Advertencia sobre tema polémico: esta es una entrada que constituye una opinión del autor, y como tal puede prestarse a controversia u ofender a toda persona que discrepe de las posiciones y visiones del autor.

Desfile militar

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1. El militarismo latinoamericano

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Mientras el mundo en general progresa de la mano de la tecnología, Latinoamérica, en general, sigue viviendo en un profundo retraso económico, político, cultural y social. Dejemos a un lado las excusas complacientes y centrémonos unos minutos en nuestra historia común.

¿Por qué mientras Estados Unidos es el país más avanzado del mundo sus vecinos del sur seguimos en el atraso? Basta con ver la Historia: mientras los revolucionarios estadounidenses una vez acabada su Guerra de Independencia dejaron las armas y subordinaron el poder militar al poder civil, en nuestro caso ocurrió lo contrario: el poder civil nunca creció y siempre, hasta nuestros días, estuvo sometido ante un poder militar que, sin sonrojarse, se creyó dueño y continuador de nuestras luchas independentistas, lo cual lo facultaba para acceder y controlar al poder.

En la mente de nosotros, los latinoamericanos, se fue conjugando la dependencia absoluta al elemento militar. Eran los militares a quienes los civiles recorrían para salvar patrias o para refundarlas. Las leyes, en lugar de recoger el afán civilizador, se convirtieron en manuales de uso a discreción para los caudillos de turno.

Hace unos años los venezolanos votaron a favor de un militar que traería orden a un país arruinado por «gobiernos civilistas corrompidos». Fue un error. Ahora, muchos de esos venezolanos claman el retorno de otro militar para que solucionen el problema que muchos de esos mismos venezolanos causaron.

La solución no está en los militares, los militares son la causa del problema.

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2. ¿Para qué sirven los militares?

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Ahora, para nada. El militar latinoamericano se formó no tanto para la guerra (que, al fin y al cabo, nunca las hemos sufridos como los europeos, quienes aun así han logrado levantarse para vivir en la prosperidad) sino para dos cosas: controlar el poder mediante golpes de Estados o acceder a posiciones de poder que les beneficien personalmente. Así de sencillo. El hombre latinoamericano que ingresa en la milicia no lo hace para defender a su querida patria de guerras posibles: entra a la milicia para acceder al poder o para ubicarse en posiciones que le sirvan personalmente.

En los actuales momentos, un golpe de Estado es una acción política desprestigiada y reprochable. Sea de derechas o de izquierdas, ningún dictador, en los actuales momentos, podrá escapar de la condena internacional, la cual se propagará con una rapidez que no había anteriormente cuando había golpes a diario. Un Pinochet en la era de la Internet, de la televisión satelital masificada o de la justicia globalizada no habría durado meses en el poder.

La función actual de los militares, así, se ha dirigido exclusivamente a la ubicación en zonas de poder, con toda la podredumbre que ello implica. Un militar de hoy, sabiendo la imposibilidad de las guerras, dirigirá su atención al control de lo único que justifica su existencia actual: el poder, el poder político. Resulta ingenuo creer que un militar hará un buen gobierno porque un militar no actúa como un civil, está construido para no pensar (y pensar es el requisito fundamental para hacer un buen gobierno). El civil disiente, escucha; un militar, no. El militar está hecho para obedecer órdenes y darlas. En su pensamiento altamente jerarquizado radica la facilidad con la que se le corrompe: el militar tenderá a situar en lugares de poder a sus allegados, a los cuales dirigirá de forma cuartelaria, que es la única forma natural que conoce. Un militar, a diferencia de un civil, no dialoga: decreta, impone, ordena, su voz no puede ser contrariada porque ello sería un desacato a sus órdenes, y así, con tanto poder en sus manos que va acumulando, la corrupción es el resultado a esperar.

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3. Los militares no son la solución, son el problema

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Venezuela, y Latinoamérica en general, ya no necesita de ejércitos. Para avanzar como naciones civilizadas, lo que debemos es desterrar de nosotros la figura del caudillo y construir un verdadero hombre nuevo que no se levante en base a las armas sino al respeto absoluto a las leyes. La figura del militar bueno, la figura del militar progresista, seguirá engendrando más problemas y ninguna solución. Nuestros militares, en la actualidad, ante la ausencia de guerra (su motivación existencial) están únicamente para dominar de manera corrupta y absoluta el poder.

La salida para el actual gobierno no es la sustitución del teniente coronel Chávez por otro militar (un supuesto militar bueno), ya que ello sólo estaría legando un problema a nuestras futuras generaciones, les estaría arrogando a ellos nuestros errores. Estamos padeciendo en estos momentos la culpa de nuestras generaciones anteriores, tratemos entonces de extirpar de nuestras conciencias la ingenua e imposible concepción del caudillo bueno y comencemos a desarrollar un espíritu cívico y democrático que se oponga a todo tipo de militarismo que, por su simplificación de las cosas (parafraseando a un colaboracionista-militar venezolano), es esencialmente antidemocrático y totalitario.

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