—La semana pasada me encontré a Enríquez en el Tamanaco; a fin de mes viajará a México a un congreso internacional de Herbalife. Te envía saludos.

—La vida Herbalife.

—La vida de moteles de Enríquez. Veo por tu cara que no conoces esa historia.

—Seguro tiene que ver con Vanessa.

—Todo en la vida de Enríquez gira en torno a Vanessa, y en menor medida a Herbalife. De hecho, comenzó a vender Herbalife luego de que encontrara a Vanessa con el filipino.

—Un puto filipino en Caracas, en tu cama, con tu esposa, yo también hubiese enloquecido como hizo él de ver las manos cochinas de un puto filipino que ni siquiera hablaba español en el cuerpo de mi esposa. No tiene sentido, por dondequiera que lo veas.

—No lo tiene, en absoluto. Bueno, el hecho es que Enríquez se metió a Herbalife no porque perdiera los papeles y renunciara al bufete y tuviese que vivir de algo ahora. Se metió a Herbalife para olvidar a Vanessa: creía que en esta actividad social de la venta piramidal de placebos encontraría mujeres jóvenes que le ayudarían a olvidarla. El asunto se complicó cuando a Enríquez empezaron a mandarlo a congresos fuera de Caracas y tenía que alojarse en moteles. Allí fue cuando lo atacó la debilidad de la nostalgia. La soledad del vendedor itinerante. El muy cabrón empezó a recordar su época de chamo cuando iba a moteles con Vanessa. Me comentó que, a partir de allí, desarrolló la extraña adicción de visitar los moteles a donde iba con Vanessa. Iba cuando tenía tiempo, solo, simplemente iba a los mismos moteles y pedía las mismas habitaciones por donde pasó alguna vez con Vanessa.

—Por favor, qué enfermizo…

—Totalmente, imagínalo allí: un hombre de mediana edad, entregado al desengaño y a la renuncia de conocer nuevas mujeres, encerrado en habitaciones de moteles, palpando la cama por donde alguna vez se cogió a Vanessa hace más de quince años, adonde la llevó en aniversarios, camas a las que debió llenar de pétalos de rosas tan cursis como es él, un vendedor estrella de Herbalife, la cara visible de un negocio de gente siempre sonriente, gente proactiva-dinámica, cara al sol al éxito, como decía con sorna un viejo amigo español, así que imagínalo allí, arrodillado al borde de la cama, con su chapa en la solapa de la chaqueta diciendo: «Perdí 80 putos kg, pregúnteme cómo coño», abrazando sábanas, oliéndolas, rastreando los aromas perdidos hace mucho tiempo de Vanessa, quizá haciéndose la paja en la ducha donde ella antes le hizo la paja, llorando luego al comprobar el enorme vacío de la habitación, la ausencia para siempre de ese cuerpo que tantas veces se cogió allí, y ahora ella, su todavía esposa, perdida quién sabe dónde, y él aún negado a pedir el divorcio, como ese comprobante legal de amor vencido, inútil, estafado por su esposa adúltera, la escena es repulsiva, aunque a la vez, y te sorprenderá que te lo diga, extrañamente conmovedora.

—Él se fue de luna de miel con Vanessa a México, ahora que lo recuerdo.

—Sí, lo hizo, y supongo que pedirá a su jefe de Herbalife que le reserve el mismo hotel donde fue con Vanessa.

—Enríquez persiguiendo el rastro de su todavía-esposa en camas de viejos moteles.

—En realidad, rastrea a la vieja Vanessa, la Vanessa que conoció y que amó, la Vanessa que se entregó a él en malos moteles de El Rosal y la Panamericana, antes que ella lo engañara con un maldito Manny Pacquiao perdido en Caracas.

—Maldita sea, pobre Enríquez. Yo también hubiese matado a ese filipino.

—Lo sé, lo sé muy bien.