Caracas - Congestión, colas

La ciudad es un completo caos; el metro, para variar, había anunciado por sus altavoces que por problemas en tal sector el servicio presentaba un fuerte retraso; como ya viene siendo usual. Como también lo es la reacción de los usuarios: salvo algunas quejas, no pasa nada. Algunos salen, los más esperan adormecidos a que llegue el tren imaginario que los lleve a su no-destino; el tren de la dignidad, del coraje, de la protesta, hace tiempo que nos dejó atrás, y no volverá.

Yo sigo dando vueltas por las calles, un carajo con olor a alcohol se interpone en mi camino, me pide dinero para completar para la caña, intercambio palabras con él, en mi delirio busco pelea, nos amenazamos y no sé en qué momento cambia el lenguaje, de la hostilidad pasa a hablar de Dios, del respeto mutuo, de que solo me había pedido veinte bolos y que yo le había respondido mal; lo veo su vestimenta andrajosa conmueve. Nos dimos la mano y se marcha, otra vez, insultando, se gira y me apunta con la mano cual revólver. Dale, hazlo.

Todas las personas parecen tener un no-destino claro: los que esperan adormecidos, los chicos andrajosos pedigüeños, es como si la no-vida, la repetición, la rutina les hiciera carantoñas para que vuelvan con ellas, que las acaricien, que las mimen; ellas a cambio tienen para ofrecerles una existencia sin sobresaltos, sin peligros, sin mayor preocupación que volver, a cumplir con el ciclo, a vivir la no-vida.

Yo no tengo destino siquiera; hace rato que extravié la brújula, miro el caos como mar embravecido, me dejo arrastrar, miro desde lo que queda de una embarcación que solo existe en mi cabeza el naufragio, los restos flotando de lo que alguna vez tuvo forma, estiro la mano para asirme a las cosas pero la marea aleja todo, se pierden en el fondo, no hay redención, me hundo.

Por mi cabeza pasa la idea de llamarla; vive cerca, mejor estar con ella, pensé, que esperar, que vagar. La llamo, busco compromiso, busco fidelidad, busco lo que supongo toda pareja busca a cambio. Y en cambio recibo la voz indiferente del cansancio, del mejor mañana, del me siento mal hoy. Su voz se pierde en la mala señal, así como se pierde la imagen de ella, borrándose en el recuerdo de mejores días, en aquellas horas en las que los amantes encadenan promesas a un futuro que rara vez llega. Finalmente la llamada se pierde, un mensaje de error en la llamada aparece en la pantalla. Tal vez el error se dio antes de llamar.

Miro alrededor, las personas pugnan por subirse a autobuses atestados, peleas entre conductores que se vuelan los semáforos que se dejan en pocas palabras el honor, el respeto. La ciudad es así, no hay cabida para la palabra, no hay espacio para ningún tipo de paz.

Me siento a tomar un té frío en un sitio cercano; como la máquina estaba mala el té lo sirvieron caliente. No tuve problema con ello; a manera de disculpas ofrecieron un precio simbólico. Pienso en la palabra «simbólico»: en los últimos años las personas que pasan por aquí son así. Representaciones de algo, nada más. Incluso yo soy así, probablemente sea peor que eso, quizá sea el recuerdo efímero, la no-compañía de alguien. Ya no tengo ganas de pensar, la ciudad termina por asimilarme, por alumbrarme mi no-destino, por quitarme la palabra, por borrarme.

Y no me importa.