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El derrumbe – Parte 1

El derrumbe - Álvaro Rafael

[Viernes, 10.35 pm]

El edificio en el que vivo se caerá a pedazos en cuestión de horas y no tengo adónde ir. Ningún pariente cercano y mis pocos amigos hace años que se largaron del país. En algún momento pude intentar ser como uno de ellos. Llevar una vida plácida en Madrid estudiando algún postgrado eterno o en San Francisco limpiando mesas en un bar insignificante, distanciado de las preocupaciones de aquí, mientras dejaba curtir mi piel con el sol abrazador o el frío penetrante que se soporta con la resignación característica de quienes todavía esperan el advenimiento de esa prosperidad informe que, cuando éramos niños, nos vislumbraron para nuestro futuro. Quizá parezca que lamento no estar allí con ellos, o que me mueve la envidia por esas historias que ellos van construyendo (o creen construir). Lo cierto es que no es así. Pude intentar ser como uno de ellos, ya lo dije, pero simplemente pasó que se diluyó esa voluntad indiscreta por alcanzar el sentido a las cosas o como quieran llamarlo (y que, al parecer, se consigue muy lejos de aquí). No hace falta idear excusas que me absolvieran ni buscar verdugos a quienes luego darles el rostro de la culpa. Te cansas, así de sencillo, estás acostumbrado a creer que los grandes momentos de la vida llegan entre estallidos de euforia o embates de decepción, pero suele pasar que ocurren sin tanto brillo y sin testigos, y dejas de luchar. Es como si arrojaras por la borda los remos de tu bote y te entregaras a la deriva de las corrientes caprichosas de un mar pantanoso. Y eso te tiene sin cuidado.

Esperas llegar algún día a los límites de ese lodazal y desembarcar para asentar tus pies por primera vez en mucho tiempo sobre tierra. Ser el descubridor de un nuevo mundo y abrirte paso entre la maleza con la certeza de que estás por encontrar esa indefinida razón que te explique que todo ese tiempo a la deriva tuvo algún sentido. Sin embargo, hoy mi bote imaginario encalló en una orden de desalojo y por las grietas el agua penetró a borbotones para empezar a engullirme.

De golpe te encuentras con que no tienes nada, muy poco dinero en los bolsillos y ningún número al que telefonear para renunciar al orgullo solicitando auxilio, das vueltas al azar por las calles o quizá forzando las circunstancias buscas la familiaridad de lo conocido y caes en tus últimas horas del día en Discovery, buscando rabiosamente aire fresco entre la humareda de cigarrillo que flota en un bar donde ahora apenas reconoces muy pocos rostros, como invadido por una determinante irracionalidad que te guía a evitar que te quiten tu apartamento en un edificio que se está desmoronando, y comprendes entonces que ese espacio convertido en un muladar es lo último que te arraiga a esta ciudad que detestas.

Hay ruido de fondo, las conversaciones se superponen entre sí y los pocos que siguen hablando lo hacen entre gestos de gritos que se pierden en el bar. Mi voz empieza a desentonar y busco refrescar mi garganta inadaptada a esta clase de monólogos con agua que termina sabiéndome a lavanda. Al otro lado de la mesa circular Alfonso se lleva otro cigarrillo a la boca, enciende el yesquero y la llama ilumina su rostro y el de la chica que le acompaña. Me parece ver en ellos la sorpresa con lo que les acabo de contar. Frecuento esta mesa, por lo cual no me extrañó que me consiguiera sentado acá. Me vio, me saludó y se sentó con su amiga para saber cómo estaba, como si acaso hubiera habido alguna vez empatía entre nosotros. Lo demás que escucho no lo esperaba.

Mientras doy un sorbo más a mi copa de agua Alfonso me pregunta, con el cigarrillo bailando entre los labios, si me quedaría para escucharlo tocar esta noche. Se inclina sobre la mesa, hace un ademán con la mano para que me acerque y al oído me dice en tono confidente que esta noche Pionia subirá de improvisto al escenario. Será la última presentación que dé con su banda en el país. La semana que viene se irán a probar suerte en Barcelona. No sé qué decir o qué espera que diga. Se me borran las ideas de la cabeza, algo me sabe peor que el agua, no es esa inesperada partida, que en el fondo no lamentaré, y no tardo en darme cuenta que es la mención de aquella ciudad, bañada por el mar pantanoso en el que voy a flote, lo que me desencaja.

Comprendo entonces que detrás de sus evasiones previas está la construcción de la manera de preguntarme si quiero que le lleve algo de mi parte a Patricia. O si deseo que le diga su hermana que me envíe de vuelta las pocas pertenencias que dejé allá. Nada más desagradable que la devolución de lo que antes compartías. Esa manera de desmontar lo que antaño te costó erigir. Aprovecho la pausa y me separo de la mesa. Con un extraño fervor continúo y les detallo lo que haré en las próximas horas. Las manos me tiemblan pero el ánimo sigue imperturbable. Unas palabras salen atropelladas y otras sin intención están impregnadas de eufórico convencimiento. Por instantes me veo a mí mismo como un héroe macabro. Como el redentor de la ruina. Hasta que acepto la pequeñez de mi papel y mi emoción se desmorona. Minutos después admito el planteamiento de Alfonso sobre la dificultad para ingresar a un edificio precintado, y no me importa.

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2 comentarios

  1. /Me atrapó el comienzo, pero me perdiste a partir de “mientras dejaba curtir mi piel con el sol ” y pillando que era un párrafo largo)

    Ze

    • Gracias por esa observación, Ze

      La verdad que a partir de allí la narración se pone pesada, aunque es algo necesario por la forma como el protagonista narra la historia. En el resto de partes se notará más ese detalle casi obsesivo de narrar lo que vive.

      Saludos!

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