Metrocable Caracas

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Cuando tenemos Gobiernos paternalistas que anulan la conciencia de ciudadanía y convierten a los gobernados en súbditos agradecidos por la buena voluntad de sus políticos, nos damos cuenta de cuán domesticada políticamente está la sociedad de un país. Y lo digo por la reciente apertura (con varios años de retraso) del Metrocable de Caracas: una obra que cuenta con pantallas gigantes en las que muestran todo el día entrevistas a usuarios que agradecen al señor Presidente por «cambiarles la vida» con la construcción de una obra prometida durante la pasada campaña electoral e inaugurada recién ahora, en medio de otra campaña electoral (¿motivaciones electoralistas?).

Se llega así a aceptar que es normal agradecer al Gobierno por la construcción de obras públicas, cuando en realidad es para eso que lo elegimos: para que trabaje y gobierne, para que administre el Estado, para que haga uso adecuado de nuestros impuestos —que ya bastante pagamos.

El Gobierno no es un benefactor que llegó de manera casual al Poder, su función está en hacer estas cosas para lo que lo hemos «contratado» mediante el voto, y lo debería hacer sin buscar reconocimiento (lo contario sería buscar réditos políticos de la manera más baja) y cuando no hace las cosas bien un pueblo conciente de su ciudadanía tiene todo el derecho de reclamarle, sin sentir que actúa como un hijo malagradecido. Pero estamos en Venezuela, estamos en un país acostumbrado a tener y estamos acostumbrados a confundir lo que es el Estado (un ente permanente) con el Gobierno (una realidad temporal), y este Gobierno está en el cénit del paternalismo y la manipulación de las masas.

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Recientemente un amigo me comentó cómo en el interior del país la falta de agua y electricidad es tan normal que la gente se extrañó del «escándalo» que se armó cuando en Caracas apenas se sugirió el racionamiento eléctrico. Otra de las consecuencias del sistema paternalista es el centralismo. El centralismo que resigna a los habitantes de la provincia a recibir las migajas lanzadas desde la gran ciudad.

Si en cambio tuviésemos un sistema descentralizado en su totalidad los habitantes de esas ciudades canalizarían de manera más directa y cercana sus reclamos. Pero no es así. Aceptan el sacrificio en beneficio de mantener de pie la capital con sus políticos que dirigen (mal) los destinos de todo el país. Y que dirigen sin mucha preocupación ni interés de hacerlo bien porque saben que tienen a una sociedad domesticada y que la mayor función que tienen como Gobierno es la propaganda política para seguir manteniendo a un «pueblo agradecido». Y un pueblo así nunca reclama; no porque no tenga motivos, sino porque no es malagradecido.

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PS: Algo que me resulta intolerable es la utilización de recursos del Estado para hacer proselitismo político. Me refiero al uso para la imagen corporativa del Gobierno (en cualquier de sus tres divisiones: Nacional, Estadal y Municipal) de simbología similar a la del partido político del gobernante. Abuso cometido tanto por políticos oficialistas como opositores, que convierten un Gobierno (Nacional, Estadal o Municipal) en botín de guerra de su partido político. En un país serio eso sería malversación. En un país serio.

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