Luz roja

Últimos minutos de la jornada.

Ella se aleja un momento, el celular recién guardado en una gaveta del escritorio, recorre la oficina, por último sale, cruza la calle (que a esa hora empieza a congestionarse), da pasos cada vez más largos para ampliar la distancia que la separa del celular, desea que los minutos de ausencia inventen una sorpresa.

Al volver desea encontrar la luz roja que indique alguna actividad, alguna llamada perdida, algún mensaje que organice de manera inesperada una noche hasta ese momento igual que las otras noches, se para en la acera opuesta, guarda sus manos en los bolsillos del pantalón, mira rostros conocidos de los otros días vaciar enormes edificios de oficinas, encontrarse a las puertas con sus parejas, reír con una rutina que ella ambiciona, amigos estrecharse la mano para irse a tomar unas cervezas o ver el juego en algún bar cercano, personas cansadas que desean llegar a casa temprano para abrazar una mascota, deja que siga el tiempo como si extendiera el plazo para que invente una sorpresa, como si le concediera una oportunidad para que lo haga, espera un motivo para no quedarse sentada en alguna plaza hasta que el sueño la obligue a caminar hasta su casa y dormir como otra noche y esperar que el despertador le abra otro día ya escrito con anterioridad y ver al lado de su cama el aparato sin señales de actividad, cruza la calle de regreso, no tiene grandes expectativas, es la rutina que repite cada jornada, imagina conseguir el teléfono tal como lo dejó, sin vida como lo ha estado durante todo el día, esto no la sorprendería tanto como llegar a la oficina y no abrir la gaveta.

Dejar el aparato allí, sin examinarlo, sin darle el privilegio de reprocharle su soledad, sus ansías y su cada vez mayor ausencia de sorpresa. Sube, recoge su cartera, pasa la llave a la gaveta y, a diferencia de los otros días, este no le da la victoria al aparato.