El derrumbe - Álvaro Rafael

[Viernes, 8.48 pm]

Vagué el resto del día sin nada que hacer. Irónicamente, para ese momento desfilaban uno tras otro los autobuses y me monté en uno. No me fijé en el destino. Era el final de la jornada y el autobús lo llenaban dos grupos que se creían separados por el largo pasillo. Unos eran obreros de la construcción que regresaban a sus casas luego de levantar edificios para familias que vivían felices segregadas del resto de la ciudad. Otros eran jóvenes con aspecto forzadamente emprendedor que sueñan con vivir algún día en aquellas construcciones nuevas, con tener un gran carro y jugar a cambiar el mundo o irse finalmente de este país. El agotamiento y la resignación a esta otra vida, la real, los unía en un resoplo que recorría todo el autobús y que para mí sonaba como la hermosa orquesta de la ruina.

En algún momento estuve sentado junto a los entusiastas. Tengo estudios universitarios, tengo [aún] techo propio, he viajado y también he querido comprarme las mismas cosas. Recuerdo que ahorré para comprarme un Palio usado y alejarme del caótico transporte urbano [para entrar al caótico mundo de las colas]. Con Patricia hicimos planes de viajar por todo el país. Incluso me dijo para recorrer toda Sudamérica. Nos reíamos de nuestros planes exagerados. Pero cuando por fin había reunido para la inicial y voy a la concesionaria encuentro que el precio se había cuadriplicado en menos de un año y el dinero ahorrado con mucho esfuerzo ya no valía para la inicial de nada.

El desánimo en el que Patricia y yo caímos lo compensamos rápidamente dándole una gustosa patada al porvenir. En la ilusión fugaz del ahora gastamos sin pensar en un mañana que seguro estaría mucho más devaluado que el presente. Con mi dinero y con el que ella contaba realizamos parte de los viajes alrededor del país y llenamos el minibar de mi apartamento con vinos y licores que aún esperan por ser terminados. Cuando una noche sin electricidad, acostados en mi cama, Patricia me contó que su padre tenía un piso entre la Gran Vía de les Corts Catalanes y Plaça d’Espanya ocupado eventualmente por un medio hermano que estudiaba en Valencia, no dudamos en irnos las semanas finales del año para terminar de olvidarnos del plan original que nunca fue.

Un viaje que le sirvió a ella para radicarse. Me dijo que ella no quería regresar, y no agregó nosotros. Yo no tenía nada que hacer en Barcelona y había asuntos que prometí resolver acá antes de regresar con ella. Cuando Patricia volvió sin avisar al país para concluir los suyos y despedirse entre lágrimas de sus amigos, no demostró interés en que volviera con ella. Se fue, otra vez sin avisar, aunque ya ella había demolido todo conmigo. Ahora que lo pienso ese viaje abrió una brecha irreparable de intereses opuestos. Nunca regresé, y desde entonces el dinero empezó una vez más a llenar mi cuenta bancaria con fondos destinados a devaluarse.

Luego de varias vueltas el autobús pasó frente a las puertas de Discovery. Me colgué el bolso de Mercadona al hombro y bajé. Me senté enfrente un par de horas a esperar a que abrieran. Entré y al cabo de unos minutos llegó hasta la mesa Alfonso y una amiga, me saludó sorprendido y me preguntó cómo estaba. «Supe que tu banda tocaría», le dije, me lo agradeció muy vanidoso y me dijo que tenía que darme una sorpresa sobre Pionia. «Te espero ver entre el público a la medianoche», me dijo luego, y saltó del taburete.