Dibujo erróneo naïf

Dibujo erróneo (2002),

Álvaro Rafael.

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Una vieja revista de modas era mi único pasatiempo en aquel diminuto consultorio. Una a una fue pasando cada página sin que yo pudiera concentrarme en una lectura que, por lo demás, era vacua. ¿Cómo podía hacerlo si detrás de la puerta aguardaba el médico que confirmaría un diagnóstico que yo ya intuía? Esperé, sin embargo, que el tiempo pasara y en aquella interminable esperaba que precede a toda desgracia fijé mi mirada en la secretaria del consultorio.

Era una mujer muy joven, vestía anticuadamente. Su tiempo, que descubrí durante mi estadía, lo dividía entre aquel trabajo y unos estudios universitarios que no pude especificar entre las ambigüedades de sus conversaciones por celular. Era su celular, pequeño y muy modesto, la única distracción que tenía la joven en aquel espacio asfixiante. No había radio. No había televisor. Apenas la revista que gentilmente me ofreció más allá de gentilezas por el tedio que habría de producirle ver la misma revista vieja todos los días y cuyas páginas había marcado con su nombre en diferentes diseños: su letra era ingenua, flores bordeaban unos trazos muy cuidados. ¿Qué otra cosa podía hacer la joven sino distraerse en aquel pequeño aparato? De pronto la preocupación por mi enfermedad se desplazaba al reducido mundo de aquella joven. Su teléfono celular con el que jugaba, su teléfono celular que repicaba constantemente entre mensajes de texto que la hacían sonreír y llamadas que rápidamente finalizaba entre murmullos y felicidad. En cuanto su teléfono callaba tomaba el auricular del teléfono de la oficina y hacía llamadas a bancos, a servicios, ponía quejas a las centrales telefónicas por las averías que la dejaron con una sola línea en la oficina… El pequeño aparato telefónico era su única distracción en aquel monótono espacio.

La puerta de la oficina del médico se abrió. Durante el recorrido al asiento donde confirmaría mi pálido diagnóstico seguí pensando en la pobre muchacha. Pensé, sin encontrar al principio asociación, en los ascensoristas de mi edificio. Pensé en sus largas jornadas nocturnas…, en su nimio combate contra el sueño y los constantes viajes estériles a lo largo de veinte pisos encontrando esporádicos usuarios. Sube algún violento…, un hombre en su borrachera diaria sube al ascensor y rompe una botella. Cosas de todos los días. Cosas de oficios de la miseria.

Cuando salí de la oficina del médico ya poco me importaba mi propia miseria. Alrededor de nosotros, sin gloria alguna, se mueve un mundo de seres nobles que no protagonizarán ninguna novela digna de contar. La muchacha, con los ojos fijos en el aparato, pulsó el botón de su escritorio y la puerta se abrió. Apenas me miró salir de su mundo.

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