Librería porno

La Librería Ilustra, la librería real de este relato real (?), desapareció del Centro Letonia de Caracas. No corren buenos tiempos para la pornografía.

Hay días en los que despierto pensando que todo es un montaje. Que detrás de las cortinas hay cámaras, que debajo del sofá hay un micrófono apuntado hacia el teléfono, que incluso tú unas veces eres parte del reparto y otras, un espectador. Sé que esta idea no es nada original y que una literatura sobre este tema llena catálogos de novelitas intrascendentes.

Es difícil no pensarlo cuando estás en el Centro Letonia de La Castellana sentado en un café, tomándote un té frío, corrigiendo un manuscrito premonitorio (que tal vez publique algún día en este blog) y de pronto ves que en el mostrador de la librería de enfrente se exhiben DVD de porno duro junto a libros de Simone de Beauvoir. Algo así como una desacralización del feminismo más burdo y hormonal con la explotación más indecente en formas de pechos de silicona al aire. Tan indecente que te impulsa a ir hacia ese lugar con un anuncio que dice: Librería Ilustra.

Allí están, en el segundo piso de una librería más bien pequeña y claustrofóbica, un personajillo bajo y entusiasta del hardcore barely legal y un librero joven, hablando de una reciente visita de Victoria Lanz, del hermoso rostro de la relativamente debutante Gigi Rivera (la chica de la foto de abajo y, en realidad, el gustoso pretexto para escribir esta nota), del inmenso culo de Kristina Rose entrenado en el fisting y de las tetas hermosas de Lela Star algunas veces con piercings, mientras yo, tan ingenuo yo, buscaba entre la sección de cómics el volumen 6 de Scott Pilgrim (que, al parecer, tendré que seguir esperando hasta el otro año a que llegue a Venezuela).

Fue entonces cuando pensé otra vez en el tema de los montajes. Que la Librería Ilustra (que es «real», está allí, anda a verla) es una fachada para vender porno. Entre volúmenes de la gran literatura de muy buenas editoriales y a precios muy bajos, se mueven personajes curiosos, como si el director de esta obra los hubiese ubicado mal en otra escena o como si fuesen actores descansando de esta gran trama que es la vida de una persona. Los actores cuando tienen que elegir repasar sus guiones terminan yéndose a librerías porno.

Salí de la librería buscando en los negocios y oficinas de alrededor esos posibles errores de montaje o las enormes tramoyas dejadas por un descuidado obrero. Sé que tú ahora eres un espectador. Sé que echas un ojo a diario a este blog. Si la vida es, en efecto, una improvisada obra de teatro, sólo espero por el día en que ese director incluya en el reparto de mi vida a la bella Gigi Rivera.

Gigi Rivera