Last Days

1

Durante los próximos días un evento deportivo en Venezuela hará que muchas personas hablen sólo de eso. Iré a cenar como cada viernes fettuccini a la carbonara en el mismo restaurante de siempre, aunque esta vez el cambio serán las enormes pantallas dispuestas en cada esquina que me reventarán los tímpanos mientras quisiera clavar el tenedor al ebrio de la mesa de al lado que ante cada jugada de eso escupe su carpaccio que come como plato principal. Las expectativas vitales de sujetos así han involucionado al swing del bateador de turno: que la pelota traspase la barrera del homerun y golpee entre ceja y ceja a un espectador infortunado constituye su mayor felicidad esa noche y de toda la semana.

Saldré con mala digestión y el taxi que tomaré en la puerta lo conducirá un hombre obeso que lleva sobre el tablero de su viejo carro un pequeño televisor que consume tanta batería que, a la vuelta de la esquina, el taxi se detendrá a mitad de la avenida. El taxista obeso, en lugar del peligro de que un camión pierda los frenos y nos mate, se preocuparía porque dejó el inning con bases llenas y en la caja de bateo estaba un bateador tan gordo como él, ya que en ese deporte la condición física no importa ni los controles son habituales: ello explica la cantidad de récords rotos a punta de pinchazos de esteroides.

2

Llegaré a casa sin ánimos de salir porque así serán estos días mientras dure eso. Veré personas que se cuentan chistes malos de eso, que se dan palmaditas en el hombro por eso, que generan falsas pero amigables disputas por eso. Encenderé el televisor y veré a periodistas que simulan romper un protocolo de seriedad que nunca han tenido cuando vomitan sus noticias amarillistas mientras hacen chistes fáciles que preceden a que saquen [oh, sorpresa] de debajo de la mesa una gorra de su equipo o un barco de juguete o un peluche de león y se enfrenten (claro, amistosamente) entre ellos, entre ellos y los camarógrafos —a quienes se empeñan con un tufillo de conmiseración en hacerlos «parte del equipo» que hace posible el noticiario (como si esos periodistas tuviesen los mismos intereses y preocupaciones de unos camarógrafos que se mueven por la ciudad peligrosa en autobuses destartalados y terminan acalambrados de tantas horas parados y moviendo la cámara)—, entre ellos y la audiencia anónima que mira del otro lado de la pantalla, juegos de naturalidad que cada año esos mismos periodistas repiten la misma farsa ordenada por el productor cínico interesado solamente en atraer a más incautos espectadores que caen en la trampa de tanta «familiaridad» de unos periodistas que son como tú.

La prensa seria se degenerará en titulares a página entera dedicada a ese evento; los cohetes y las caravanas nos aturdirán y por un buen rato olvidaremos que la realidad nos lleva al naufragio o a ser devorados por bestias reales. El deporte tiene el lujo de comprar a precio barato nuestros infortunios: nos seduce, nos hace olvidar que tenemos cuentas por pagar con un sueldo que cada vez vale menos, que la renta o la hipoteca del apartamento se vence mañana, que las tarjetas de crédito están infladas de deudas, que los niños están enfermos, que el carro seguirá muchos días más en taller porque no hay cómo pagar la reparación, que el presidente cada día ordena fabricar leyes a un parlamento que ha perdido su esencia civil envilecido por la PESTE MILITAR, y actúan como eso: como serviles soldados.

Internet no escapará de eso: nuevos blogs y páginas que estimaba serias engrosarán la lista de las que les perdí el respeto el año pasado.

3

A los que no nos guste eso, nos queda hacer como el atribulado Blake de Last Days: retirarse lejos del bullicio durante estos días consagrados a eso y, finalmente, renacer de la conflagración bestial que estos días arrasará con todo y con todos. Cuando todo termine tendremos un año de tranquilidad: el próximo año las mismas llamas de la brutalidad regresarán. Me retiraré al mismo lugar de siempre. Nunca dejo de hacerlo.