Cuando en un país con escaso peso internacional en las artes, en las ciencias, en la cultura, en la política, en la industria o en el deporte como Venezuela (salvo contadas excepciones, que son eso) alguien logra un reconocimiento fuera de sus fronteras, no es de extrañar que algunos connacionales conviertan las espontáneas y muy válidas muestras de orgullo y celebración por ese triunfo en un éxito «propio», y pasen a «reclamarlo» y a defenderlo con severidad ante cualquier tipo de cuestionamiento de quienes creemos que ese logro es mérito de quien lo consigue y no de quien lo ve a la distancia. Así, estas personas proyectan sobre ese éxito ajeno el deseo de gloria propio, lo sobredimensionan y lo viven con una creencia de notoriedad internacional y chovinismo, cuando tan solo tienen una cosa que los vincula al «exitoso»: la misma nacionalidad. Es como el padre que celebra los triunfos que nunca tuvo él mismo con el hijo deportista, o la madre que no terminó la carrera orgullosa de su hija que se graduó en la universidad.

Pasa muchas veces que esta costumbre de apropiarse del éxito del «legionario», del que «pone en alto la bandera nacional fuera del país», influye en el «exitoso» de tal manera que es mal visto si su triunfo no se lo dedica a su país. ¿Cuántas veces hemos visto a un venezolano que al conseguir un premio internacional se lo dedica, antes que a sí mismo, a su patria? Muchas. Me gustaría ver algún venezolano que se atribuyera únicamente a sí mismo el éxito que ha cosechado aquí o en cualquier parte.

En cambio, no es usual ver a un actor inglés o alemán que gana el Oscar dándole las gracias a su país ni a la Reina o Canciller (no hablo de los franceses o chinos, porque ellos son ultranacionalistas). Tampoco lo es ver a un grupo musical estadounidense o irlandés dedicarle hasta el llanto el premio a sus anónimos vecinos de barrio cuando gana un premio en otro país. Eso no los hace menos inglés, alemán, estadounidense o irlandés. Simplemente, ellos se saben parte influyente del mundo, no tienen que llevar su Patria al mundo cual Quijote que asume las armas para darle prestigio a La Mancha. En otras palabras, no tienen esa urgencia de darle notoriedad a su país porque tienen asumido que ya la tiene. Mientras que los ciudadanos de países pequeños y con escasa repercusión exigen convertir todo triunfo de alguien de los «suyos» fuera de las fronteras en una gloria nacional y que aquél sea atribuido a la Patria, y, por extensión, a ellos, los ciudadanos de países influyentes, salvo hazañas memorables y de alcance global, no lo hacen.

Ejemplo: como siempre nos gusta compararnos con Estados Unidos, habría que preguntarse si este país recibió como héroes nacionales a las ganadoras de la medalla de bronce en esgrima, las hermanas Hurley. Salvo en su pueblo natal, lo dudo. ¿Por qué? Porque están acostumbrados a tales niveles de éxito que solo celebran las victorias de Michael Phelps (quien consiguió algo memorable y de alcance global), y con él tienen de sobra fervor nacionalista para presumir por un buen rato.

Todo lo anterior viene por el caso de Rubén Limardo y la reacción que ha generado su medalla de oro ganada en los recientemente finalizados juegos olímpicos de Londres. No había publicado antes un comentario sobre este asunto, principalmente por desinterés, pero también porque tocar estos temas en un país tan nacionalista como Venezuela hiere sensibilidades y mueve al insulto fácil, a las acusaciones de no querer al país y a los deseos de que nos «vayamos demasiado» por «apátridas». Pero a las muchas muestras desaforadas de verdaderos fanáticos que salen a celebrar «lo nuestro» y a «defender» la Patria herida ante la gente que cuestiona, se han sumado las declaraciones de Rubén Limardo desde el fin de semana para acá, erradas, contradictorias, oportunistas, egocéntricas, y la aparición en un programa de TV con una franela con el eslogan: «Quien no quiere a su Patria no quiere a su mamá», que me han resultado suficientemente desafortunadas como para dedicarle unas breves líneas a este tema de su medalla, de nuestras celebraciones, de lo que él representa.

Sonará antipático decirlo, pero la medalla de oro que ganó Rubén Limardo es de Rubén Limardo, aunque él se la quiera ofrendar a sus connacionales (recuerden que es de mal gusto no dedicarle los triunfos a la Patria). La obtuvo con su esfuerzo y sacrificio personales, y ninguno de los que celebró patrioteramente su triunfo por las redes sociales o en actos públicos (a excepción de entrenadores, amigos o parientes) contribuyó económicamente en la preparación que requiere un atleta para llegar en condiciones físicas, mentales, técnicas y financieras idóneas a unas Olimpiadas y luego ganar una medalla. Peor aun, ni siquiera el Comité Olímpico Venezolano lo ayudó ─aunque él ahora no quiera hablar al respecto.

Rubén Limardo despertó un fervor patriótico entendible en un país tan poco acostumbrado a los éxitos deportivos y que tan necesitado está de buenas noticias y de modelos de inspiración. Luego, muchas personas y políticos de todo el espectro comenzaron esa «apropiación» de su éxito y a explotarlo con fines particulares. El asunto se complica cuando Rubén Limardo parece ceder su triunfo personal a esas personas, y de la humildad de sus primeras declaraciones y de la simpatía que generó su paseo por el Metro de Londres con su medalla ha pasado a demostrar cierta prepotencia y arrogancia que él les da a otros deportistas, a creer que las críticas que despiertan sus ahora destempladas palabras no son contra él, sino contra todo el país, contra la Patria. Cuando Limardo dice que quien no quiere a la Patria no quiere a su mamá, pareciera que se está refiriendo a él mismo como la Patria, sabedor de que hay personas que lo critican a él, que «no lo quieren». Limardo tiene plena libertad para expresar sus opiniones, así como yo tengo las mías para decir que sus palabras no me gustan, ya no soy me siento representado por él y eso no me hace ser menos venezolano.

Será uno de los «nuestros», será un venezolano como yo, será sin lugar a dudas un buen deportista y seguramente un gran tipo lejos de la presión mediática y política, pero no por ello siento su medalla como mía, sino que se la reconozco sólo a él. Y luego de sus declaraciones, si se trata de representar el país en su totalidad, creo que Limardo no lo hace con sus palabras y actos.

Muy bien haríamos los venezolanos en empezar a valorar el esfuerzo, la constancia y el sacrificio personales, y en dejar de ceder nuestros éxitos a los demás. Ese día probablemente los venezolanos empezaremos a creernos que somos capaces de conseguir lo que nos propongamos y no a reclamar como propio, a lo mucho, el éxito de los demás.