La California SUr

La imagen que ilustra esta entrada es vieja, quizá la he publicado antes por acá, pero en todo caso da cuenta de la vista que tengo desde mi casa. Y aunque es del ocaso, muy bien ilustra los comienzos y finales de día.

Tengo conflictos con el sueño: me cuesta dormir por las noches y suelo despertarme muy temprano y dar vueltas en la cama. Esta mañana, para variar esa rutina, salgo a caminar por las calles de esta urbanización encerrada. Confiamos en que las rejas que han levantado nos protegerán de lo que ocurre allá afuera; ahora, la bandada de aves que pasan cada mañana por acá con dirección a El Ávila nos deben ver en nuestra enorme jaula. Las humanizo: las veo riéndose con sorna de la manera como cuidamos nuestra libertad mientras ellas vuelan sin barreras. Tonterías.

Son las 5 am y a los lejos puedo oír las voces de unas personas que han alargado una fiesta de boda, los platos que empiezan a sonar para servir desayunos para madrugadores, puedo ver los gatos que pueblan esta zona andar a sus anchas, hasta que la presencia de una persona los alerta de peligros; extiendo la mano y les dejo comida a la que entran a comer apenas me distancio, y veo cómo se van amontonando varios gatos más, todos pendientes de mis movimientos, de mis pasos que voy alejando de ellos.

Vaya rutina esta, mucho mejor que mirar el techo, en realidad. Sigo el paso y pienso que si tuviese la oportunidad me iría a otra parte, de viaje, a un lugar fuera de Venezuela, no porque menosprecie los atractivos turísticos que sin duda los hay aquí; simplemente hacen falta nuevos aires, nuevos estilos arquitectónicos que apreciar, nuevas gentes por conocer.

Tenía planificado viajar para fin de año; una conjunción de elementos me dejaron anclado a Caracas, y los próximos días los mataré en trabajar, en ocupar mis pensamientos en «cosas útiles». Lo digo sin convicción, sabiendo que miraré con un poco de nostalgia cómo se marcha otro año que podría fácilmente doblar como una hoja de papel y romperla en varios pedazos, porque ahora que lo veo, este año fue así: hecho a los retazos, partes muy buenas y muy malas pero en pequeñas partes, no hubo un continuum, todo quedó a medias, interrumpido.

Qué coño, quisiera decir que el año próximo las cosas al menos serán rectas y continuas, pero a medida que avanzan los años sigue una ligera sensación de falta de algo, se sentirme incompleto, de buscar un significado de las cosas por el rumbo que no es, de levantar la risa con la misma rapidez con que la bajas.

Regreso a casa luego de esta breve caminata y me siento a redactar esta nota pensando en varias personas que ya no están. La fidelidad de los ausentes: están en mis pensamientos como nunca estuvieron en mi realidad. Adelanto un trago de la botella que quedó anoche y brindo por ellos. Por los momentos gratos, por los ingratos también. No tengo de qué quejarme. Fueron bienvenidos mientras estuvieron, y lo son aún cuando no están. De eso está formado el enorme cerro de retazos que uno lleva: de pequeñas porciones de emoción.