La habitación iluminada

Imagen tomada de Flickr

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¿Cuánto más tardará en apagarse la luz de una habitación a las dos de la mañana? Mientras leo una edición descabalada de Hambre de Knut Hamsun, lectura más distraída que despreocupada, imagino a su protagonista, un pobre escritor desamparado vagando por las frías calles empedradas de la antigua Cristianía, y me esfuerzo en acertar la cantidad de hombres y mujeres que en este momento duermen en el parque detrás de este edificio. La luz de luna cae en el parque y proyecta sombras humanas. Una mujer que baila, un hombre que levanta los brazos, alguien que grita.

La lectura se va perdiendo en el espeso insomnio. He perdido la cuenta de los días que llevo sin dormir y las figuras humanas se dilatan a lo largo de la calle y detrás de las cortinas en las habitaciones iluminadas. Lo que parece ser una silueta que cuelga y se bambolea con la brisa en la habitación iluminada podría ser una lámpara. ¿Cuántas historias de amor, odio, pasión y muerte se esconden del otro lado de las cortinas? El reloj golpea tres veces. Cada segundo distancia mi paciencia de la tranquilidad de mi habitación y la desesperación me impulsa a cruzar la calle.

Me niego a asomarme otra vez. Si estuviera aquí, a mi lado como cada noche olvidada a mi pesar, el ruido de la noche sería menos atroz. Las lecturas se precipitarían hacia finales esperados y aburridos. Los sonidos serían reconocibles en ese ambiente de cada noche en la que no ocurría nada. Antes de dormir. Pero ahora ya no distingo los sonidos reales de la noche. En cambio me arrimo contra la pared que vibra como gran tambor y entonces un grito. Grito.

El reloj suena otra vez. Me precipito hacia la calle. Hay calma pero la ventana sigue iluminada en lo alto del edificio. De pronto ocurre lo inesperado. La puerta del edificio se abre; tal vez la brisa terminó de abrirla a mis pies. Penetro la cálida oscuridad de un edificio del que sólo conozco la fachada. Cada paso que doy suena estrepitosamente. Subo la escalera y llego hasta el piso donde supongo está la habitación iluminada. Rodeo la perilla de la puerta mientras pienso si una vieja lámpara puede sonar como un grito y entonces me veo desproporcionado. La madrugada es engañosa como un sueño, pensé. El joven protagonista de Hambre abría los ojos y se hallaba, como engañado, en algún parque innominado. Tal vez cierre el libro esta madrugada y simule que duermo después de horas de fatiga. No me apresuro en abrir la puerta: sé, a mi pesar, que ese final esperado me acompañará en las siguientes noches porvenir.