El derrumbe - Álvaro Rafael

[Sábado, 12.45 am]

Suenan los primeros acordes de «Tótem». Quitando las groupies junto a la tarima, la guitarra perezosa de Alfonso no logra captar la atención del público que sigue dando vueltas por Discovery. Regresa la chica. Se ve terrible. El rímel le chorrea por las mejillas y una línea trémula de pintura labial rojo le recorre hasta la barbilla. El cabello pelirrojo, alborotado, le cubre la cara. Estira el brazo en señal de que no me acerque. Me dice que se siente mal, que ha bebido demasiado y que ha vomitado sobre sus Converse. Le pido que salgamos a respirar aire fresco y en su lugar me responde de mala gana que ha llamado para que la vengan a buscar.

—Esta es una noche muy especial para nosotros —dice Alfonso, desde la tarima, buscando conectar con el público bullicioso.

Quedo nuevamente solo en la multitud de Discovery. Miro a la chica sentada a la mesa, las dos manos sostienen su tambaleante cabeza y entonces se derrumba como una marioneta a la que le han cortado las cuerdas.

—Hemos pasado excelentes momentos en esta tarima —Alfonso, inquieto.

El público voltea buscando el origen del revuelo. Un guardia de seguridad se acerca y levanta a la chica por los hombros como si fuera de trapo. Me pregunta con voz golpeada si la conozco y le digo que estoy con ella.

—Y, así como en todos los momentos de la vida, ha llegado el momento de seguir. De crecer. De ver nuevos horizontes —Alfonso, conmovedor.

Inquieto en lo alto de la tarima, rasga las cuerdas de su guitarra, suelta de golpe:

—Bueno…, esta es la última presentación de Pionia en el país. La próxima semana iniciaremos un circuito de giras por España.

Un aplauso se escapa, luego otro, quizá uno más.

La chica, arrastrada por el guardia, se pierde a los dos o tres pasos y me encuentro flotando en un mar pantanoso. Es casi la 1 am y no tengo en dónde quedarme. Cojo el bolso que está a mis pies y salgo. En mi bolsillo encuentro la notificación de desalojo emitida por la alcaldía. La nota dice peligro inminente de derrumbe y me río porque esta ciudad tiene años en ruinas. Al principio eran leves temblores, de pronto todas las piezas que me constituían empezaron a desprenderse y me encontré despertándome cada mañana con un hueco nuevo que tapar.

Cruzo la avenida y me niego a voltear. No quiero volver a Discovery, no quiero sentir vértigo. A mis espaldas queda el lugar de tantas buenas noches, de momentos con mis amigos que han huido, de ilusiones que exterminé, de la noche en que conocí a Patricia y de las tantas otras que estuve con ella. Todo ahora descansa bajo enormes ruinas y yo quedé fuera. Me había convertido en un superviviente entre las ruinas cuando en su lugar debí haber quedar sepultado en medio de un ruidoso derrumbe.

Detengo un taxi en la esquina. El conductor se niega a pasar enfrente de mi edificio. Alega primero el peligro de la zona, luego habla de que la avenida está cerrada. Me deja una cuadra antes de mi edificio. La distancia me da oportunidad para planificar mi entrada. Lo mejor es entrar en silencio. Meto la mano en el bolso, consigo lo que busco y luego arrojo el bolso junto a una papelera. Soy un héroe silencioso, un héroe macabro, un héroe sin importancia para nadie. Y no me importa. Dentro de mí los escombros empiezan a mostrarse con una belleza inusitada. Entraría violentamente al edificio, luego me acostaría en mi cama, esperaría a que todo colapsara plácidamente.

La noche es fría y cae una llovizna. Una neblina se pega en mi ropa y a cada paso salpico sobre charcos de espeso barro. Unos pasos más, otros pasos. Las cintas que cercaban el edificio han ampliado su perímetro. Comprendo ahora que la neblina que me cubre me ha llenado de los residuos de lo único que me arraigaba a esta ciudad que detesto. La llovizna cobra fuerza y la ropa, empapada de esa mezcla de lluvia y partículas de cemento, empieza a resultarme muy pesada. Poco a poco me va hundiendo a pocos metros de llegar a tierra firme. Estoy siendo engullido por un mar pantanoso. Y ya no me interesa oponer resistencia.