Caracas enrejada

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Rejas para la libertad

Arnaldo Contreras, profesional solvente (puede que sea arquitecto, abogado o médico, esto es tan irrelevante como lo es su verdadero nombre), buen padre de familia, dirigente vecinal comprometido y superviviente ─según sus propias palabras─ de la clase media caraqueña, abraza a su esposa mientras observa satisfecho la más nueva obra de su mandato: una reja que cierra por completo la urbanización en la que tanto él como yo vivimos. No consultaron mi opinión. Lo acompañan la directiva vecinal que, encerrada en un claustro, determinó que dicha reja que nos separaría de una parte peligrosa de la ciudad era la salvación para prevenir posibles robos en esta zona del sureste caraqueño.

La llave para abrir la puerta de la reja la tiene él y solo él le daría copias a los vecinos solventes; yo vivo en un anexo, mi casero no ha pagado y por eso soy uno más de la decena de vecinos que tenemos que esperar fuera de la urbanización a que alguien con la llave llegue y nos abra la reja para dirigirnos hacia nuestros hogares. Pasaron dos semanas hasta que una vecina me vendió una copia, y en ese lapso robaron a dos personas que esperaban entrar. Una de ellas fue una señora que intentó correr pero como la reja lo cierra todo no tuvo opción y fue arrastrada una cuadra por el motorizado que no logró arrancarle la cartera. Otro día un anciano infartado que vive solo logró llamar a una ambulancia que no logró entrar a la urbanización sino treinta minutos después.

Las quejas empiezan a aflorar entre algunos vecinos. Arnaldo Contreras se hace la vista gorda y culpa a los propietarios morosos y en especial a los arrendatarios como yo, a los que señala de ser casi como una quinta columna del castrocomunismo, de querer expropiar las casas de nuestros arrendadores y establecer ranchos verticales en cooperación con los cubanos del CDI enclavado en esta urbanización. Cual estado de sitio, la junta de vecinos encabezada por Contreras establece una serie de normas de convivencia que van desde animar a no establecer más alquileres hasta que solo vivan aquí «gente de la zona» ─vaya a saber si con esto se alienta la endogamia─, pasando por establecer una red de informantes de situaciones irregulares y por enrejar las canchas deportivas para que no vengan extraños a jugar aquí. O están con él o están contra él. El miedo empieza a notarse en esta pequeña isla de clase media. La libertad individual no puede estar por encima de la seguridad colectiva, dice Contreras. Pero incluso, si lo ven desde su punto de vista, agrega, las rejas son libertad. Libertad de vivir en paz dentro de una urbanización blindada.

Llega a la conclusión de que las rejas no son suficientes, de que hay que instalar una garita y poner en cada esquina una cámara de seguridad que grabe cada paso que damos los vecinos.

 

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La garita del amor

 

Una tarde, al llegar del trabajo, consigo a Arnaldo Contreras dando órdenes a unos chamos sin camisa y con la piel curtida por el sol. Construyen lo que será la garita. Le piden descansar unos minutos porque llevan trabajando desde antes del mediodía y están reventados. Arnaldo Contreras les dice que no, que dejen la flojera, que los contrató por unos pocos días y que no pueden desperdiciar el tiempo, que para eso les pagó. Se retira a su camioneta y las miradas de odio de los chamos persiguen el rastro de humo que deja a su paso Contreras.

Al cabo de una semana está en funcionamiento la garita. Son dos los guajiros en trajes de vigilante excesivamente grandes los que se pavonean controlando día y noche a los peatones y autos que entran y salen. Cortan el tráfico, forman una enorme cola en la única entrada habilitada de la urbanización y que tranca toda la avenida hasta dos cuadras más allá. Arnaldo Contreras suele visitar por sorpresa a los guajiros para controlar que están trabajando. Al retirarse el Doctor, como le dicen los guajiros con una indeterminada muestra de sorna o respeto, se ponen a oír en la radio el juego de beisbol mientras comen canillas con mortadela y queso untadas de salsa rosada y que acompañan con malta o colita. Tienen un monitor donde observan lo que registran todas las cámaras de la urbanización y ven incluso a las parejas jóvenes besándose en los carros aparcados. Este es el mayor disfrute para una actividad que la mayor parte del tiempo es aburrida. Se ríen, dicen que esa es la garita del amor.

