CCCT en Navidad

Recientemente leí en una página una reseña corta sobre la cultura popular de los noventa. Pequeños detalles salpicados de gracia nostálgica que me hicieron recordar mis propios detalles. Los noventa. Aún era muy chico cuando a comienzos de 1992 mi hermano apareció en el apartamento con un disco de acetato. El disco era Nevermind y presumo que, desde entonces, mi personalidad adoptó rumbos diferentes a los que tomaron la de los otros niños de mi edad. Era diferente, pero yo tampoco lo buscaba ser.

Recuerdo cómo en aquellos años los chamos ladillábamos a nuestros padres para que colocaran en el techo de nuestras casas esas enormes antenas parabólicas o se afiliaran a Cablevisión con su jugoso paquete de 24 canales. Pero los afortunados eran escasos: era un lujo que muy pocos se podían dar, y cuando mis padres declinaron ante sus hijos tan sólo se colocó el paquete de 12 canales. La televisión por cable revolucionó la personalidad de muchas personas: lejos de este país había una cultura por descubrir y con la que particularmente me sentía más identificado.

Era la época dorada de MTV Latino. Cuando MTV Latino era un solo canal para toda Latinoamérica con varios VJ (Alfredo, Ruth, Gonzalo) y una programación interesante y variada (aunque a veces sobrestimaba a grupetes mexicanos y argentinos de escasa calidad). Cada noche programaba mi Betamax (joder, ¡el VHS llegó tarde a mi casa!) para grabar Headbangers Ball y Lado B (programas que pasaban al borde de la medianoche, el primero dedicado al rock pesado y el segundo a la explosión grunge y alternativa). Todas las tardes veía Conexión, con Alfredo leyendo cartas enviadas a la manera tradicional o faxes.  A mediados de los noventa Internet aún era una palabra desconocida y las computadoras eran un extraño objeto en pocos hogares.

Cuando llegó a mi casa mi primera computadora por allá a principios de los noventa alardeé durante meses ante mis compañeros de primaria. Era una pesada PC sin mouse, sin disco duro (!) y con un sistema operativo DOS que corría mediente un disquete de 5¼” que debías insertar cada vez que la encedías. En mis largos ratos de ocio me la pasaba pegado a Space Quest III (es la vaina más de pinga que he jugado). Cuando me cansaba de esas batallas estelares me sentaba frente al Nintendo para jugar todos los Marios o sino me iba a casa de mi mejor amigo a jugar Sonic en su caprichoso Sega. Como decía Barrera Tyszka en La enfermedad, mi amistad con él «había sido [como] una asignatura de la educación secundaria. Igual que pasó las matemáticas, por el fastidio inenarrable de castellano (…), igual también pasó (…) la amistad [con él]», y en cuanto terminamos el colegio nos separamos, dejando atrás muchas tareas que, mientras los otros pobres diablos entregaban a mano o barnizadas de tipex, nosotros entregábamos impresas en esa vieja impresora tan ruidosa que teníamos que cubrirnos los oídos o irnos muy lejos a la otra calle para escapar de ese ametralleo de tinta. Generalmente eran los trabajos mejor valorados y así las vacaciones llegaban con la tranquilidad de saber que pasaríamos semanas viendo en televisión la programación especial.

En las mañanas de Venevisión estaba Maite Delgado con su programa de entrevista en el que ella misma era entrevistadora y entrevistada. En RCTV estaba A Puerta Cerrada y las discusiones banales que formaba Marietta Santana entre comegatos y waperó. Luego pasaban Tropa de vacaciones donde ponían a un público prepagado a bailar con la música tecnobasura o a reír con los juegos tontos donde participó más de un chico buscando sus quince minutos de fama. Las tardes eran fijas con el Juego de la oca, ese programa español por el que discutíamos con nuestros padres cuando ellos dudaban de la autenticidad de sus pruebas siempre tan disparatadas. Las noches, en cambio, la programación variaba y se ponía intensa con Alerta: el programaba que reflejaba la miseria de un país que, mal que bien, era mejor que éste de ahora. Sus temas favoritos: satanismo, ufología, pobreza.

