lugar a la barbarie de Estado Islámico.

Claramente, el escenario venezolano sería diferente en cuanto no entra el elemento religioso fanático, pero habiendo destruido el chavismo la propia infraestructura venezolana, la capacidad industrial, la industria petrolera y minera, entregado esta a potencias extranjeras con las cuales se tendría que lidiar (aunque haya gente que diga con frivolidad que estos acuerdos se desconocerían), acabado con todo cuerpo normativo, con una clase política local desprestigiada cuando no repudiada, una hipotética ocupación militar necesariamente exigiría la imposición de un gobierno de ocupación que administre un país por un largo tiempo, con costos de reconstrucción que se vislumbran altísimos y con la difícil tarea de mantener en paz a una población de 30 millones de habitantes, la gran mayoría de la cual actualmente depende de subsidios estatales.

Nuevamente, ¿quién estaría dispuesto a asumir estos costos y las consecuencias?

Como no tenemos elementos concretos para decir cuándo ocurriría la intervención y quién la llevaría a cabo, si es que acaso ocurre, toca hacer un ejercicio de descarte de quiénes podrían participar.


¿Qué países podrían participar en una intervención militar?

Nota: escribí esta sección horas antes del comunicado del Grupo de Lima. El comunicado confirma el descarte de opciones que ya había tachado en la siguiente lista

Las intervenciones militares requieren que países envíen a sus militares al terreno, de manera unilateral o multilateral (atendiendo el llamado de organismos internacionales con capacidad de formar coaliciones militares).

Entonces la lista de posibles países y coaliciones que podrían intervenir militarmente en Venezuela sería:

  1. ONU: de entrada, una coalición multinacional autorizada por la ONU quedaría descartada por el veto en el Consejo de Seguridad de potencias como China y Rusia. Tampoco es la opción preferida de los partidarios de la inminente opción militar.
  2. OTAN: por razones geopolíticas, una intervención de la Alianza del Atlántico Norte enfrentaría la oposición de varios países miembros, entre ellos un aliado profundo de Venezuela: Turquía, y países como Francia con un ambivalente Macron que busca su propio liderazgo mundial y no estaría dispuesto a difuminarse en un operativo claramente dominado por Estados Unidos. Eso, sin contar que el organismo atraviesa una serie de conflictos internos. Por último, resalta un elemento obvio: ¿por qué la OTAN intervendría en Venezuela, un país lejano de Sudamérica, cuando no lo hizo en Siria, país que arrojó a miles de desplazados dentro de las fronteras de sus miembros?
  3. Países de Latinoamérica: acá habría que detallar la lista de países entre países vecinos y cercanos:
    • Brasil: va a elecciones en octubre. Bolsorano, un candidato políticamente cercano a Trump, encabeza las encuestas aunque en segunda vuelta los números no le dan, se los dan a candidatos de centro y centroizquierda. Aun si ganara Bolsorano, Brasil se enfrenta a una economía muy debilitada. Teniendo el mayor ejército de la región, el candidato que llegue a la presidencia tendría que convencer a la población brasileña (principalmente radicada en el sur del país, alejada de Venezuela y por lo tanto de espaldas a la crisis migratoria que viven otros países) de que hay que gastar ingentes recursos en invadir al país del norte. Descartaría a Brasil como miembro activo de una fuerza multinacional. Acaso prestaría bases de la frontera para la movilidad de tropas (aunque la frontera con Venezuela sería terrible para un despliegue militar).
    • Colombia: Duque ha sido ambiguo. En unas ocasiones ha dado muestras de ser favorable a una intervención y en otras no. Cuenta con un Congreso donde las fuerzas de centro, centroizquierda e izquierda se opondrían a abrir un frente armado con el país vecino («saliendo» recién de su propia guerra interna). Está el hecho de que sería el primer país en soportar el inevitable desplazamiento de la población venezolana, que con total seguridad excedería el éxodo actual. Colombia pudiera ser un actor pasivo en un hipotético conflicto: ser base de operaciones de una fuerza extrajera a cambio de recibir una cuantiosa ayuda para afrontar la crisis humanitaria que significaría tener al lado un país en guerra. Con un presidente centrado en relanzar la economía colombiana, Duque está en la difícil posición de apoyar una guerra donde sería (después de Venezuela) el segundo país más afectado.
    • Ecuador: cuenta con un ejército pequeño y un presidente que ha hablado de llamar a elecciones «supervisadas» por la comunidad internacional, por lo que debería ser el menos propenso a apoyar una intervención. De hecho, sin duda sería el que encabezaría la oposición a un conflicto armado.
    • Perú: junto a Colombia, es el otro país que más está afrontando el éxodo venezolano. Perú cuenta con unas significativas fuerzas armadas labradas en combate: enfrentó una guerra de guerrillas en los años 1980-1990 y que logró neutralizar con las armas y con cuerpos de inteligencia. Esta experiencia podría ser vital para una intervención en otro país. Hay en Perú, quizá más que en Colombia, un profundo desprecio hacia el chavismo (que ven próximo a los grupos terroristas que asolaron este país) y en el caso eventual de una intervención armada sería el país en el que habría más apoyo tanto político como popular. Otra cosa es la participación. Perú destituyó este año al presidente que encabezó el antichavismo regional. El actual presidente tiene un piso político débil y ya hablan de destituirlo. El país vive una crisis política y judicial, por lo que Perú difícilmente se embarcaría en un conflicto bélico con un país con el que no hace frontera, menos aún para restaurar una democracia cuando en Perú se cuestiona el funcionamiento de su propia democracia. En todo caso, el apoyo de Perú sería más político que militar o logístico. Difícilmente enviaría tropas.
    • Argentina: es un país que se bajaría de cualquier participación activa por una simple razón: atraviesa una durísima crisis política y económica. Su PIB caerá este año y en las elecciones del próximo año es muy probable que Macri, al que muchos vimos como el principal líder del naciente antipopulismo, pierda la reelección (si se lanza). Incluso pudiera volver la izquierda. Por sus propios problemas internos, Argentina preferiría ver de lejos el conflicto en Venezuela, más allá de declaraciones políticas.
    • México: la otra potencia regional. Estrena presidente de izquierda, centrado en su propia guerra interna (narcotráfico) y en tratar de salvar la economía mexicana del efecto Trump. México cuenta con una de las diplomacias más desarrolladas de la región, que sin duda pondría en servicio de lograr una «solución diplomática» en caso de que este un conflicto bélico.

