El derrumbe - Álvaro Rafael

[11.26 pm]

Había sido despedido. Por supuesto que no le dije esto a la chica cuando me preguntó en qué trabajaba. Ni siquiera quiero pensar mucho en ello, pero es en vano, la cara de mi jefe aparece en mi imaginación de manera intermitente desde la mañana. Aunque no puedo definir si su rostro es de complacencia o indiferencia. Ha sido incapaz de decírmelo en persona. Simplemente mi carnet electrónico no pasó la prueba de los torniquetes de entrada.

Me sirvo otro trago. Una parte de mí desea responsabilizar al funcionario por llegar tarde al trabajo luego de hacerme perder el autobús. Nunca son puntuales cuando hacen falta. Son esos largos y modernos autobuses que pasan con poca regularidad y que están rotulados con la publicidad de un calzado deportivo, de una nueva línea de maquillaje o de una marca de pañales. Nosotros somos el relleno que se desplaza lentamente por las vías digestivas de la capital.

Pero sé que no es así, que la culpa no es suya sino mía, que es verdad lo que me criticaban esos amigos míos que desembarcaron hace tiempo en el nuevo donde las cosas parecen tener sentido: que soy un irresponsable, que no me tomo nada en serio, que soy una pérdida de tiempo. Crecí con una tía que se refería a un tipo de «autorreproches» como «jugo de culpas»: culparte infinitamente a ti mismo de todo lo malo que ocurriera en tu entorno (tuvieras vinculación o no) para que, cuando ya no tuvieras nada más que exprimir, quedara la cáscara de la modestia y obtuvieras el perdón (de quién, nunca me lo dijo, pero sí decía que cuando te exprimieras tanto nadie sería incapaz de seguir culpándote).

No creo que eso funcione conmigo, pero de todas formas los años de convivencia con ella me volvieron un exprimidor de culpas en potencia, y así, con tales pensamientos en mente sobre el desastre de tipo que soy, opté por caminar hasta mi oficina, bajo un sol con rayos brillantes de esos que sueles ver en comerciales y que presumí luego como la iluminación necesaria para reflexionar sobre el panorama que se me presentaba tras la notificación de desalojo.

Mientras caminaba bajo esta nueva perspectiva comprendí que verme obligado a marcharme era algo así como el accidente necesario para recobrar las fuerzas con las que tomar los remos arrojados al mar y dar la batalla antes que hundirme con indiferencia. Replantearme las cosas, encender las alarmas por esta despreocupación con la que ando por la vida. Al menos debería inquietarme el paso de un tiempo que no me deja nada. Nunca he luchado contra mi realidad cronológica, incluso debo repasar todas las circunstancias y hechos que me han llevado a ser quien soy para recordar tras largos minutos la edad que tengo. Lo cierto es que ya me encamino a los treinta. Pensé en enfocarme en desempolvar el título universitario que saqué y conseguir un trabajo con mejores perspectivas. Respetar horarios. Cumplir con ciertas formalidades. Incluso establecer una relación seria, formar una familia (aunque carezca de los mejores modelos para hacerla).

Mi tía era desconfiada, malhumorada y el aneurisma que la atacó de joven la empotró en su eterna mecedora. Desde allí se las ingenió para manejar (o dar la ilusión que lo hacía bien, porque nunca pasamos grandes privaciones en ese tiempo) los negocios que dejó mi abuelo. Ella es el único modelo de familia que tengo, una mujer de la que esperaba la mañana en la que no me respondiera mis buenos días. La muerte, que extrañamente la esquivaba a ella, se encontró primero con mi abuela viuda, que era una mujer robusta, saludable, de pocas palabras y menos afecto, de quien no solo heredé la fortaleza física y la parquedad, sino también el apartamento en el que ahora vivo con las horas contadas.

Al poco tiempo me marché a vivir allí, sin que mi tía se opusiera. Lo único que le importaba era su mecedora. Cuando al poco tiempo de mi mudanza ella murió por causas que atribuyeron vagamente a su mal estado de salud crónico, fue la mecedora lo único que dejó escapar el embargo que devoró sus demás bienes, incluidos los que dejó mi abuelo. Ahora la mecedora permanece quieta junto a un mostrador de terracota en el que nunca ha habido fotos de parientes.

Ya estaba sentenciado cuando llegué a la agencia. Desde hacía semanas mis responsabilidades habían sido anuladas, aunque no supe atribuirlo a nada en concreto. Hoy me habían tendido el anzuelo de mi despido y en mi mesa reposaba a primera hora una tarea impostergable.

El guardia de seguridad, tras advertir mi ruidosa y desesperada insistencia por hacer pasar el carnet, se acercó con su habitual modorra [es uno de los que va temprano en esos autobuses largos] y con aliento a comida mala [desayuna en el bulevar] dejó escapar un saludo lamentable. Estiró la mano que sostenía con asco el sobre de rr.hh. En la misiva alegaban, en un batiburrillo de paternalismo, compasión y tecnicismos que, debido a mis innumerables ausencias, retrasos laborales y quejas de mis compañeros [de saludo monocorde] por mi falta de colaboración, no podían contar más con mis servicios y me recomendaban que ni siquiera buscara las cosas que tenía en mi oficina, que me las enviarían sin costo a mi domicilio.

Al fondo del sobre se mecía un cheque a mi nombre con el sello de la agencia. El monto estaba libre de compensaciones y beneficios laborales. Si bien el trabajo era lo único estable que tuvo mi vida en los últimos años, jamás me ocupé en regularizar mi situación laboral. Mis ahorros devaluados se habían evaporado en los últimos meses haciendo reparaciones en el apartamento: filtraciones, grietas en el techo, escape de gas, fallas eléctricas. Con lo del despido apenas me alcanzaría durante un mes para comprar comida y ahora debía desalojar de inmediato.

La chica me felicita por el excelente trabajo que para ella todavía tengo y pide otro coctel. No sé si los últimos siguen yendo a cuenta de Alfonso o si me tocará pagarlos y apenas tengo dinero en efectivo para el taxi. No sé cómo decirle que deje de beber. El repertorio musical me sorprende con una inesperada canción de Divididos y ella empieza a contarme de su vida: es estudiante de letras, ganó un premio universitario de poesía y dedica su tiempo libre a fotografiar a los ancianos que van a las plazas. Está armando un libro con sus nuevos poemas y fotografías que publicará por su cuenta y las ganancias las donará a alguna institución benéfica. Cree en los cambios políticos y se enorgullece en contar su visión idílica del mundo. Aún se puede luchar contra el sistema, sentencia con firmeza. Quisiera entusiasmarme otra vez con las tonterías que dice, quisiera creer que la vida moderna permite vivir con ideologías en la cabeza y hambre en el estómago. Tan solo logro levantar la copa cada cierta frase en señal de aprobación. Hace tiempo que renuncié a la fantasía. Quizá esté madurando como me pedían mis amigos.