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A veces olvido que vivo en Caracas. O más bien no quiero habituarme al miedo. Quiero creer que vivo en una ciudad donde algo tan banal como salir a cenar a la vuelta de la esquina puede hacerse sin sobresaltos, nada más acompañado de mis pensamientos. Como hoy, como todas las noches, como otras noches que he ido a cenar al Subway de Santa Eduvigis. Eran las 8 pm cuando llegué. Le guardo cierto cariño al local, es tranquilo, sin ruidos, pero hoy estaba cerrado. Cerrado antes de la hora habitual de cierre: 9 pm. Al darme la vuelta para regresarme a casa me encontré de frente con un hombre vestido de pies a cabeza de blanco. Incluso tenía una gorra blanca. No temí, nunca me ha pasado nada grave, en cierta forma soy un poco despistado con las señales de peligro. Detrás de él iba otro hombre, vestido con una franela roja y jeans rotos. Lo detallé cuando estiró un brazo para retenerme. No entendí lo que ocurría hasta que dijo que me quedara quieto. Mi reacción fue la contraria a los manuales de seguridad: corrí. Pero la calle no brindaba mayor escapatoria y terminé en un estacionamiento de la Av. Rómulo Gallegos. Detrás de mí llegaron ellos, empuñaron cuchillos de cocina. «Dame el celular», me dijo el de rojo. «No lo tengo», le respondí, tranquilo, con la verdad: lo había dejado cargando en casa. No tuve miedo. No estoy habituado al terror. Vi brillar el filo del cuchillo, y recordé instintivamente algunos debates sobre la posesión de armas en EUA que he tenido estos días. Hubiera querido en ese momento ser un Charles Bronson y sacar un revólver. Me vi de pronto disparándoles, recibiendo una cuchillada en el costado, cayendo muertos los tres. No soy tan osado. Solo he agarrado una pistola una vez y la arrojé al piso con estremecimiento. Así como solté la billetera al piso. La agarraron y entonces fueron ellos los que corrieron en dirección contraria.

2

Soy abogado. Nunca he ejercido la carrera, pero creo vagamente en el concepto de justicia. A veces olvido que vivo en Venezuela. Fui a poner la denuncia del robo en la delegación del CICPC de Chacao. En realidad, más que mis posesiones perdidas (varias tarjetas de créditos, mi cédula) para ver si me podían emitir una constancia que me permitiera votar la mañana siguiente. La sede es un desastre. Música a todo volumen y carencia de sensibilidad a la víctima. Me atendió una señora cuando me vio entrar. «¿Qué quiere?». Poner una denuncia por robo, dije. Sonrió con sorna. Soy abogado. De los que creen en la justicia, le hubiera dicho para que riera ya sin limitaciones. «Quiero ver si me pueden dar una constancia de robo para poder votar». Me miró. «¿Por quién vas a votar?», preguntó. El venezolano es caribe, y en la desgracia siempre consigue una forma de chanza. Mamarracha, pensé, pero le dije: «El voto es secreto». La sala a la que entré para dar los detalles tenía a Maelo Ruiz a todo volumen. Mi voz pugnó a gritos para dar los detalles. «¿Sabes que no los vamos a detener?». Lo sé. Soy abogado, y creer en la justicia en Venezuela tiene algo fantástico, como creer en superhéroes. Quizá por eso nunca ejercí la carrera: porque no creo que superhéroes. Los malos ganaron.

3

Atención al cliente de Banco de Venezuela es pésimo. En el ínterin de la denuncia los chicos que me robaron consumieron 4 mil bolívares. Banesco no se queda atrás. Nota aparte: los bancos deben crear una línea directa para robos. Aunque ello implicaría normalizar la delincuencia. No confiar en la noche caraqueña (esto no es Manhattan un día a las 3 am). El robo de una billetera, más allá de las tarjetas, te despoja de tu identidad. De tu ciudadanía. Mañana, quizá, no podré ejercerla. Venezuela es un país en el que nací al azar. Como todos. Nadie elige el país en el que nace. Si se pudiera elegir, Venezuela quedaría despoblada.

Alguien me preguntaba hoy si amo a Venezuela. Le respondí: uno no ama al que te trata mal. Y Venezuela nos trata mal a todos. Amar al que te trata mal es masoquismo, y no lo soy. Lo lamento, le dije, pero no puedo amarla. Este es el país en el que vivo, en el que me desarrollo profesionalmente. Cada día trato de dar lo mejor de mí. Pero lo hago por mí mismo, y quizá con ello mejore algo este país en el que transito. Pero no puedo amarlo. Me da motivos para alejarme de él. Por más que trate de andar por él con normalidad. Quizá ya es hora de no olvidar que vivo en Caracas.