Uno de los problemas que enfrentamos en países como Venezuela es la distorsión de precios. Un galón de gasolina vale mucho menos que una botella de agua. La canasta básica de una familia promedio está por debajo del salario mínimo. Un carro usado se vende mucho más caro de lo que se compra. De la misma manera, hay personas que consideran que el trabajo de unos vale más que el de otros. Y de la misma manera, hay profesionales que prestan sus profesiones al deterioro. Como el siguiente caso: me contacta una persona que quiere saber cuánto le cobraría por un contrato de compraventa de un YYY, y le respondo que el precio en el mercado es XXXX. Ante su sorpresa, me pide que le haga una rebaja porque el «documento está redactado» y sólo necesita mi firma (como si durante cinco o cuatro años de una carrera profesional o técnica te enseñaran a hacer firmas bonitas); además, dudo que él haya despreciado el trabajo del mecánico pidiéndole una rebaja sustancial. Y cuando le pregunto que cuánto vale para él mi firma, me responde: XX, es decir, un precio alrededor de lo que vale una Big Mac. Antes de colgarle le dije que se buscara un muerto de hambre que trabaja por ese precio. Lo lamentable es que seguro conseguirá a más de uno que desmerite la profesión que juró ejercer con lealtad. Y el daño no sólo se lo hace a la carrera: se la hace todos los que se dedican a ella.