Muñequita y tela 2 por annnnnnna

Tengo una historia real de amor y ruptura para contarte. Su origen aparece al final (en la segunda parte), pero creo que cambiando el orden de los hechos y colocando de primero la tercera parte notarás mejor lo significativo de las cosas que se ignoran o desdeñan a diario.

 


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En cualquier momento puede ocurrir algo que nos aleje definitivamente de otra persona: pueden mediar discusiones irremediables, pueden interponerse diferentes destinos, puede la intemperancia, la impulsividad o el orgullo mellar lo que antes era sólido. La brevedad de la vida impone finales abruptos e inesperados, pero todo aquello que constituyen los elementos del recuerdo (palabras, gestos, miradas, regalos), por más sencillos que estos sean, sirven para ver que en un momento quisimos mucho a alguien y que fuimos queridos.

Puede también pasar algo menos fatal, como simplemente dejar de despertar emociones en la otra persona. No es nada extraño, ocurre todos los días y seguirá ocurriendo hasta que entreguemos la vida. La persona que ahora sonríe a tu lado puede que ya no lo haga mañana, y el mundo no cambiará por esto.

En momentos posteriores a estos finales es fácil sentirse tentado por querer destruir todo lo que nos conecta hacia esa persona que va quedando atrás. De romper símbolos, de profanar el recuerdo común de aquellos buenos momentos, de insultar. Pero ¿tiene esto algún valor? Ninguno, porque nada de lo que se haga borrará lo vivido y, por el contrario, triunfarán el rencor y la amargura. En cambio, preservar esos elementos del recuerdo (así sea en un lugar apartado, reposando lejos de la actividad actual) servirá para tener presente que, por encima de todo lo malo que haya surgido después, durante un tiempo fuiste muy dichoso. La relación estará en suspensión o sencillamente habrá terminado, pero el momento de satisfacción que se vivió perdurará.

 

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No podía comprender su actitud: durante los días previos Javier me había aburrido contándome los detalles de su moribunda relación y en un principio yo le animaba a que siguiera con ella; pero luego mis ánimos empezaron a flaquear hasta convertirse en frases avinagradas que veladamente le sugerían que lo mejor era terminar una relación dañina para los dos… Por eso me sorprendió que Javier me llamara para pedirme que lo acompañara a comprar un regalo para el cumpleaños de su novia. «Le harán una fiesta en un bar de su tío esta misma noche», me dijo. «No puedo faltar».

En ningún momento le critiqué una decisión que traté de creer como un intento por mejorar las cosas y que, aun así, él se empeñó en decirme que no buscaba mejorar nada. La decisión que le soltaría esa misma noche ya la había tomado semanas atrás, pero la había postergado innecesariamente y así la búsqueda del regalo para ella era lo más triste que pudieras imaginar.

Compró una fea cartera genérica en Zara.

A la mañana siguiente, muy temprano, sonó mi teléfono: fue la llamada para confirmar lo que yo esperaba desde hacía semanas.

 

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Varios meses después de eso, yo estaba almorzando en un Subway cuando volví a ver la misma fea cartera genérica. La llevaba colgando del hombro una chica muy joven que pasó a mi lado. Andaba con su novio, y de todas las mesas vacías que había en el enorme lugar (yo era el único que comía allí a las 3 pm) se sentaron a comer junto a la mía.

La chica estaba cumpliendo 18 años y por eso su novio, como regalo, la invitó al cine a ver The Bucket ListConversaban sobre la película en un tono de voz como para que alguien ocupado no se percatara de qué hablaban, pero lo suficientemente alto como para que alguien mortalmente aburrido (yo) los escuchara atentamente. Es una película que nos cuenta la historia de dos ancianos (interpretados por Jack Nicholson y Morgan Freeman) que están a punto de morir y deciden vivir sus últimos días en el desenfreno y hacer las cosas que siempre quisieron hacer y no habían tenido el valor de hacerlas…, por lo que escuché. La crítica de la película es lo de menos: lo que me interesó fue una frase inesperada que la chica soltó a su novio:

—Pensé mucho en ti en la parte final de la película.

—¿Por qué?

—Porque me imaginé a nosotros mismos a esa edad, y me dolió pensar qué haría si te pierdo…

Detrás de una frase inesperada se escondía, tímidamente, el más bello y sincero interés que podía expresar alguien hacia otra persona, la frase era tan hermosa y golpeaba muy fuerte en el ánimo…

El chico enmudeció, la miró ingenuamente a los ojos y dijo:

—Recuerda que hoy te llevé a ver una película que te hizo proyectar nuestra relación a ese futuro muy lejano, y que fue el día más feliz de mi vida…

Al cabo de unos minutos se marcharon.

Me quedé media hora más en el lugar, jugando distraídamente a dar vueltas a mi vaso vacío de Nestea. Pensaba, inevitablemente, que cuando se es muy joven toda relación (el amor, la amistad, etc.) se proyecta fácilmente hacia el futuro y esquiva todo obstáculo que trae cualquier tipo de relación humana, y que, por nimias complicaciones, ese noviazgo podía terminar mañana mismo. Pero ese momento hermoso quedó grabado para siempre y la felicidad se hace tan eterna que a veces ni la peor de las circunstancias podría borrar.

Por una fea cartera, pensé con extraña ironía.

Si la chica no hubiese llevado puesta esa cartera posiblemente no hubiera captado mi atención su conversación, aunque se hubiesen sentado en mi propia mesa. Entonces, recordé después que Javier compró una tarde esa misma cartera para regalarle a una novia con quien rompería horas más tarde, y por fin descubrí, con toda su maravillosa sencillez, el objeto de esa compra que me pareció tan incomprensible.

 


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