El escándalo estalla días después en grandes titulares: Noticias24 informa del secuestro de un vecino de la urbanización. Un taxi entró tranquilamente, esperó a que llegara su víctima y luego a punta de pistola lo metió en la maletera y se lo llevó para soltarlo una semana después en Parque Caiza. Pagaron millones, me cuenta mi casero. Pero en realidad sabe poco, dice que es una familia de comerciantes que con esto se decidió a emigrar de vuelta a Italia. No se calan más la violencia del país y prefieren pasar roncha en la tierra de donde vinieron.

El líder vecinal explota en ira, despide a los guajiros y los sustituye por otros dos guajiros. Organiza una junta de propietarios con carácter de urgencia. El miedo de los vecinos se transforma en pánico. Hay vecinos que le acusan de no tomar medidas con-tun-den-tes contra el crimen. Hay otros, los pocos, que dicen que las decisiones de Contreras han ido más allá y que solo han contribuido a generar un miedo que ha llevado a que los ciudadanos renuncien a espacios que han sido ocupados por los malandros, que se comportan como tiburones que al ver la sangre corren con más ferocidad hacia sus presas. Señalan que cuando antes no había rejas y la gente no andaba con tanto miedo no se veían crímenes tan violentos. Los vecinos miedosos son precisamente la mayoría, se sienten atacados por este grupo minoritario que va en contra de sus valores y principios, los acusan de laxos y colaboracionistas con la delincuencia y luego los expulsan a gritos de la reunión. En el calor de la reunión alguien grita consignas a favor de la pena capital.

Arnaldo Contreras luce dubitativo, alega que corren tiempos violentos, y que se requieren medidas más drásticas, que únicamente la mano dura es la solución. Entre sus nuevas medidas inmediatas están dos: la primera, organizar una patrulla de vecinos (que desarticularía al poco tiempo al enterarse de que abusaban de su poder) y la segunda, obligar a los propietarios de los vehículos de la urbanización a pegarles una calcomanía de identificación ─así que cuando usted vea, amigo lector de Planeta en fuego, un auto con una espantosa calcomanía de un trébol en el parabrisas, sepa que se trata de un vecino mío.

Semanas después una chica que sale a trotar todas las mañanas encuentra amordazados a los nuevos vigilantes dentro de la garita y cuando se dispone a gritar auxilio escucha la característica voz pastosa: «Quédate quieta, mirreina». Glock calibre 40 en la frente para paralizarle el sudor del ejercicio. No muy lejos están las canchas deportivas abandonadas. El resto de la narración la completan ustedes.

 

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Un cuento de hadas: la prohibición de armas de fuego

 

Cuando la situación amenaza con estallarle en la cara a Contreras surge la noticia de que el Gobierno nacional, alegando nobles razones, decreta a nivel nacional la prohibición de porte y uso de armas de fuego para la población civil. Muchos vecinos de la urbanización salen a celebrar y ven en esta medida el principio del final de la violencia. Entre ellos no está Contreras, que no solo heredó del papá la casa en la que vive sino las destrezas en el uso de una Smith & Wesson 38 y una Browning 9 mm. Teme que esta medida solo afectará a los que, como él, hacen uso responsable de las armas de fuego.

Concreta una reunión con un vecino a quien no le tiene mucho aprecio: un Coronel de la Guardia Nacional bien enchufado con el Gobierno y que hasta hace poco era un capitán que vivía en Petare, y cuyo nombre se hizo notorio luego de que uno de sus hijos fuera arrestado por dispararle a otro chico por un lío de faldas; una dudosa condecoración más para una carrera de robos y agresiones, que el buen papá decidió curar enviando al niño a estudiar medicina en Cuba. El Coronel invita a Contreras a su enorme en casa (que está en venta), las risas de cordialidad se acompañan con tragos de Buchanan 18 años y ya pasado de copas el militar le dice que acá todo el mundo sabe que las leyes son para los pendejos y que él moverá cielo y tierra para su compadre Contreras se quede quieto con su arma. Pero que eso igual le va a costar.

Semanas después, cinco mil burócratas-gestores-corruptos de la comisión de desarme y todo un estudio móvil de VTV llegan a la urbanización de dos mil habitantes para verificar la entrega de armas. Arnaldo Contreras sonríe ante las cámaras y desde su posición de líder vecinal felicita al Gobierno nacional por la buena medida que ha implementado, mientras por dentro ríe como el buen vivo venezolano que es.

