Los recientes hechos ocurridos en Monterrey reafirman que las políticas hacia las drogas están mal enfocadas y solo producen más violencia. El narcotráfico se apodera de las instituciones y el Estado de Derecho se convierte en un chiste. Los Estados son cada vez más incapaces de combatir unos carteles que cada vez son más poderosos y cuando creemos que los erradicamos lo que se consigue es trasladarlos de un país a otro, haciendo de la violencia un negocio transnacional que busca nuevos mercados. Y los objetivos de disminuir el consumo no se dan, y en lugar de proteger a los ciudadanos se les expone a unos niveles de brutalidad cada vez más surrealistas. Toca despojarse de falsos moralismos y aceptar que las drogas son parte de la sociedad y el Estado, en lugar de gastar millones de dólares de impuestos en una guerra que está perdida de antemano, debería dedicarse en cambio a campañas en contra del consumo de drogas. Toda persona es libre de adoptar la conducta que desee a pesar de que esta sea dañina para él. Lo recalco: el respeto a la libertad de decisión de cada persona implica aceptar incluso aquellas conductas que nosotros no adoptaríamos. La lucha contra las drogas fracasó. Hay que ir hacia la legalización de las drogas y de un control estricto de esta industria que ya opera al margen de la legalidad, de imponerles impuestos que sean invertidos en campañas de prevención al consumo. En el pasado el juego y el alcohol eran problemas que se resolvieron con la legalización. Continuar con la prohibición a la producción, tráfico y consumo de drogas no tiene efectos positivos, la gente todavía consume y mientras haya demanda habrá oferta, la violencia prolifera y los Estados van perdiendo autoridad. Mientras sigamos en una guerra indefinida seguirán cayendo muertos indefinidamente.