Si no querías ver tanta crudeza podías regresar a Venevisión y entonces ver sus programas tontos como Bienvenidos, con los mensajes aleccionadores que daba Miguel Ángel Landa al final de cada programa y su famoso haz el bien y no mires a quién, un antiguo duro del cine venezolano reconvertido en comediante de humor fácil y escatológico. Los fines de semana VTV (cuando era un canal de variedades y sin política) le dedicaba casi toda su programación con su típica señal amarillenta a actividades deportivas; estaba la profunda voz de Alí Khan narrando las carreras de caballos desde La Rinconada o Santa Rita, o sino podías ver a Reyes Álamo y su equipo transmitiendo las incidencias de una liga de fútbol español cuando sólo se permitía tres extranjeros en la alienación de los equipos, partidos que duraban como veinte minutos y el resto eran de interrupciones y caídas y de la señal, tanto que cuando la transmisión de un partido duraba más de 50 minutos los comentaristas daban gracias a Dios.

En Venevisión pasaban Sábado Sensacional (porque el súper le llegó años después, cuando ya no era nada súper) con un Gilberto Correa tratando de entender cómo hizo la vidente española que invitó a su programa para meter en una cesta satánica al hijo desaparecido de una señora que fue buscando ayuda a la sección lacrimosa del programa. «No, no es cesta… ¡es una secta satánica!»

En esa época estaba de moda el satanismo y éste se asociaba con el rock… una música malévola asociada a los populares pósteres diabólicos de la época de Slayer o Iron Maiden, cosa de chicos drogadictos que se la pasaban por Bellas Artes, leyendo Urbe cuando era bueno, dirigido por Adriana Lozada y salía cada dos semanas o a veces demoraba más tiempo (si es que salía). En sus planas de papel muy barato anunciaban un toque de Zapato 3 o La Calle. La 92.9 FM era la radio que debías escuchar si querías estar informado y Dermis Tatú hacía de las suyas en lugares como La República de Rockatanga o Doors. Si tenías suerte te podías conseguir a Cayayo Troconis o al artista de la telenovela de turno en el CCCT, el único gran centro comercial de Caracas, y por eso sus luces y arbolito de Navidad eran los mejores.

Aquellos tiempos fueron apagándose al tiempo que estallaba Internet. Mis padres, otra vez fastidiados ante las peticiones esta vez sólo mías, renovaron la PC y ésta vino preparada para Internet con Windows 95. Ya no pude presumir más: las computadoras ahora eran de todos. El sufrimiento para conectarse a través del dial-up de CANTV o Etheron también era igual de democrático. Como todos, buscaba páginas de bandas en Yahoo! diseñadas en Geocities y delirabas con dos o tres imágenes gif animados que tenía la página de MTV (en inglés, casi todo en la red estaba en inglés). Y como todos, adolescentes al fin, caímos en la tentación de navegar en las primeras páginas porno (en realidad, la tentación de Internet eran las páginas para adultos…).

Kurt Cobain se suicidó y dejó huérfana a toda una generación, o al menos ese era el lugar común que debíamos repetir para ocultar que la década empezaba a mostrar la curva de su descenso. Los jóvenes empezaron a abandonar la popular música tecnobasura y comenzaron a afinar sus oídos. La radioactiva 92.9 FM se vio resentida ante la migración de sus mejores locutores a La Mega (antigua radio del tecnobasura, reconvertida en radio de rock-pop). Francia ganó el mundial del 98. Mis padres se separaron (por penúltima vez) y comencé a rodar por diversas ciudades y países. La incertidumbre del nuevo milenio fue aderezada con la incertidumbre personal.

Pero allí esperaba un nuevo milenio al que todos queríamos llegar apurados. Cayayo murió en los albores, los carros voladores que nos anunciaban para el año 2000 nunca aparecieron. Hace poco cumplí 26 años y todavía no los veo arribar a las ferias de automóviles. Tal vez tarden otra década más en llegar. No lo sé. Sin notarlo, el próximo año pasaremos a una nueva década y, entonces, diremos que los noventa fueron hace 20 años (así como ahora, con la muerte de Michael Jackson, confirmamos que sí, que los 1980 ya son prehistoria y su generación terminó de opacarse). No boten las cosas a la basura, conserven recuerdos: el futuro suele aparecer cuando notas que ya todo está desechado.