Basta con ver las sesiones de la Asamblea Nacional para convencerse de que algo está mal en la estructura del Estado. Tenemos 165 diputados de los cuales la mayoría no responden a sus electores ni a los intereses del poder que representan (el legislativo), sino a los intereses de otro poder: el ejecutivo (el gobierno central). Esto pasa por la hipertrofia del poder ejecutivo que controla todo y convierte los demás poderes, nominalmente independientes, en meras cajas de resonancia de sus deseos y aspiraciones. De hecho, muchos electores ni siquiera conocen el nombre del diputado que les representa. En Venezuela pasa que el elector vota e inmediatamente se olvida de la responsabilidad de su voto. Pone a un diputado en la Asamblea Nacional y luego no le exige nada. Este diputado se olvida de su compromiso con el estado que le eligió y así la Asamblea Nacional de nacional no tiene nada: es la Asamblea del partido que gobierna la nación. Soy un convencido de la necesidad de que Venezuela pase de ser una república presidencialista y centralista de facto a una república parlamentaria y federal, con poderes repartidos a los estados: es decir, que cada estado tenga su propio poder ejecutivo, judicial y legislativo, además de su propio sistema tributario, sanitario, educativo, controle su infraestructura, etc. Pero para darle mayor valor al voto de cada elector considero esto: que los diputados electos para los consejos legislativos de cada estado sean a su vez diputados ante la Asamblea Nacional. Es decir, que el diputado electo en esta nueva estructura del Estado sea a la vez diputado nacional y diputado regional. Esto, a parte de reducir costos a la nación, obligaría a ese diputado a representar los intereses de su estado y no los intereses partidistas nacionales (claro, esto no es infalible). Y, asimismo, el elector tendría una vinculación más directa con el diputado al que vota para que le represente doblemente: ante el estado y ante la nación.