El derrumbe - Álvaro Rafael

La chica, pelirroja y frágil bajo un vestido floral y un cintillo retro, atiende cada palabra que voy diciendo. Alfonso, por el contrario, alza las cejas gruesas, cruza los brazos sobre su apretada chaqueta de cuero negra y me mira con esa mezcla de consternación y asco que me resulta tan familiar. Sé que muy pocas cosas de las que digo guardan relación con el comentario precedente de mi interlocutor. Mi lenguaje oscila entre explosiones y pausas propias de quien no sabe conversar. Por eso prefiero no hablar. Así que no los juzgo porque me tomen como un tipo extraño. Tampoco que me interese mucho.

Alfonso le susurra algo a la chica y ambos ríen. Hay un momento de silencio que se prolonga acompañado por la selección musical de fondo. Es noche dedicada al rock argentino y la chica se aventura a hablar, su voz melódica discurre acerca de la canción de El Otro Yo que ahora revienta mis oídos. Ni Alfonso ni yo la seguimos. Él la interrumpe para sugerirme en un afectado tono paternal que no cometa idioteces. Me dice que si realmente tengo cosas que dejar, que las deje antes de salir al encargado del bar, un amigo suyo, y señala el bolso que he traído. «Te espero ver entre el público a la medianoche», dice. Salta del taburete, recibe saludos de las groupies que siempre le rodean, firma autógrafos sobre la tapa del primer disco de Pionia y se pierde entre la gente de Discovery. En un bar con apenas un reflector sobre la tarima pierdes de vista a tu interlocutor en cuanto se aleja dos o tres pasos.

Inclino sobre mi copa ahora vacía una de las botellas de Absolut que la casa le ha invitado a Alfonso. No sé preparar tragos y los dos cubitos de hielo que dejó caer salpican la mesa y luego sirvo concentrado de naranja y jarabe de granadilla a mi gusto: hasta ver que la copa se tiñe de rojo sangre. Suena «En la ciudad de la furia» y al levantar la mirada me consigo a la chica mirándome con ojos brillantes como los de un gato. Me pide, alucinada por la canción, que le siga hablando de cómo entraré al edificio. No le respondo de inmediato y en realidad pienso, por primera vez en la noche, si el edificio se ha adelantado al plazo de desalojo. Pienso si las numerosas llamadas a mi celular que no le he respondido a la presidenta de la junta de condominio —quien en los últimos años ni siquiera disimulaba su sospechosa indolencia ante el acelerado deterioro del último edificio residencial entre nuevas torres empresariales— han sido para informarme que mis pertenencias se encuentran desperdigadas por el bulevar, antes ocupado por pretenciosos cafés afrancesados y donde ahora se arremolinan puestos de comida mala que expiden un olor atroz.

No lo sé —respondí.

Si hay alguien a quien llamar lo desconozco. Lo único que tengo, además de este apartamento, es un trabajo, añadí esta mañana, con rara naturalidad y sin que viniera al caso, al funcionario municipal que me notificó la orden de desalojo y que me preguntó si tenía adónde ir. Extrañado por mi comentario me repitió con voz artificiosa que mi vida corría peligro. Que el gas cortado a último momento evitó una catástrofe cuya posibilidad, sin embargo, podía darse de otra forma ante el colapso estructural de la planta baja.

Miré al funcionario hacer su trabajo y descubrí que el mío resultaba menos insoportable. Nunca me ha agradado. Aunque por lo menos me sirve para cubrir mis necesidades y mantener ese apartamento que heredé de mi abuela, decorado con un lujo Art decó que tanto vigiló ella y que apenas pones un pie fuera contrasta con un edificio gris y minimalista que me despierta cada mañana con el estruendo de otro fragmento que cae.

Así que no puedo irme; no tengo en dónde quedarme —y cerré la puerta.

La chica intenta una sonrisa de asombro. Enseguida la debe asumir como desconsiderada y le da otro sorbo a su coctel fosforescente. He olvidado su nombre, pero tiene más o menos mi edad y parece interesada en mi historia. O quizá no conozca a nadie más en Discovery y la música de fondo la mantiene en un éxtasis que considero para mí.

Tuve que recoger algunas cosas, prosigo, y guardarlas en el primer bolso que hallé. Un bolso ridículo con el logo estampado de Mercadona. La media mañana me cayó encima y salí a través de una puerta trasera del edificio que da hacia un patio cubierto de maleza. El edificio estaba precintado. No lo noté entonces, pero ahora que lo veo huí de mi propio edificio como un delincuente sin delito, pienso. Salté unos bancos de piedra derrumbados, bajé por la estrecha y oscura calle secundaria y llegué a la esquina en donde está la parada del autobús que me conduce puntualmente a mi oficina.

Llevo cinco años repitiendo el recorrido de la puerta del edificio a la parada de autobuses y de la parada final a la puerta de la agencia. Lo único que ha permanecido estable, junto con los saludos siempre habituales y monocordes de mis compañeros de trabajo. Incluso he llegado a sentir cariño por esos saludos y cualquier disonancia altera mis nervios. Últimamente quiero que las cosas sean como siempre, o como estimo que deberían ser siempre: sin sorpresas.