El funeral

Una vez que has entregado el alma,

lo demás sigue con absoluta certeza,

incluso en pleno caos.

Trópico de Capricornio

Henry Miller

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1

Me han invitado a un funeral.

Nunca he ido a uno, tampoco a un entierro. Si en condiciones normales me cuesta decir lugares comunes para sostener una conversación aburrida o suelo decir cosas que luego descubro como imprudentes, pues ¡imaginen en un funeral-entierro! «Hola, señor/a padre/madre, ¿cómo estás? Mi más sentido pésame… Vaya, ¡y pensar que hace unos meses andaba con tu hijo/a!».

Por un tiempo viví frente a una funeraria y certifico que es un proceso grotesco. Nunca me han gustado. Llanto, reencuentros forzados, disputas y reproches por negligencia entre familiares, pasapalos mortuorios. Si un estudiante de sociología de esos que malviven con diez bolívares para toda la semana quisiera hacer una tesis interesante sobre la conducta humana, le recomiendo que pase por un funeral. Los funerales de los malandros son los mejores: adquieren tintes de procesión sevillana con una cofradía peligrosa desplazándose en motos y música para recordar que mantenerse vivo en la peligrosidad del hampa es una suerte que bien vale festejar.

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2

En este caso, yo ni siquiera conocía en persona al fallecido.

Era pariente político de la persona que me ha invitado y que, como yo, odia los funerales; aunque no me lo ha dicho, no quiere pasar solo un momento tan desagradable. Ambos detestamos los procesos burocráticos, por lo que si fuese por nosotros dos, seríamos como los zoroástricos y arrojaríamos los cuerpos en las torres del silencio (y no las que quedan en El Silencio: esas ya están muy contaminadas). El protagonista del funeral en cuestión padeció lo que yo llamo la «maldición de los Ramones»: un grupo de personas relacionadas entre sí, aparentemente sanas, en edad productiva, que de pronto caen enfermas y mueren en un período corto de tiempo.

Su madre era presidenta de una asociación médica y fomentaba la vida saludable y la prevención de enfermedades; sin embargo, un día se desmayó, acudió al médico y al mes siguiente murió a consecuencia de un tumor en el cerebro del tamaño de una pelota de béisbol (lo irónico es que siempre se burlaba del béisbol, finalmente el béisbol cobró venganza). Un año después, su padre fue a pescar a una playa de Higuerote, algo le picó en el pie y desarrolló una infección que acabó primero con sus riñones y luego con él. Su tío trabajaba en PDVSA, perdió el empleo y con los ahorros de años se volvió catador de vinos aficionado, complicó su hepatitis y murió de cirrosis. El causante de esta invitación (u organizador pasivo de este funeral) era joven, practicaba deportes y tenía fama de mujeriego. Una noche regresó a su casa y tosió sangre. La neumonía no curada de una jornada irresponsable de fútbol bajo la lluvia se combinó con una infección y murió de septicemia.

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3

El funeral es el sábado en la capilla del Cementerio del Este.

Me han dicho que ese cementerio sería la primera opción para una persona con buen gusto. Pero como no es de buen gusto hablar sobre el destino de tu cuerpo ni de la muerte, dudo que encuentre señoronas con grandes gafas oscuras comentando la belleza de las lápidas puestas sobre un hermoso y sutil césped recién cortado. Mi amigo quiere que lo incineren. Claro, ninguno de los dos piensa con meticulosidad en esas cosas a nuestra edad, pero lo mejor es dejar testimonio de qué hacer con uno cuando uno no pueda elegir nada. Es mejor que, por apatía de los familiares, tu cuerpo abandonado termine en la mesa de disección de una universidad bajo el escalpelo de jóvenes que confundieron tu bazo con un riñón. Mi amigo —nunca original— quiere que arrojen sus cenizas desde El Ávila o que, en su defecto, las lancen a alguna cascada del gran cerro (no sé si con ello busca, como sugieren algunas teorías, la transmutación de los humanos hacia la naturaleza, en este caso, se convertiría en un sapo o, peor aun, en un zancudo).

Suena el teléfono y la voz que me contesta pregunta: «Por fin, ¿me acompañarás?» Pues la verdad se me antoja conocer un nuevo lugar de Caracas. Un lugar de césped muy hermoso. Es sábado, nunca me habían invitado a un funeral.

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