Hubo un tiempo en el que contábamos, todavía consternados, que Kurt Cobain cumplía apenas tres o cinco años de muerto. La música de la banda que creó para distraerse de una vida gris en el gris y lluvioso noroeste estadounidense seguía sonando con frecuencia en las radios y sus videos ocupaban la rotación diaria de MTV.

El tiempo se empeña en alejarnos de la conmemoración de fechas que ya dejan de despertarnos el mismo interés de antes, y así cada 8 de abril pasaba como otro año más de la muerte de Cobain. Sin quererlo, de tanto que recordamos esa fecha dimos a poner en un segundo plano su obra musical: Nirvana, más que la banda, más que el trío de desaliñados genial que cambió la música y enterró toda la frivolidad de la década de los ochenta, era para muchos una banda marcada por el suicidio de su cantante.

Hoy se cumplen veinte años de la publicación del disco que los catapultó a una fama inesperada, Nevermind, un disco que, de una manera u otra, nos hizo a todos los que lo hemos escuchado personas diferentes. Es momento de reivindicarlo no solo como una obra maestra, genial y vigente, sino como un disco con el que hemos crecido en los últimos veinte años y que forma parte inseparable de nuestras vidas.