El derrumbe - Álvaro Rafael

[En algún momento]

Tenemos la mala costumbre de fingir sorpresa por la ocurrencia de los malos momentos como si no tuviéramos responsabilidad en ocasionarlos. Somos quienes contribuimos de manera consciente o no con ajar las paredes de nuestro hogar, los que precipitamos los derrumbes y los que luego decimos con incredulidad encima de los escombros que no sabemos cómo pasó todo esto.

Podría insistir por horas y de manera convincente en que no sé cómo comenzó este derrumbe. Podría decir que al principio fueron unos leves temblores que enviaban señales confusas de que todo estaba por desmoronarse: un día eran palabras amorosas de ella, otro día no sabía nada de ella. Otro día ella bromeaba diciendo que yo debía buscarme otra pareja que tuviese más tiempo para mí y yo reía nervioso y la callaba con un beso, reparando una grieta mientras se abría otra. Los temblores fueron volviéndose cotidianos y cada vez más sonoros. Huía de ellos recluyéndome en el trabajo, creyendo escapar de un derrumbe inminente. Por aquel entonces empezaron a aparecer en el techo de mi apartamento grietas y una noche el ascensor se desplomó desde el último piso despertando a los pocos vecinos que aún nos resistíamos a abandonar lo que teníamos.

Pero te mentiría burdamente si te dijera que me tomó por sorpresa ese momento cuya llegada esperaba. Tal fue mi antisorpresa que, cuando se desplomaron los últimos pilares que soportaban la estructura deteriorada de mi relación con Patricia, me sentí aliviado. Libre de presión sobre mis hombros. Por fin estaba lejos de ese desastre para contemplarlo desde una distancia segura. Para lo que no estaba preparado era para conseguirme a los pocos días cara a cara con el dolor que dejó el colapso.

Cada noche posterior me vi hundido en el puf de la sala sin nada más que hacer que especular sobre qué estaría haciendo ella o quién estaría ahora riendo o encender un cigarrillo hasta borrar mi mente o mirar mi reflejo en la pantalla de un televisor que permanecía apagado porque la electricidad del edificio la cortaban a las 6 pm y así en un silencio que ardía como fuego corría el tiempo hasta que la luz me indicaba que debía marcharme a la oficina y luego la oscuridad que debía volver al apartamento para transitar otra noche igual a la espera del sueño y luego ver que despertaba con la enorme cama solo para mí para repetir otro día igual en una continuación ilimitada del derrumbe.

No tardé en desarrollar terror a quedarme en mi apartamento, por lo que empecé a pasar mucho más horas en la oficina de las que antes pasaba. Horas extras sin remunerar. Todo para estar alejado del apartamento. Todo para que la oscuridad de la noche ocultara durante el viaje de regreso en el autobús que en el asiento de al lado ya no estaba Patricia. Que no había nadie a mi lado que llevara gafas enormes, nadie que cuando pasáramos por la juguetería que exhibe en su vitrina enormes peluches me dijera sonriente que le parecían ridículos y que esperaba que yo nunca le dejara uno de esos en la puerta de su oficina junto con un ramo de rosas, que tampoco le gustaban.

Sin que el tiempo me ayudara a recomponerme me devoró la melancolía que consagró el apartamento como templo. Caminaba por las habitaciones como guiado por la presencia de la Patricia que amaba. Por los tiempos en los que todo parecía tener orden y un fin. La memoria romántica hizo el resto de borrar las peleas y los engaños mutuos. Pero esta satisfacción ilusoria se esfumaba en cuanto abandonaba mi apartamento. En la calle me invadía un nuevo terror, el de encontrarme de nuevo en el caos previo a Patricia. En ese momento de mi vida en el que no sabía hacia dónde iba, en el que pasaba las noches en salidas inútiles con los amigos en común con Alfonso. En la búsqueda de una razón para trabajar, en las chicas que conocí y que eran tan superficiales como Alfonso. En su hermana de la que todos me hablaban y que conocí una noche tras una reunión en casa de alguien que no me presentaron.

Durante aquella reunión se me acercó Alfonso y me comentó que Pionia estaba por terminar de grabar su primer disco. Esa misma noche se reunirían en Discovery con un director de videos para darle la propuesta de tomar la grabación de «Tótem», el tema del que más se enorgullecían por el hecho de ser el único que tocaban bien. «Ese tipo tiene contactos en Barcelona», me dijo Alfonso, «un tipo medio arrogante y pretencioso, pero el propósito es gustarle para que nos promocionen allá». Yo, por el contrario, le miraba sin esa luz codiciosa que proyectaban sus ojos sobre mi cara. Por donde se viera sus planes eran desmesurados para la realidad caraqueña. «Además, viene mi hermana», agregó, sin ocultar en su tono ese doble sentido que luego él mismo lamentaría. «Es una chica que seguro te gusta; es como tú», dijo, y se rió.

Esa noche perdí de vista a Alfonso en Discovery. Seguro hablaba con el director. Me quedé solo en la multitud. Salí un momento del bar para fumar y la enormidad del cielo nocturno me cayó encima: ¿Qué haré esta noche? Me pregunté, y lo repetí varias veces más: ¿Qué haré esta noche? ¿Qué haré esta maldita noche? Había llegado a un punto en que todo me parecía prescindible y no conseguía encajar en las vidas de ninguno de mis amigos.

Incluso dejé de considerarlos así. Todos ellos iban terminando la universidad y empezaban a encaminarse hacia otros rumbos: matrimonios, corbatas al cuello, hijos. Otros se fueron marchando del país y al parecer viven felices. No se cansan de enviarme fotos en las que salen sonrientes con un edificio emblemático de fondo. Fotos que empezaron a llenar mi bandeja de entrada en correos que abriría mañana, otro día y, finalmente, cayeron en la carpeta de correo basura.

Cuando el remitente me preguntaba en conversaciones inesperadas por messenger que qué me parecía la foto que me había enviado desde el London Eye o Potsdamer Platz, yo inventaba alguna mentira para evitar oírles hablar de anécdotas, y alegaba tras largos minutos de silencio que mi conexión presentaba fallas y me debía desconectar. De igual modo, sabía que al interlocutor de turno ya no le importaba recibir un comentario de mi parte. Nuestras relaciones también habían caído a la carpeta de no deseado.

«¿Qué haré esta noche?», pensé cuando me quedé en la calle con un cheque miserable en el bolsillo. Otra vez la inquietud de años atrás, pero esta vez no llegaría Patricia para compartir un cigarrillo como aquella noche. Otra vez solo tenía un lugar adonde ir y ahora estoy aquí, invadido por la irracionalidad de luchar por un apartamento que mantiene vivo el mejor recuerdo de Patricia. Patricia con su larga cabellera castaña, andando descalza por mi apartamento. Patricia con su gruesa chaqueta militar, sentada en el balcón con un cigarrillo en los labios. Patricia moviéndose con su aire siempre indiferente por mi apartamento eran mis últimos años. No sé si los mejores que he tenido, pero al menos un tiempo en el que tuve algunos propósitos que cumplir. En los que parecía conseguir la ruta hacia algo. Ahora, si pierdo el apartamento todo el tiempo que compartí con ella se alejara como una especie de ilusión, como una nebulosa que pasó por mi vida, un enorme paréntesis de orden, y sería como regresar a la sinrazón previa cuando todo era prescindible, incluso yo.

Volver a ese pasado me produce vértigo, y si termino de precipitarme veré que, en la acera allá abajo, ya no habrá ningún rostro conocido, ni siquiera el idiota de Alfonso estaría aquí.