Descartados todos los anteriores por un motivo u otro, en la lista queda el país al que todos apuntan como cabeza de esa hipotética «coalición de países» que no sería tal, sino llevada a cabo de manera unilateral: Estados Unidos.

4. Estados Unidos: por su capacidad militar, política, económica, Estados Unidos cuenta con el poder para derrocar gobiernos de la región sin apenas despeinarse. Pero ya se sabe que una cosa es un ataque puntual y otra es entrar en el terreno. Trump se enfrenta a elecciones de medio término en noviembre y las encuestas señalan un avance importante de los demócratas, los menos partidarios de un conflicto con Venezuela. Una intervención por parte de Estados Unidos debería darse antes de estas elecciones. Después, vuelve la realidad interna con una presidencia envuelta en sus propios problemas. Ciertamente, Trump es un presidente impredecible, pero por su formación empresarial siempre tiende a poner primero su pragmatismo. Cuando parecía inminente la guerra con Corea del Norte (un país con capacidad nuclear y que sí es una amenaza global), privó la fuerza discursiva y Trump terminó reuniéndose con el dictador coreano, sin soltar un solo misil, en una amena reunión.

Supongamos, en todo caso, que se da la ocupación. Se descabeza la cúpula chavista actual, ¿y ahora qué?


El día después de la ocupación

Asumido que cuando se habla de intervención en realidad se quiere decir ocupación, cabría preguntar: una vez derrocado el chavismo, ¿quién ejercería el poder en Venezuela? Hay dos cuerpos jurídicos que pudieran reclamar el poder: la Asamblea Nacional y el TSJ que ahora opera en el exilio. El problema está en que ambos órganos se encuentran enfrentados y además han dado muestras de debilidad en situaciones límite, así que en un país sumido en el caos postbélico estas diferencias y esta falta de autoridad sumarían un problema más. Que el poder lo encabece un político venezolano luce cuesta arriba considerando que la lista de figuras políticas es tan limitada y con tanto desprestigio de cada sector que hoy en día divide a la oposición, que Estados Unidos vería más práctico asumir por su propia cuenta el poder político del país. Así no cometería el desastre de dejar solo al país. Este escenario implicaría que Venezuela pierda su soberanía (término que el chavismo se ha encargado de desprestigiar o de «izquierdizar», pero que significa que cada país se gobierne a sí mismo, y es lo que pasaría).

