Historia real sobre los esbonistas de conciencia y falsedad e hipocresía de las ONG en la sociedad del espectáculo

Parte I

El precio de la solidaridad

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Hace no mucho caminaba por las calles de Chacao junto con un futuro colega cuando observamos pegado en una pared el anuncio de una ONG internacional para hacer voluntariado en África.

En una extraña iluminación altruista mi futuro colega se vio a sí mismo en la sabana africana o en el desierto del Sahara, postergando su graduación o cualquier interés particular para darle valor a su pequeña vida en la ayuda a los más necesitados. Bajo el irritante sol caraqueño me sentí momentáneamente acompañado por un Bob Geldof criollo, del que le irradiaban rayitos de amor y bondad de su cabeza coronada por un aura mágica.

Durante varios días más pasé por la misma calle y durante todos esos días pensé que muchos más de los que vieron ese anuncio sonrieron con la misma aura angelical y mesiánica: la vanidad es uno de los motores del Progreso Humano, como diría Sabato transfigurado en el perverso y misántropo Juan Pablo Castel de El túnel, y «se encuentra en los lugares más inesperados: al lado de la bondad, de la abnegación, de la generosidad». Es la vanidad de la modestia en acción.

—Tengo que llamar, ¡necesitamos ayudar! ¿No entiendes que el Mundo te llama a veces? —diría mi futuro colega; pero como no sé qué diablos pasó por su cabeza, imaginemos que algo así habría pensado porque en efecto anotó el número, lo guardó y al cabo de unas horas llamó a la ONG de ayuda africana.

Imaginemos también cómo fue el cortocircuito que apagó los rayitos de su aura en cuanto comprobó cómo era el asunto.

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El asunto es que tenías que pagar 4 mil dólares para recibir un curso de voluntariado en una paradisíaca isla caribeña, rodeado seguramente de negritas en minifalda y con sostenes de coco sirviéndote un mamajuana. Un momento…, lo olvidaba: el pasaje y la estadía por tres meses los pagabas tú aparte, es decir, para realizar tu voluntariado debías desembolsar voluntariamente un promedio cercano a los 6 mil dólares.

Todo sea por amor al prójimo. Pero… y ¿cuándo nos vamos a África?

Espera: una vez concluido el curso, tendrías que regresar a tu casa y esperar (sentado mirando la CNN) que la ONG probablemente te llamara para solicitar la aplicación de tus conocimientos en caso de un probable conflicto bélico.

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Es decir, que luego de hacer un curso de 6 mil dólares para aprender a amar al prójimo, debías cruzar los dedos y rezar para que estallara una brutal y sangrienta guerra en algún país africano para ir a amar más aun y en persona al prójimo.

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Entonces regresarías de nuevo a la paradisíaca isla caribeña y de allí volarías a África eso sí… ¡esta vez gratis!, lo cual debería compensar el hecho de que abandonas a las negritas caribeñas en cocos para ver a otras negritas menos saludables.

Considerando que nuestro país toma un rumbo de necesitar pronto, no que enviemos venezolanos a hacer voluntariado en otros países, sino que vengan de otros países a hacer voluntariado en Venezuela, y tomando en cuenta que si no eres una señorona que viaja en un Audi con un perrito en su cartera para hacer Tai-Chi en algún club de Valle Arriba (o tal vez en el Petare Country Club), muy pocos en este país (incluido mi futuro colega, como finalmente ocurrió) se pueden dar el lujo de ser buenos seres humanos.

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Parte II – Buenos seres humanos

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