El país entra en un cuento de hadas donde todo es felicidad, donde no hay una sola de arma de fuego e impera más la paz; pero todo cuento de hadas tienen unos seres malévolos, unos ogros aquí se llaman «malandros», que no respetan las leyes ni la convivencia en la comarca y que se parten de la risa con las leyes de buena fe. Mientras los buenos del cuento abandonan las armas, por inercia se repotencia el mercado negro de las armas y los malandros, que no respetan leyes, se adueñan de un nuevo y más peligroso armamento.

El crimen persiste y los hombres buenos y las mujeres buenas que antes tenían cómo defenderse ahora no tienen cómo hacerlo.

Pero supongamos ahora que el cuento de hadas tiene un final feliz: aparece deus ex machina un mago con una barba blanca y lanza un conjuro que hace que todas las armas de fuego se vuelvan polvo. Desaparece el medio para cometer el delito pero el delincuente conseguirá nuevos medios para delinquir. Ya no cometerá sus crímenes con armas de fuego sino con cuchillos, y si se crea una ley en contra de los cuchillos buscará delinquir con piedras y garrotes. Las leyes inútiles son aquellas que nadie observa porque no van dirigidas a la raíz del problema. La violencia no se controla tan solo con leyes que la prohíban. «No matarás» existe desde tiempos bíblicos, pero aun así la humanidad ha pasado por guerras y las seguirá viviendo.

 

4

¡Qué viva la violencia!

 

El mandato de Arnaldo Contreras va llegando a su fin. Ha envejecido mucho en todo este tiempo relativamente corto. Su mandato será recordado por haber creado una urbanización paranoica y que ha renunciado a sus espacios, que con el miedo ha claudicado ante una violencia cada vez más poderosa, que vive enrejada mientras afuera los malandros campean a sus anchas, atracando a todos por igual, sin distinción de clases sociales, sin importar si viven en urbanizaciones cerradas o en barrios abiertos. Mira a su esposa sentada en una silla del jardín y ella le dice, apesadumbrada, que se siente en una cárcel. En una cárcel sin haber cometido ningún delito. Le dice que antes se sentaba allí mismo a leer en su Kindle, pero que ahora le da terror incluso asomarse a la ventana. Todo su nivel de vida ha sido modificado por el patrón del miedo a una violencia que parece no tener fin, por más leyes represivas que se han creado para combatirla.

Mientras le cuenta eso a su marido, el turno de la lotería maldita de la delincuencia le toca a ellos: se para frente a la casa una combi y de ella bajan dos chamos que ni siquiera se molestan en cubrirse el rostro: son los dos chicos que construyeron la garita. Vienen a saldar cuentas con el patrón. En las miradas de ambos brilla el rencor y el odio hacia Contreras. El hombre que los hizo sentirse explotados para que levantaran una reja para alejar a personas como ellos del mundo de Contreras. No llevan armas de fuego, pero sí traen grandes cantidades de resentimiento y les dicen que suban a la combi. Arnaldo hace caso y sube con su esposa. La combi la conduce uno de los guajiros que despidió Contreras.

La esposa de Arnaldo llora, desconsolada. Quiero imaginar que él le pide perdón. Que le pide perdón por todo lo que él hizo para mantenerlos con la ilusión de seguridad en su burbuja social y evadir así que el tema de la violencia va más allá de reprimir o de medidas cortoplacistas como prohibiciones de armas de fuego o videojuegos. Que le pide perdón por haber cambiado los hábitos de vida de toda la urbanización, por coartarnos la libertad, por naturalizar la violencia con nuestro miedo y paranoia. Pero no creo que lo haga. Seguro respira hondo y consuela a su esposa diciéndole al oído que no se preocupe, que en cuanto le pidan contactar a alguien llamará a su amigo el Coronel para que le ayude en esto. Que seguro son liberados pronto cuando sepan que es amigo de un pez gordo de la Revolución. Que una vez que salga de esto él mismo se encargará de conseguir otros malandros para que les caigan a tiros a estos malandros. Y si por casualidad uno de estos malandros lo tratan de extorsionar con denunciarlo, entonces llamará a otros malandros, y así hasta el cansancio, porque la violencia se nutre de sí misma, y cuando se intenta acabarla se busca combustible para apagar el fuego.

¡Viva la violencia, larga vida a la violencia!

No supimos más de Contreras. Pero el miedo persiste. Y la violencia, otra vez, nos ganó la partida.