Experiencias sobran en el pasado de autoridades estadounidenses ocupando el poder de otro país. El primer reto de la ocupación sería: ¿Con qué fuerzas armadas y policiales contaría ese hipotético nuevo gobierno? Considerando que Estados Unidos tendría que iniciar un proceso de desmantelamiento del chavismo (tal como ocurrió con Alemania durante la desnazificación), Venezuela se quedaría sin fuerzas armadas ni policiales profesionales para pacificar el país (destaco este último punto: profesionales, ya que las actuales fuerzas armadas y policiales son parte del problema pero ejercen un sometimiento real sobre la población, lo que se traduce en una «estabilidad por medio del terror»).

Tampoco tendría tribunales (más allá del TSJ que ahora opera en el exilio, el tejido jurídico de un país lo componen cientos de tribunales ahora tomados por el chavismo). La Constitución se tendría que abolir o al menos suspender y crear nuevas leyes (la actual Constitución no prevé la ocupación, por ende, no tendría sentido su aplicación y si esta no tiene aplicación, tampoco tendría sentido respetar a la Asamblea Nacional que nació de esa Constitución). Todo lo anterior forzaría a Estados Unidos a tener que asumir una ocupación larga y costosa para sus intereses. Esto, sin contar que tendría que afrontar presiones externas (como China, reclamando que asuma los compromisos del chavismo; o de los países vecinos, que verían resurgir el sentimiento antiestadounidense en su población, lo cual los desestabilizaría) e internas (no solo la resistencia de los sectores más fanatizados del chavismo, sino aquellos de la oposición en los que siempre ha existido nacionalismo).

En el mejor de los casos, varios años de ocupación y pacificación del país llevarían a unas elecciones democráticas que devuelvan la soberanía al país. Así que la intervención militar, nuevamente, no es un proceso corto ni sencillo que vería el regreso inmediato de los que se han ido a un país para disfrutar de una reconstrucción rápida y fulgurante. Todo lo contrario, tomaría décadas reconstruir la capacidad industrial de Venezuela, recuperar el tejido social destruido, ordenar jurídicamente un país tomado por el despotismo, esto, considerando que el país tendría que pedir financiamiento externo para levantarse, en unas condiciones tan calamitosas que cabría preguntar ¿quién presta dinero a un país así y a cambio de qué? Ocurrió en la Europa de la Segunda Guerra Mundial para evitar el avance del comunismo, pero la Guerra Fría acabó y ahora cada país anda en lo suyo, en una era donde el proteccionismo, el cierre de fronteras y el desprecio por la colaboración internacional dominan las agendas internacionales.


Conclusión

Con todo lo anterior, la posibilidad de una intervención militar en Venezuela luce más llena de desventajas que ventajas para los países interesados en salir del chavismo. Los costos humanos, políticos y económicos son altos, y la opción militar pudiera no resolver el problema que actualmente genera Venezuela. De hecho, pudiera crear nuevos problemas en forma de desplazamientos de la población, deterioro mucho más grave de la economía Venezuela, destrucción de la industria ya de por sí debilitada, fortalecimiento de movimientos izquierdistas en otros países de la región.

Mirando con detenimiento todo esto, no me extraña que los países de la región hayan apostado tanto (y sigan haciéndolo) por las vías diplomáticas, que lentas y trágicas (cada día que el chavismo permanece en el poder cuesta vidas humanas), son la única vía que les garantiza a ellos (y no a los venezolanos) no verse desestabilizadas por el problema de Venezuela. En el peor de los casos, la situación pudiera no cambiar y los países vecinos se verían obligados a tomar medidas similares a la que tomaron países europeos de cierre de fronteras a los desplazados o de imposición de fuertes medidas migratorias, dejando a Venezuela como el país enfermo de Sudamérica.

El panorama es trágico y quienes creíamos que el chavismo debió haber salido hace mucho tiempo atrás vemos con horror que el avance del totalitarismo chavista está llegando a un punto de estabilidad preocupante.

Cuando en líneas de atrás comenté de que se habla de la intervención con fe, me refería a que es eso: una opción que no está en nuestras manos, que surge de la frustración de ver cerradas las vías pacíficas y ordenadas, que debería caer del cielo para rescatarnos, que depende de la benevolencia de otros países y que tendría que ser completa para que no termine en un desastre peor.

Y la fe no es algo que sirva en política.