Una ONG europea organiza una recolección de ropa para enviarla a un país africano. Llegan toneladas de ropa gratis a un pueblo perdido en el mapa y cientos de habitantes la reciben con entusiasmo. Gente empobrecida empieza a usar zapatos Nike, franelas Lacoste. En el país europeo, chicos con franelas del Che se felicitan por smartphones. Sin quererlo, y en contra de sus ingenuas voluntades, han ocasionado un efecto inesperado. La única fábrica de ropa en aquel país africano, que daba trabajo a unos cien empleados, ya no puede competir contra la ropa gratis. Quiebra. La pobreza se expande entre los antiguos empleados de la tienda. Se genera una población parasitaria que ahora quiere más envíos. Estallan motines de insatisfacción textil. // Esta idea no es mía. Es la base de un relato de uno de los Nocilla de Agustín Fernández Mallo. Y aunque sale de la ficción, me ha hecho pensar en la cantidad de veces que detrás de muchas cosas que creemos que son buenas y desinteresadas está la prolongación de muchos males. Cuando donamos algo para que la gente sólo reciba y con ello solucione momentáneamente sus carencias, no estamos ayudando realmente. Lo que se debería hacer es donar material industrial para construir fábricas y con ello darles las herramientas a quienes lo necesitan para que hagan algo y con ello solucionen sus problemas.