El navegante

Cuando el piloto de un avión comercial alza vuelo se va despegando de su familia, de sus amigos, de su hogar.

El avión, a medida que va llegando a velocidad de crucero, se dirige a un punto que se pierde en el indefinido horizonte. Hacia allá marcha, hacia ese destino en la pequeña cabina donde la foto de una hija decora el enorme tablero.

Cruza los mares, atraviesa diferentes tiempos, siempre en una marcha imparable y melancólica. El navegante de los cielos se halla entre los seres más solitarios que habita en este pequeño mundo.

El destino, así, se va borrando: una noche en Madrid, un amanecer sobre el Atlántico, una tarde en Nueva York, todos los días cada vez más lejos de su origen.

Se dice que volar es ir hacia la auténtica libertad, cuando en realidad sobre las nubes va planeando su propio abandono. Una mañana en Chicago, un mediodía en México, una noche en Buenos Aires.

¿Hacia dónde vamos cuando en la inmensidad de los cielos nuestro punto de referencia ha quedado lejos? ¿Cuál es el verdadero destino del navegante? ¿Dónde se apoya cuando alrededor sólo hay nubes dispersas? En la noche de su propio tiempo le ciega un sol que no es suyo, en su mañana ve el brillo de una luna roja.

El avión va descendiendo, toca tierra, los pasajeros bajan y en unos minutos subirán otros. Así es la vida del navegante. La foto de su hija, en el tablero del avión, permanece como recordatorio de aquel lejano punto que es su hogar. En ese momento su hija empieza a caminar, ríe, su corta edad le impide llorar por la ausencia de su padre. El dolor nunca golpea mientras no somos conscientes, el dolor (así como el amor) es una emoción que implica estar despiertos.

Es por eso que últimamente elije destinos largos donde pueda dormir. Así marcha su vuelo, entre los sueños en donde está cerca de sus cosas. El avión sigue su vuelo, otro destino, cada vez más lejano, cada vez más cercano al abandono. Sueña, así no le dolerá no estar junto a su hija.

El avión nuevamente desciende. Ha llegado a su hogar, baja las escaleras, en cada destino le ha comprado un regalo a su hija que le espera junto a su esposa. Llega hasta ella y la abraza. La vida del navegante de los cielos es estar lejos de su origen. Cada avión que surca el cielo no marcha hacia un destino en concreto. Simplemente, se da al abandono en la inmensidad de los cielos.