Crack (dibujo sobre papel manchado con una gota de colirio, 2006),

Álvaro Rafael.

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Narración sin intriga del final de un piquero

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La siguiente historia es real

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Minutos después de que viéramos el Mustang de Félix asaetar los cincuenta metros del estacionamiento de la Universidad ***, mientras Miguel y yo bajamos por la autopista, coincidimos que le ocurriría algo peor que el accidente que tendría semanas después de esa coincidencia. Porque el accidente lo esperábamos: saliendo de la universidad, acompañado de una amiga de su exnovia (que aceptó a regañadientes irse con él porque ésta no podía darle la cola ese día), volcó idiotamente el enorme carro sin que todo ello pasara del collarín que usaría durante una semana la muchacha y la pérdida del Mustang. «No…, no es que lo desee, pero algo peor que eso le tiene que pasar», coincidimos una vez más después de ese incidente.

Ocurrió anoche: el correo electrónico que recibimos esta mañana no lo arropaba la sorpresa. Lo esperábamos desde el momento siguiente a aquel primer ensayo de muerte cuando nos enteramos de que su padre, pese a la volcada, no cancelaría la compra planeada para la semana entrante del Neon para que su hijo dejara de conducir el Mustang que era —fue— de su esposa. «Su padre es un General activo, el dinero le pesa en la mano», dijimos, «pronto veremos que este Gobierno lo respaldará la clase alta, porque ahora ellos son la clase alta», rematábamos con indignación. Félix era bajo, delgado, moreno y de escaso cabello ensortijado, de lejos pareciera ser un chico de 15 años; silencioso pero arrogante, gracias a su temeraria y altanera manera de conducir se había granjeado el desprecio de todo quien había coincidido en la misma aula con él. Creíamos que su final era harto conocido por todos, faltó alguien a la revelación de su desenlace.

El parco correo electrónico que envió la chica anunciaba la muerte de un compañero de clases de apenas 19 años. Nada más. Minutos después se habló de otra persona involucrada en la tragedia. «Porque si no se mata él, matará a otra persona», habíamos dicho. Las horas siguientes servirían para implicar a Félix en los pormenores de un accidente que imaginábamos en todas sus formas, pero cuya exactitud nunca sabremos. Por lo pronto, queda la imagen bosquejada en nuestra imaginación del Neon reventado y retorcido en alguna parte de los Altos Mirandinos, el joven acompañante destrozado y la noticia que llega a sus padres en el interior del país para que recojan los restos de su hijo en la morgue de Los Teques, mientras el infélix permanece en coma en alguna clínica privada rodeada de militares. Quizá nunca llegue a estar conciente del final de la historia que protagonizó para nosotros con la naturalidad del actor que finge desconocer la trama de su última y grandiosa obra.

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