Ocaso (2000)

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Imagen tomada de Flickr

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La fecha de este amanecer no podía ser más premonitoriamente paradójica: primero de enero, un nuevo año que empezaba.

En la urbanización todo, o aparentemente todo, era calmo. El rugido constante de las máquinas de la envejecida y desamparada zona industrial cercana había cesado unos cuantos días atrás, y el tráfico de las autopistas era bajo e inconstante. Tan sólo se oía lejano el crujir del riachuelo sucio como indicativo de una persistente continuidad en una durmiente ciudad paralizada por los festejos prolongados de la noche anterior.

—Voy a caminar.

En los edificios, entre sus estrechas calles particulares y sus plazuelas vacías, tal era el silencio que retumbaban los murmullos árabes de una discreta familia maronita. Un pájaro, alguno pequeño y luchando contra el viento, se atrevía de cuando en cuando a revolotear por los cielos, y su canto parecía hermoso.

La noche la había pasado conversando con Alejandra. Desde que meses atrás dejó rencorosamente a su familia, ella era la única persona que él tenía. Y por momentos había sido extraordinariamente feliz; como anoche, mientras conversaban gratamente sentados al filo del balcón, musitándose al oído las palabras de los jóvenes enamorados.

El día había cambiado…, y algo lo había impulsado a abandonarla.

—Cierto desagrado —se decía, sentándose pesadamente en la banca de una plazoleta.

No quería herirla…, ¿cómo podría herirla? Porque en realidad lo que quiso decirle fue: «Hoy quiero estar solo». Pero no lo hizo no por discreción, que nunca la tuvo, sino por el más elemental conocimiento de la contradictoria naturaleza humana que oscila rápidamente entre territorios beligerantes, entre la alegría y la tristeza, entre el deseo de compañía y la soledad absoluta.

«¿Era esto lo que habías buscado desde pequeño?… Siempre lo consideré esquivo para mí —pensó, mirando su reflejo en un charquito de lluvia a sus pies. Había llovido la noche anterior y llovería los días siguientes—. ¿Acaso era esto lo que esperabas, capaz de mover el alma hacia una existencia más gloriosa? Y ahora, todo parece tan ordinario como resulta una conversación sobre cualquier trivialidad. Todo queda reducido a la precariedad de lo real. Dónde quedan esos momentos de felicidad (si alguna vez existieron). Tal vez nunca dejé de ser el mismo torpe y lo dejé pasar frente a mis ojos…

«¿Hacia dónde voy con ella? Ella no se merece alguien como yo, un torpe como yo incapaz de ver la grandeza en lo más ordinario. Quizá eso sea el amor: alegrarse con lo pequeño. Yo, en cambio, desde la oscuridad veo todo llenó de intolerables imperfecciones humanas. Hace pocos años me sentaba aquí y miraba con extravagante desagrado cómo dos jóvenes se acariciaban las manos, manos que minutos antes podían estar con barro y sangre; cómo se besaban ingenuamente, y todo eso me parecía tan grotesco…, ¡y aun así quería vivir mi amor!

«Porque eran parte de mis sueños…, cuando el amor para mí era sueño y grandeza, y no ahora, cuando vivo en la realidad con una mujer hermosa y todo me parece terrible. No hago más que engañarla…, en sus ojos y palabras encuentro la dulzura que siempre esperé de una mujer, el aprecio y el respeto…, tan sólo para un simple idiota como yo que trato de reflejar sus sentimientos. Antes me dolía no tener a nadie a mi lado…, ahora lo tengo y no lo quiero. Mira hacia los lados, el silencio verdadero me atrae. El amor, el verdadero, el sublime y fantástico, el capaz de engendrar la auténtica belleza, tan sólo vive en la imaginación. El otro, el de carne y hueso, es imperfecto y muere como todo lo humano».

—Hoy diré adiós.

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2 lectores han participado en el tema «Ocaso (2000)». Únete a la discusión y agrega tu comentario.

  1. 24 nov 2008 en 9:24 pm María Fernanda Osorio

    Recibe este rostro mío, mudo, mendigo.
    Recibe este amor que te pido.
    Recibe lo que hay en mí que eres tú.
    Alejandra Pizarnik.

  2. 24 nov 2008 en 9:40 pm Álvaro Rafael

    Estar

    Vigilas desde este cuarto
    donde la sombra temible es la tuya.

    No hay silencio aquí
    sino frases que evitas oír.

    Signos en los muros
    narran la bella lejanía.

    Alejandra Pizarnik.

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